La pieza más importante que Rolando Campuzano exhibe en su museo es un gran retrato de su mamá en su primer año de edad. “Mi madre nació el 29 de junio de 1924 y allí está la foto de 1925. Es lo más preciado que tengo”, indica el empresario sobre esa imagen en blanco y negro que parece dominar todo el ambiente del museo de antigüedades que abrió hace tres años como parte de la cafetería Galería Café 1800, en la avenida Isidro Ayora y Benjamín Carrión, en el pequeño centro comercial Bonanza.

A los pies de la imagen descansa una motocicleta marca BCA plenamente restaurada. “Es del año 1944. La encontré abandonada en un taller. El dueño me dijo que estaba allí desde los tiempos de su abuelo y aceptó vendérmela por 50 dólares. Estaba destruida. Ahora luce como nueva e incluso funciona. Solo hay dos en el mundo: una en Inglaterra y esta”.

Esa historia parece repetirse en cada una de las piezas que Rolando expone en este museo que transporta al visitante a mediados del siglo anterior. “Son objetos que he encontrado en basureros, cachinerías, chatarrerías, chamberos… Las personas no aprecian el valor de estos objetos cargados de la historia de la ciudad”, indica mientras suena una rocola restaurada con unos 70 años de edad que parece como nueva. “Funciona con un sucre”, dijo antes de ubicar la moneda para tocar la canción E9, Esta tarde vi llover, en la voz de Armando Manzanero.

Poco antes había puesto a funcionar un tocadiscos de similar edad que adquirió a 4 dólares. “Hay que tener pasión y amor por los objetos, ya que requieren mucho tiempo para recuperarlos”, indica Rolando, quien se encarga personalmente de varios de esos proyectos, aunque también tiene especialistas que lo asisten.

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Así ha logrado acumular miles de piezas que distribuye en su casa, en este museo, en la bodega y en su oficina. Estos dos últimos espacios se ubican en la planta alta del centro comercial, donde opera también uno de los ocho locales de la Picantería Olguita, cuyo primer local fue abierto por su mamá en 1960.

Rolando Campuzano guarda un especial cariño por la imagen de su mamá con un año de edad. Foto: Moisés Pinchevsky.

El precio de la historia

Rolando, de 55 años de edad, dedica las mañanas a recorrer esos establecimientos, pero en las tardes se sumerge en este mundo repleto de la identidad de la ciudad. “Solo me gustan los objetos que tienen una historia en Guayaquil. Por ejemplo, esta caja metálica de galletas de La Universal (la toma en las manos) estaba en toda tienda”, comenta como su regla personal, la cual solo rompe una vez al año cuando viaja a Las Vegas y visita la tienda de empeño de Rick Harrison, protagonista del programa El precio de la historia (History Channel), junto con su hijo Corey y Chumlee.

A Rick le ha comprado fotografías autografiadas de Silvester Stallone, Mohamed Alí y Michael Jordan. También suele llevarles regalos tradicionales de Ecuador, como sombreros de paja toquilla. Ellos, a cambio, le han regalado camisetas, busos y otros recuerdos. “Somos amigos. Me dieron un billete de 2 dólares firmado por todos”, incluido el padre de Rick, fallecido en el 2018.

Rolando ha acumulado tantas antigüedades que ahora piensa abrir una galería para ofrecerlas en venta. Los visitantes podrán adquirir máquinas sumadoras, cámaras fotográficas, juguetes de cuerdas, radios, relojes de mesa y hasta una pequeña mesa de casino. Así compartirá su pasión con aquellos que entiendan el valor de una pieza con historia.

Él lo comprendió cuando, a los 12 años de edad pasaba por la esquina de la Octava y Bolivia. “Vi un montón de basura y allí encontré quinqué (especie de candelabro de kerosén con mechero). Lo agarré y lo restauré”. Allí comenzó con este pasatiempo que también lo ha motivado a coleccionar vehículos antiguos que han rodado en las calles de Guayaquil.

Tiene un Chevrolet de 1952, Ford T de 1938, Ford A de 1929 y un Ford Mercury del 49 que lucen flamantes parqueados afuera del local. “Todos tienen piezas originales. Incluso algunas las he mandado a traer del extranjero”.

Sin duda son objetos valiosos de su colección, pero ninguno se compara con aquella foto de su mamá en blanco y negro que dentro del local parece acompañarlo en esta afición, ella con cara de niña, él con el sincero entusiasmo de un pequeño por sus juguetes, dejándole cada día una bendición.