En ocasiones, determinadas escuelas deciden transitar por un camino propio, hacer cosas distintas, y llegan a una metodología propia. Son experiencias pedagógicas escasas, dice el investigador educativo Eduardo Molina Morán, quien ha decidido contar las suyas y de otros colegas en el libro Pedagogía de la denuncia: Filosofía y práctica, que se presentará el próximo 20 de agosto.

Libro Pedagogía de la denuncia, de Eduardo Molina Morán. Foto: Cortesía

Una de esas experiencias es la del colegio Celestín Freinet, que operó en Guayaquil hasta 2013, y en el que Molina enseñó. En el colegio se manejaba una organización del tiempo diferente, en la que se daba prioridad a la lectura, la comprensión lectora y la expresión verbal.

“Todo el colegio leía y lo compartía con todos a través de exposiciones, y a partir de allí los chicos iban entendiendo temas de ciencias, sociedad y actualidad. No había libros oficiales”. Ese ejercicio diario de lectura daba a los alumnos un mayor nivel de cultura general, pero también el impulso para relacionarse con la comunidad. La participación ciudadana es una de las bases de esta metodología.

“El estudiante, además, comprendía que él o ella eran producto de un sistema educativo diferente, gracias a la lectura, y eso elevaba su autoestima”.

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Molina define esta pedagogía como amigable con los estudiantes y con los docentes; se fundamenta en la formación de la personalidad y en la educación ciudadana, y da un alto valor al desarrollo de destrezas y hábitos por sobre los contenidos.

“Cuando uno lee, quiere ser parte”, dice Molina. “Los profesores entendimos eso, y empezamos a integrarlos a foros, mesas redondas y otros escenarios”.

Entre esos esfuerzos se desarrolló el programa Aula fuera del aula. Llevaron a los alumnos a una glorieta del parque Centenario, a desarrollar la jornada escolar allí, dos veces por semana. “Los transeúntes, vendedores ambulantes y otros se sentaban también a oír las clases, y algunas veces terminaban participando”.

Un grupo de estudiantes del colegio Celestín Freinet en clases con el mentor Luis Williams. Foto: Cortesía

Aprender a comunicar antes que a competir

Que un método sea amigable no quiere decir que automáticamente sea popular o bien recibido. Molina menciona el documental La educación prohibida, que comparte experiencias educativas en varios países latinoamericanos, para explicar que la educación alternativa, así como genera interés de los investigadores, no es para todos.

El documental hace énfasis en la necesidad de una educación que no se convierta en una competencia cognitiva entre los alumnos, en la que al final haya pocos ‘ganadores’ y muchos ‘perdedores’; pocos premiados y muchos castigados. O como dice el profesor Pablo Lipnizky, del colegio Mundo Montessori, en Colombia: “Todo el mundo habla de la paz, pero nadie educa para la paz; la gente educa para la competencia, y la competencia es el principio de cualquier guerra”.

A pesar de esto, a algunos podría parecerles excesiva y desconocida la flexibilidad, el currículo semiabierto, la libertad para que el profesor elija e integre los contenidos y recursos que considere más apropiados para el curso.

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La historia del colegio Celestín Freinet, cuenta Molina, refleja esto; sus operaciones terminaron en 2013, pero un poco antes de eso se quedó sin instalaciones, y decidió pedir espacio a instituciones como la Fundación Leonidas Ortega Moreira, para que los estudiantes pudiesen ir a la biblioteca a leer. “Luego pasaban al malecón Simón Bolívar, y debajo de los árboles, exponían y discutían con los profesores lo leído. Aquí hay un principio filosófico”, sostiene. “La escuela no la hacen los edificios, la hacen las personas, y la comunidad, a través de sus diferentes espacios, enseña”.

Los padres y la educación alternativa

Y esto lleva a otro punto en común de las metodologías alternativas; requieren que los padres tengan apertura al modelo, antes que a la escuela convencional. La familia que opta por un método como este, o bien está convencida de que favorecerá a sus hijos, o tiene padres que dudan, pero con hijos que están seguros de que esa es la forma en que quieren aprender. “Cuando se dan la oportunidad, ven que el chico se desarrolla aún más, ven a su hijo feliz y terminan apoyando al colegio”.

La escuela en exteriores es una opción cada vez más utilizada al retornar a la educación presencial. Foto: Shutterstock

Hay un tercer grupo de padres, a los que Molina da especial valor: los que no tienen más opciones. “Llevan a sus hijos, porque ya no los aceptan en ninguna otra institución, pero empiezan a ver resultados”, y se convierten en admiradores del nuevo método pedagógico.

“En el libro propongo la idea de que ciertas pedagogías deben considerarse no solo parte de las ciencias de la educación, sino también de las ciencias de la salud”. ¿Por qué? “Tienen una acción benéfica, pues actúan como políticas de prevención primaria”, considera el educador, que también es psicólogo clínico, y ha observado que los jóvenes con problemas de discalculia, dislexia y trastornos de atención, que usualmente no prosperarían en un entorno educativo convencional, se benefician de métodos alternativos. Esa observación conmovió profundamente sus convicciones como psicólogo. “Me di cuenta de que la pedagogía puede tener un efecto rehabilitador en estudiantes con necesidades especiales de aprendizaje”.

Un método educativo crítico y participativo

El libro de Molina estuvo listo en 2017, pero pudo publicarse recién en 2021, en que se celebra el centenario del natalicio del pedagogo Paulo Freire, defensor del movimiento de la pedagogía crítica, que postula que la enseñanza no es un acto neutral, sino profundamente político, y que el objetivo es la autonomía de la persona a través del despertar de la conciencia.

El título del ecuatoriano, La pedagogía de la denuncia, apunta a algo similar. “Que los chicos despierten su lado crítico, se unan a la ciudadanía, eleven su voz”. Esto no solo ocurre a través de la lectura, sino en la asamblea, la reunión periódica para discutir los problemas, y el taller para adquirir herramientas para el diálogo público. “Creamos un ciudadano participativo”.

La publicación del libro es también un homenaje al mentor de esta metodología, Luis Williams, quien dirigió al equipo de docentes del colegio Celestín Freinet durante los años que trabajaron juntos. (F)