Cada 6 de mayo se conmemora el Día Internacional sin Dietas, una fecha que invita a cuestionar la presión social por alcanzar ideales corporales poco realistas y a replantear la relación con la alimentación. En vez de ser una celebración, esta fecha busca visibilizar los riesgos de las dietas restrictivas y promover una mirada más amplia sobre la salud.
La nutricionista Karina Pazmiño y docente de la Escuela de Nutrición de la Universidad Internacional del Ecuador (UIDE), asegura que la “cultura de la dieta”, que asocia el valor personal al peso corporal, está profundamente arraigada en América Latina.
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“Se expresa como recomendaciones informales, en la publicidad y especialmente en las redes sociales. Existe una fuerte presión por modificar el cuerpo a través de la restricción alimentaria, muchas veces sin considerar el contexto de la salud individual”, afirma Pazmiño.
Desde la evidencia científica, la especialista advierte que las dietas restrictivas no solo son difíciles de sostener, sino que suelen generar efectos contrarios a los esperados.
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Pérdida de peso
Diversos estudios clínicos muestran que la mayoría de las personas que pierde peso mediante estas prácticas lo recupera en un periodo de uno a cinco años, lo que puede generar efectos metabólicos adicionales.
“Desde la evidencia se ha demostrado que las dietas restrictivas son ineficaces como estrategia sostenida de salud”, asevera Pazmiño.
La Organización Mundial de la Salud coincide en este enfoque y recomienda patrones alimentarios equilibrados, diversos y sostenibles, basados en alimentos mínimamente procesados y adaptados a cada contexto cultural, en lugar de restricciones severas o eliminación de grupos alimentarios.
Además, la entidad advierte que una mala alimentación es uno de los principales factores de riesgo de enfermedades no transmisibles, como diabetes, enfermedades cardiovasculares y ciertos tipos de cáncer, especialmente cuando se mantiene de forma prolongada.
Riesgos físicos y emocionales de las dietas extremas
Las consecuencias de las dietas restrictivas no se limitan al metabolismo. Según la especialista, también afectan la composición corporal y el funcionamiento general del organismo, incluyendo la pérdida de masa muscular, la fatiga y alteraciones en la salud ósea y la inmunidad.
En el corto plazo, estos regímenes pueden provocar cansancio persistente, dificultad para concentrarse y cambios en el funcionamiento digestivo. También pueden generar sensación de debilidad y baja tolerancia al esfuerzo físico.
En el plano emocional, pueden aparecer ansiedad, irritabilidad y una relación conflictiva con la comida. La restricción constante tiende a modificar la percepción del hambre y la saciedad, lo que puede derivar en episodios de descontrol alimentario posteriores.
A largo plazo, estas prácticas pueden contribuir a patrones de alimentación desordenados y a un mayor riesgo cardiometabólico, especialmente cuando se repiten ciclos de pérdida y ganancia de peso. Este fenómeno, conocido como “efecto rebote”, no solo implica cambios en el peso, sino también en la composición corporal y en la relación del organismo con el metabolismo energético.
Uno de los factores que más influyen en la expansión de estas prácticas es el entorno digital. En redes sociales circulan dietas “milagro”, extremadamente bajas en carbohidratos, ayunos prolongados sin supervisión y regímenes que prometen resultados rápidos sin evidencia científica.
“Existe una creencia errónea sobre bajar de peso, que cuanto más rápido se lo haga es mejor, pero no necesariamente refleja un adecuado estado de salud”, señala Pazmiño.
“La verdadera pérdida de peso debe ser lenta y progresiva con el adecuado déficit nutricional”, agrega.
Dietas recomendadas por profesionales
A diferencia de las dietas virales, una intervención nutricional profesional se basa en una evaluación integral del paciente. Esto incluye historia clínica, análisis bioquímicos, composición corporal, estilo de vida, nivel de actividad física y contexto socioeconómico.
El objetivo no se limita a la reducción de peso, sino a la construcción de patrones alimentarios sostenibles que puedan mantenerse en el tiempo sin comprometer la salud física ni emocional del paciente.
“No existe una dieta universal. Cada persona tiene necesidades distintas y cualquier intervención debe basarse en datos clínicos y no en modas”, afirma Pazmiño.
En ese sentido, la conmemoración del Día Internacional sin Dietas también funciona como un recordatorio sobre la importancia de acudir a profesionales de la salud antes de iniciar cualquier cambio alimentario. Se trata de comenzar programas que estén sustentados en evidencia científica y adaptados a las condiciones individuales. (I)