La transición hacia la maternidad no solo representa el nacimiento de un hijo, sino también el de una nueva identidad para la mujer. Inevitablemente esto, a su vez, redefine la relación con su propia madre.

Tal vez muy pocas veces nos cuestionamos la importancia de la relación con nuestras madres a nivel psicológico. Sin duda, es más impactante e influyente de lo que podríamos creer.

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“Es vital en la construcción de la personalidad de cada ser”, resalta Toyi Espín de Jácome, psicóloga, orientadora y terapeuta familiar.

Cada etapa de este vínculo tiene características particulares, explica. Cuando los hijos están en la etapa preescolar, la relación es de apego, generando seguridad emocional, confianza en el mundo y regulación de emociones. Conforme pasa el tiempo, el vínculo cambia, hay menos control y más acompañamiento.

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Cuando los hijos están en la etapa preescolar, la relación con la madre es de apego, generando seguridad emocional, confianza en el mundo y regulación de emociones. Foto: Pexels

Justamente, en la adultez se produce una metamorfosis psicológica profunda que puede actuar como un puente hacia la empatía o como un detonante de viejos conflictos, dependiendo de la solidez del vínculo previo, ilustra la psicóloga Aranzazu Cisneros, directora del Departamento de Psicología de la Universidad Técnica Particular de Loja.

La base de esta transformación radica en el tipo de apego desarrollado durante la infancia. Cisneros explica que un apego seguro funciona como un factor protector que facilita la asunción del nuevo rol.

En estos casos, la hija utiliza el aprendizaje previo para construir la seguridad de su propio bebé, viendo a su madre como una figura de soporte vital.

“Es superimportante entender que aquellos vínculos de apego que han sido sanos y fuertes van a funcionar como un factor protector y van a generar que la transición de rol sea mucho más apoyada”, aporta Cisneros. Por el contrario, si el vínculo original fue conflictivo o desorganizado, la cercanía de la madre puede percibirse como una amenaza o una fuente de juicio, lo que complica la salud mental de la nueva progenitora.

Conforme pasa el tiempo, el vínculo cambia, hay menos control y más acompañamiento. Foto: Pexels

Empatía y contexto

Dicen que cuando uno tiene hijos, ese día entiende a su madre. Y no está lejos de ser verdad. “La hija puede comprender mejor a su madre o repetir o modificar patrones de crianza. Aquí la relación puede fortalecerse o evidenciar conflictos no resueltos”, coincide Espín.

En ese sentido, añade, es importante que la relación de ambas se fortalezca por las siguientes razones: la forma en que la mujer se habla a sí misma ayudará a proyectar una buena autoestima y autovaloración, sus relaciones de pareja y sociales serán más saludables, su regulación emocional ayudará a tener un equilibrio para consigo misma y ayudará para que sus hijos aprendan de lo que su madre les transmite. Finalmente, la forma en que ejercerá la maternidad será más eficiente y más saludable.

Para Cisneros, la repetición de patrones de crianza no es un destino inevitable, sino una consecuencia de la falta de herramientas. La ruptura de ciclos negativos ocurre cuando existe un proceso de educación y autoconocimiento. La psicóloga defiende la necesidad de que los padres se informen y busquen estrategias pedagógicas modernas para ganar capacidad de elección.

El vínculo madre e hija ante la maternidad: Cómo sanar la relación y romper patrones de crianza Foto: Pexels

“Realmente puedo decir que estoy rompiendo patrones cuando tengo en mis manos la capacidad de toma de decisiones. Pero si desconozco cómo establecer esos vínculos, va a ser muy difícil que tome una decisión de romper un patrón si no tengo el conocimiento necesario”, agrega.

Al atravesar experiencias similares, la jerarquía vertical se horizontaliza, permitiendo una conexión de “adulta abierta”, opina Cisneros y recomienda que comprender que la generación anterior se crio bajo normas sociales y limitaciones económicas distintas es clave para sanar.

“La abuela que le toca a ese nieto no es la madre que le tocó a esa hija. Es otra persona completamente diferente... Necesitamos hacer esta recapitulación de entender cuál es el rol de la abuela, cuál es el rol de esa mujer en ese momento y en la etapa de vida en la que está”, puntualiza.

La matrescencia

El vínculo madre e hija ante la maternidad: Cómo sanar la relación y romper patrones de crianza Foto: Pexels

Convertirse en madre no solo es una transformación física como es evidente, sino también un proceso emocional, psicológico y social. Este conjunto de cambios se agrupan en el concepto de matrescencia. El término fue acuñado por la antropóloga Dana Raphael y es comparable a la adolescencia: no es un momento puntual, sino una transición profunda que implica cambios de identidad, indica Toyi Espín. Algunas de las características de esta etapa:

- Cambios emocionales intensos: alegría, miedo, culpa y ambivalencia.

- Reconfiguración de la identidad: “¿Quién soy ahora además de mamá?”.

- Cambios en la relación de pareja y familia.

- Transformaciones corporales y hormonales.

- Revisión de su propia historia como hija.

Validar las emociones es el primer paso para vivirla de forma saludable, detalla la psicóloga. “Sentir ambivalencia no te hace mala madre, te hace humana”, afirma Espín.

Bajar la autoexigencia, construir una red de apoyo, cuidar la salud mental, reconectar consigo misma, informarse sin saturarse, el acompañamiento profesional y conectarse con Dios son otros caminos.

En esta travesía la madre puede ofrecer apoyo emocional sin ser intrusiva, sosteniendo en vez de dirigir. “Es una línea fina pero muy trabajable: apoyar sin invadir implica pasar de un rol de dirección a uno de presencia consciente. No se trata de hacer menos, sino de hacer distinto”, aclara Espín. “La madre sostiene cuando confía en que la hija es capaz de sentir, pensar y decidir, incluso si se equivoca. Dirigir, en cambio, suele venir del miedo a que sufra, falle o repita historias”, añade.

Apoyar sin ser intrusiva implica escuchar para comprender, no para corregir; así como pedir permiso antes de aconsejar, regular la propia ansiedad, diferenciar la ayuda del control, validar la autonomía, respetar silencios y procesos y revisar la propia historia.

“Sentir que su propia madre es su principal aliada suele tener un impacto profundamente protector en la salud mental de una mujer que acaba de convertirse en madre. No es un detalle menor: en plena transición de la matrescencia el sostén emocional cercano puede marcar la diferencia entre una vivencia contenida o una experiencia desbordante”, menciona.

Aranzazu Cisneros incluso recomienda entablar diálogos profundos entre madres e hijas mucho antes de que la maternidad sea una realidad. Conocer la historia personal de la madre (sus miedos, sus limitaciones sociales como mujer y las dificultades que enfrentó) permite a la hija tener una conciencia clara de su propia historia.

“No hay nada mejor que esa riqueza de la experiencia previa y qué mejor viniendo de un vínculo tan cercano como es el de una madre... Es un poco abrirnos los ojos a una realidad que muchas veces hemos obviado”, recalca la docente. (F)