Por Rodolfo Pérez Pimentel, especial para La Revista

Durante mucho tiempo las guayaquileñas solo se lavaron el rostro con un producto llamado La leche virginal, compuesto de tintura de benjuí y agua de rosas, siendo lo único “decente” que podían usar en el rostro, pues se decía que la juventud les daba a las mujeres una belleza natural, aunque algunas también se ponían polvos de arroz mezclados con aceite de coco para aclarar la piel y hasta servía de delicado exfoliante.

De antigua data eran los polvos que venían de Cádiz (España) impregnados en unas láminas de cartón, y se vendían con gran demanda en la botica del convento de los frailes Juandedianos, en la calle de la Orilla y el Hospital (hoy Malecón y Aguirre). Los colores verde, plomo y azul se usaban como sombras para resaltar los ojos, y el rojo era aplicado en los pómulos y labios, pero solo se usaban para las fiestas de noche.

A fines de 1809, el coronel Manuel Arredondo visitó a las 19:00 en punto a su enamorada Ignacita Noboa Arteta, tomándola desprevenida y sin arreglos. Rápido ordenó ella a una doméstica que le pase los cartones de Cádiz, y como la luz de la vela era tenue, se puso por equivocación rojo en los ojos y verde en el rostro y salió a la sala hecha un adefesio. Arredondo no hizo comentario alguno y tras conversar una hora se despidió como de costumbre con mucha ceremonia. Minutos más tarde, la doméstica le hizo caer en cuenta que parecía una payasa. Ignacita reflexionó un momento y exclamó: “Este Arredondo me conviene porque es un caballero, con él me caso”. Sí hubo boda, aunque el matrimonio no tuvo descendencia.

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Tiempo de cremas

Ya en el siglo XX, las damas se complicaron con abundantes afeites para el rostro. La culpable fue Elizabeth Arden, sagaz inventora de la primera y más famosa crema humectante. De allí en adelante surgieron las cremas limpiadoras, exfoliadoras, las sombras, los polvos base y una larga retahíla de productos de belleza para la “mujer moderna”. La norteamericana Helena Rubinstein le hizo la competencia. Ya tenían las damitas de 1930, las de melenitas cortas, productos para escoger en Guayaquil. Los de marca Arden se vendían donde Heriberto Ortega y los Rubinstein donde Henriques, pero la crema Nivea podía adquirirse hasta en las boticas, pues era usada hasta como remedio.

Para 1940, las guayaquileñas de ingresos económicos medios adquirían los “olores” nacionales que el ingeniero Alejandro Bueno Pinto fabricaba en su perfumería Las Delicias, en Pedro Carbo y Colón, bajos de la casa de Francisco Illescas Barreiro, que él mismo preparaba en base a las esencias que importaba en frascos de a litro de las casas Schimmel de Leipzig (Alemania) y Dupont de Nemours (Wilmington, Estados Unidos), y que al ser mezcladas con alcohol se exhibían en las vitrinas de las peluquerías de postín tales como Pesantes, Pazmiño, Domínguez, Haydee, “donde las señoras salían oliendo a Agua Florida y los caballeros a Bayrum” (frase que trae Jenny Estrada en su libro El Tiempo de la Yapa).

Las colonias preparadas en Las Delicias olían a tacón, a bergamota, a flores de lima, a aromas del campo, al jazmín de Arabia, a Agua Mil Flores, patentada en 1854 por monsieur Montpelas, pero el Soir de Paris en frasco morado y los dos Narciso –el blanco y el negro– llegaban de Francia y se comercializaban en el almacén de Puig Hermanos.

Las señoras pudientes preferían en cambio las esencias suaves de Balmain, de Burjois, de Pinaut, de Guerlain, hasta que después de la Segunda Guerra Mundial empezaron a llegar perfumes diferentes como Chanel No. 5, Bijoux, Avientod, Avión de Carón, Flores de Requel, Diorísimo, y se puso de moda su contrabando desde la zona franca del canal de Panamá, en las mismas lanchas que traían las pacas de cigarrillos americanos Camel y Lucky Strike.

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Más marcas para recordar

En los años 50, nuevas marcas y perfumes entraron al negocio, como Shalimar de Guerlain, Joy de Jean Patou, Poison de Christian Dior, Opium de Ives Saint Lorent, L'Air du Temps de Nina Ricci, Euphoria, y Beauty de Calvin Klein, Classique de Jean Paul Gautier, Ma Vie de Hugo Boss, Splendor y Fifh Avenue de Elizabeth Arden, Lady Million de Paco Rabanne, que son de última data, como quien dice, actuales.

Muchos perfumes entraban por las caletas a los almacenes de chinos de La Libertad y las señoras que pasaban el invierno en Salinas realizaban verdaderos tours de compras atraídas por los perfumes, que en los años 40 solo se podían encontrar en el campamento de los gringos de Ancón, donde los turistas también se regodeaban con caramelos, bombones y galletas inglesas.

Las damiselas de calle adentro, en cambio, eran las únicas que se atrevían a usar los olores calificados de muy fuertes, aunque fueran finos y de procedencia extranjera, como Noche Silenciosa de Jean Patou y sobre todo el famosísimo Tabú No. 5, creado en París “con olor a mujer” por la Casa Dana, propiedad de la famosa Coco Chanel, que solo se comercializaban en los bazares de la calle Pichincha, de olor tan penetrante que se aspiraba a dos metros a la redonda y hacía que los caballeros voltearan sus rostros para percibirlos mejor; no eran baratos, pero se adquirían pensando que incitaban al sexo. Chipre y Canoé, otros perfumes fuertes de Dana, no pegaron por oler a flores y no a mujer.

Tipos de esencias

En la década de 1950, el ingeniero Bueno amplió su laboratorio de esencias a un local propio y más amplio en Diez de Agosto y Quito, frente a la plaza la Victoria, para elaborar propias creaciones importando directamente de las casas Giovandan y Luzzi de Zurich en Suiza los fijadores sintéticos y las esencias básicas no terminadas o aceites esenciales, que se utilizan para los perfumes, arte más que ciencia, pues todos llevan más de un componente, que se debe mezclar en la justa proporción, para obtener buenos resultados.

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Él explicaba que cada perfume consta de un cuerpo que es la parte masiva que se percibe por largo tiempo, de una nota de salida dada por un aldehído fugaz y se siente solo al instante que se destapa el frasco y por una nota de fondo dada por los fijadores y que dura breves momentos, bien entendido que las esencias se dividen por su origen en 1) frutales, las más populares: limón, mandarina y naranja; 2) florales: rosa, jazmín, violeta, aromo, tuberosa; 3) herbáceas: lavanda, citronela, yerbaluisa, menta, orégano y albahaca; 4) condimentosas: canela, anís, clavo de olor; 5) balsámicas: bálsamo, palosanto, cedro, pino, eucalipto; 6) animales: ámbar, almizcle, civeta; 7) intermedias: resultantes de las diferentes mezclas de dos o más esencias, por eso también se llaman abstractas.

En cuanto a jabones, se adquiría el Neco, el de Rosas (de coloración rosada y muy fuerte), el Hiel de Vaca, el Para Mí, pero las personas de mejor economía se esmeraban en adquirir el Lavanda de Yardley, el Heno de Pravia, el de Reuter, el popular Palmolive y el Camay, que hizo sensación en su tiempo porque hacía bien al cutis por suave y humectante, debido a su baja concentración de lejía y por las célebre novela Camay que se pasaba a las ocho de la noche en la radio. Después han aparecido diversos jabones antibacteriales que sirven para matar los gérmenes y hoy son de uso común. Con los adelantos de la modernidad ha surgido la tendencia de que los clubes, casas comerciales, etc. manden a fabricar sus jabones y perfumes con su logotipo y/o marca.