Por Bernadette Winter (dpa)

“Ah, ¿te acordaste de mí?”, dice la madre cuando recibe una llamada de su hijo después de cierto tiempo. Muchos padres se sienten olvidados cuando sus hijos no los llaman o cuando les envían muy de vez en cuando algún mensaje al móvil, y se preguntan por qué es así y si habrán hecho algo mal. Lo cierto es que el vínculo entre padres e hijos puede verse obstaculizado por preguntas, expectativas y reproches o por otros factores como el miedo o el enojo.

Los padres suelen a veces no entender la evolución de sus hijos, o la malinterpretan, dice Sascha Schmidt, quien trabaja como coach de parejas y escribió un libro de consejos para padres y madres que quieren retomar el contacto con sus hijos.

Schmidt recomienda que los padres analicen, entre otras cosas, cómo fue la pubertad de sus vástagos, ya que es una etapa en la que suelen ponerse de manifiesto los primeros indicios de una posible ruptura de contacto. Un ejemplo es cuando los adolescentes guardan silencio y tienden a no hablar, aunque estén viviendo en la misma casa que el resto de la familia. “Si yo tengo la sensación de que no soy percibido, tampoco tiene sentido que mantenga contacto con mis padres, así que prefiero callar”, explica Schmidt.

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Si no llaman, es buena señal

Entre los 20 y los 30 años cada uno se dedica a vivir su vida, tanto los padres como los hijos. Puede que algunos hijos mantengan contacto y de vez en cuando traigan ropa para lavar; otros hacen su vida, tal vez porque las ideologías políticas o las ideas de cómo vivir sean muy distintas a las de sus padres. En esos casos, Schmidt dice que la máxima vigente es: “Si los hijos no llaman, es que están bien”.

Cuando los hijos se van de casa, la terapeuta de familia Valeska Riedel recomienda a los padres que tengan dificultades en dejarlos ir que hagan una especie de inventario interno. Schmidt agrega que los padres tienen también que preguntarse cómo están los vínculos que ellos mismos mantienen con sus amigos, porque muchas de las cosas que esos padres esperan que les den sus hijos las pueden recibir de otras personas, como sus amigos, por ejemplo.

Comprender es amar

El vínculo entra en otra etapa cuando nacen los nietos. “Cuando los hijos a su vez tienen hijos pasan más tiempo con sus padres, entre otras cosas, porque estos cuidan de los nietos”, dice Riedel. Muchas personas viven esa fase como una especie de renacimiento del vínculo con sus hijos.

“Uno vuelve a acercarse a sus propios padres y entiende lo que significa ser padre o madre”, dice Schmidt. En muchos casos sucede que los abuelos intentan hacer algo distinto con sus nietos o “reparar” a través de ellos algo que han hecho mal en el pasado, y eso permite que las generaciones encuentren algún camino sanador a través de los vínculos.

“Si yo puedo manifestarme como padre o madre ante mis nietos, por ejemplo, puedo llegar a tender un puente hacia mis propios hijos”, explica la experta. Cuando el otro entiende por qué uno se comportó de un modo u otro en el pasado, la energía negativa suele desaparecer. “No aplaca el dolor, pero ayuda a procesarlo.”

Sin embargo, en algunos casos puede suceder que la situación con los nietos caiga en el polo opuesto, por ejemplo, si los hijos tienen la sensación de que los abuelos se entrometen demasiado en sus vidas o en la educación de los nietos.

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No recurrir a las recriminaciones

Independientemente de cuáles sean las razones por las cuales se interrumpa un contacto, lo importante es que los padres sepan que ningún hijo deja de tener contacto ni lo reduce a su mínima expresión simplemente porque le viene en gana.

“A los hijos les pesa mucho dar un paso así”, dice Schmidt, que conoce personas que no atienden el teléfono cuando llaman sus padres, que les mienten en lugar de decirles cómo se sienten o de buscar la forma de llegar a un compromiso, como coordinar un horario puntual para hablar por teléfono.

Riedel propone que los padres analicen qué cambió antes de que comenzara la ruptura en la comunicación. “Y si uno no encuentra ninguna razón, puede preguntarles a los hijos, pero no como si fuese un reproche”.

Más que hacer recriminaciones, los padres deberían ser capaces de comunicar sus propias necesidades, recomienda Riedel, diciendo por ejemplo: “Qué bueno que llamaste, extrañaba escucharte” o “estuve pensando mucho en ti”. O incluso transmitirle al otro la inseguridad que sienten al llamar siendo padres. “¿Te molesto?”, por ejemplo. “Intente averiguar qué necesidad de contacto hay en cada uno”, aconseja Schmidt.

El experto está convencido de que “la responsabilidad del contacto es de los padres, no de los hijos”. Corresponde más que los padres se esfuercen por establecer contacto con sus hijos o darle continuidad a la comunicación que estarles reprochando a ellos la falta de llamados.

¿Cuántos años tengo realmente?

No todo es tan sencillo en el mundo vincular: los especialistas recomiendan que todos, como hijos en edad adulta, reflexionen personalmente cuánto contacto les hace bien tener con sus padres. “Interrumpir el contacto puede ser una solución inmediata, pero no se sostiene en el largo plazo”, observa Riedel, que recomienda no concentrar tanto la atención en lo que uno no quiere, sino pensar más bien qué tipo de contacto desea tener con sus padres.

Destaca asimismo que ser adulto significa asumir la responsabilidad de sus propios sentimientos y que enojarse o salirse de las casillas a causa de los padres es una decisión. La terapeuta sugiere hacerse una pregunta muy simple: cuando uno se ponga nervioso o se enoje por un llamado o un mensaje, pregúntese cuántos años tiene. Por lo general, esas reacciones son recaídas en roles de la infancia.

Riedel explica que estar molesto y enojarse es un indicio de que las necesidades propias no están satisfechas y que uno mismo no está atendiendo lo suficientemente a sus necesidades. “Sienta empatía con usted mismo”, propone la terapeuta, “y haga algo que lo haga sentir bien la próxima vez antes de tomar el teléfono para llamar a sus padres”. (I)