En un mundo donde aún nos cuesta reorganizarnos luego de las largas ausencias y disrupciones causadas por la pandemia, el 2022 empieza con intensidad abrumadora.

A partir del 7 de enero, el volcán más elevado de las islas, Wolf, entra en erupción en su flanco suroriental.

Desde el National Geographic Endeavour II, en las cercanías de cabo Marshall, contemplo lava en su primer contacto con la atmósfera terrestre, escurriéndose sobre la pendiente de una cumbre a 1.710 metros de altura.

El oeste se ilumina doblemente al ocaso, con el naranja tenue del sol tras la isla Fernandina y con el rojo-rosado de la erupción en Wolf.

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Erupción del volcán Wolf, isla Isabela (Galápagos). Foto: Paula Tagle. Foto: El Universo

Nos mantenemos al pairo hasta la medianoche, bajo la luna creciente y con la constelación Casiopea marcando claramente el norte. Tal vez mi imaginación me hace oler, incluso a través de la mascarilla que ya es parte de mi fisionomía, el dióxido de azufre, y creo sentir partículas de ceniza en mi piel. Me pierdo en un no pensar, solo ser, ante la grandeza de un planeta en actividad, que se manifiesta, independiente de mi existencia o la de cualquier otro ser vivo.

Así como soy testigo de una erupción, en los primeros días del año tuve un encuentro inesperado con los mayores depredadores del mar: las orcas. Dos grupos de ballenas acompañaron las Zodiacs de nuestro barco por una hora. Cada conjunto contaba con cuatro a cinco individuos, y cada uno con su macho, de aleta dorsal pronunciada. A veces se unían, a ratos se dilataban. Lo raro e incongruente de la escena era la presencia de un lobo marino revoloteando entre ellas, ajeno al peligro. Y tal vez no había tal, porque ciertas orcas se alimentan exclusivamente de peces. En todo caso, no hay manera de que el lobo pudiera preverlo. Él seguía jugando ingenuo, intentando llamar la atención de estas imponentes criaturas en blanco y negro, que ignoraron tanto su presencia como la nuestra.

Son muchas emociones para los primeros quince días de un nuevo año. A eso se suma la alerta de tsunami el 15 de enero; el COVID que acecha por cada rincón, amenazando nuestra salud, la de nuestros seres queridos; y la reactivación de la economía de las Galápagos y el país, ya bastante maltrecha.

Y, sin embargo, ocurre otro evento memorable: el presidente Guillermo Lasso firma el decreto para ampliar la reserva marina de las Galápagos. El acto contó con la presencia del mandatario colombiano Iván Duque; de un expresidente de los Estados Unidos, Bill Clinton; de delegaciones de alto nivel de Costa Rica y Panamá; de Sylvia Earle, exploradora de National Geographic y reconocida conservacionista de los océanos; de Sven Lindblad, entre otros.

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Esta nueva reserva denominada Hermandad expande la anterior en un 50 %, sumando un total de 198.000 kilómetros cuadrados a las aguas protegidas de las islas. Con Hermandad se conectan las zonas económicas de uso exclusivo de Ecuador y Costa Rica, por las que migran especies emblemáticas.

Repito las palabras del presidente Lasso: “En el desafío de proteger nos agrandamos más”. Que en el desafío de proteger Galápagos y nuestro planeta encontremos la fuerza para seguir adelante. (O)