La botella llegó a mis manos a través de un amigo. Sabía de su existencia por algunas publicaciones que había visto en Instagram, pero reconozco que no le tenía confianza: pensaba que sería un licor fuerte y poco expresivo, en el que no valía la pena gastar dinero. Pero debo reconocer que Murco, el primer whisky single malt de los Andes, fue una grata sorpresa.

Mis dudas iniciales sobre esta bebida nacional estaban basadas en mi visita a algunas destilerías en Escocia. La elaboración del whisky empieza con una excelente calidad de agua; luego, un delicado proceso de selección de maltas, que deben ser fermentadas y destiladas para finalmente pasar al menos tres años de envejecimiento dentro de barricas de madera.

Santiago Sosa, el joven emprendedor quiteño que trajo la idea de hacer whisky al Ecuador, también vivió mi experiencia y, motivado porque su familia posee una propiedad cerca del volcán Pasochoa, al sur de Quito, donde se encuentran algunas vertientes con características únicas, decidió dejar su trabajo formal en una casa de valores y dedicarse por entero a la investigación para aprender sobre destilación.

Como el agua no lo es todo, este whisky se elabora de una sola malta importada desde Bélgica, de donde también traen las levaduras para la fermentación y posterior destilación. El envejecimiento lo logran luego de un moderno proceso con barriles y espirales de roble que han sido tostados y sometidos a ultrasonido, haciendo que las propiedades de la madera se transfieran rápidamente al líquido, convirtiéndolo en whisky de gran calidad en menos de los tres años que exigen los europeos.

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Para descubrir lo que Murco me podía ofrecer, realicé una cata sensorial. Siendo caliente la temperatura ambiente en Guayaquil, lo primero que hice fue refrigerar por unos minutos el whisky hasta que llegó a los 20 grados centígrados. Luego serví una onza en una copa de cristal Glencairn, que tiene forma de tulipán y es ideal para apreciar su color, aromas y sabores.

Lo encontré con un bonito color ámbar profundo, como de un caramelo tostado. Luego me gustó que, al acercar la copa a la nariz, no fue el alcohol sino agradables notas dulces las que pude percibir. Una mezcla de confituras con vainilla y madera tostada. En boca fue suave y consecuente con sus aromas, acentuando el perfil dulce madereado, que no empalaga, sino que es más bien corto y sutil.

Continuando con la cata, agregué unas gotas de agua fresca para diluirlo y permitir que salieran sus aromas y sabores más fácilmente. Fue entonces cuando pude apreciar más esa fruta madura, envuelta en notas de malta tostada que dan carácter y personalidad a este whisky. Sin duda, los adelantos de la tecnología lograron el objetivo y parecía una bebida añejada por años.

Seguro que los expertos del whisky tendrán sus críticas, pero para mí fue una gran experiencia, tanto que terminé disfrutando de otro Murco, esta vez con hielo. Lo pueden encontrar (cuesta $ 52,79) en los locales de La Guarda a nivel nacional.