Quizás ella fue una de mis inspiraciones para lanzarme a la odisea espacial y declararme astronauta y poder viajar a Júpiter como el protagonista de 2001 de Kubrick. Algunos recordarán que Hal —así se llama la diabólica computadora que gobierna la nave— es desactivada por el solitario protagonista.

En nuestra era digital, en que la tecnología ya es parte de los instintos primarios en nuestras intimidades caseras, callejeras y laborales, lo que mueve al héroe kubrickiano es su propia y cojonuda visión para seguir adelante. Tilda Swinton era una niña cuando 2001 irrumpió en las pantallas del mundo, y realmente desconozco si ella la vio después o se conectó con las obras maestras de Stanley Kubrick. Lo crucial es que, al igual que Kubrick en su misión artística, la Swinton nunca se ligó a fórmulas preconcebidas o técnicas académicas en su propia odisea.

No puedo olvidarla en Orlando (1992), recreando con su look andrógino el legendario personaje de la gran novela de Virginia Woolf, que de alguna manera también se conectó después con el realismo mágico de Gabriel García Márquez. Allí Tilda es EL protagonista al que, en medio de una trama convulsionada de intrigas palaciegas en la corte de Isabel Regina del siglo XVI, sus desencantadas aventuras lo llevan a una transformación misteriosa en tierras asiáticas donde él se convierte en ella.

Y la estructura del tiempo —como en Júpiter— se rompe hasta nuestros días, cuando al final Tilda es una feminista en motocicleta con una pequeña hija visitando el palacio que la vio nacer hace cuatro siglos. Durante toda su carrera —y la he seguido—, la Swinton parece un ser iluminado por un instinto que la lleva a las metamorfosis más inconcebibles.

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¡Tres de sus nuevas películas estuvieron en la selección oficial del festival pandémico! Daniela Creamer nos trae esta exclusiva en sus 30 años de correrías en Cannes, donde si hay alguna “Regina” yo coronaría a Tilda I. (O)




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