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La familia ‘perfecta’ no produce hijos seguros ni felices

A muchos niños les cuesta hacer empatía con sus pares, porque sus padres no la han mostrado con ellos. Foto: Shutterstock

Si eres un padre o madre que siempre está exigiendo excelencia a sus hijos, al que sus logros nunca le parecen suficientes, si ya tienes pensados los ámbitos en los que quieres que se destaquen, si quieres que tus hijos sean perfectos... preocúpate: puede ser que estés formando hijos inseguros e infelices.

Y no es que la exigencia sea perjudicial, pues en su justo grado es deseable y necesaria; el problema radica en el origen de esa exigencia, cuando esta es desmedida.

En muchos casos, los padres hiperexigentes están proyectando en sus hijos sus propias falencias, las heridas de amor recibidas de sus padres, sus propias frustraciones de desempeño. Quieren alcanzar la realización personal a través de sus hijos.

Pero ellos ¿cómo se están sintiendo? ¿Se sienten amados, valorados, protegidos, seguros?

Los niños que tienen la presión de sus padres de ser perfectos no se desarrollan como personas con autoestima, sino con falsas identidades, ansiedad y en permanente angustia por mostrar dentro y fuera de casa esa perfección que en realidad no existe, y de la que, por tanto, se sienten culpables de no poseer. A muchos de ellos les cuesta hacer empatía con sus pares, sus padres no la han mostrado con ellos. Tienen un excelente rendimiento en muchas áreas, pero se sienten solos, inseguros y sin herramientas para manejarse en la vida real, de errores e imperfecciones.

En cambio, cuando hacemos conciencia de lo que realmente es importante para la felicidad de los hijos, aprendemos a exigir en función de sus reales competencias, valoramos el esfuerzo más que el resultado, apoyamos sus iniciativas, respetamos sus gustos, les transmitimos que esperamos lo mejor de ellos, les ponemos normas y deberes, les enseñamos a gestionar sus emociones y también los hacemos sentir amados y seguros, ya sea que triunfen o fracasen.

A romper esta creencia de que es posible educar y tener familias perfectas. Somos perfectibles, por supuesto, pero en el camino hacia el intento solo importa el proceso que ha de disfrutarse, incluyendo las fallas y desaciertos. (O)

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