July Loor, estudiante y empresaria de 29 años, que perdió a su esposo por COVID-19 en la crisis sanitaria:

“Él murió el 30 de marzo del 2020. Recorrimos como cuatro clínicas y no pudimos ingresarlo. Tuvimos como tres citas en telemedicina. Le hicieron una radiografía y le vieron unas manchas en los pulmones. No le hicimos la PCR, pero sí fue COVID-19 porque tuvo todos los síntomas. Yo no presenté ningún síntoma y estuve siempre a su lado, pero no logramos salvarle la vida debido a la situación, que estaba todo colapsado. Cuando él murió, me dije: ‘Mi esposo ya no está, y el día que yo no esté, ¿mis hijos?, ¿dónde quedan?, ¿con qué quedan?’.

La pandemia marcó sus vidas, pero no las tumbó; las volvió más luchadoras, optimistas y dispuestas a salir adelante por sus hijos

Ahora soy yo su único respaldo y eso me despertó y llenó de fuerza para levantarme. Mi esposo manejaba un negocio de elaboración de muebles, escritorios y gabinetes; yo estudio la carrera de Diseño de Interiores, pero cuando ya él no estuvo, tomé a cargo el negocio con ayuda de los trabajadores. Mi esposo no tenía ni un mes de fallecido y me tocó levantarme en una situación tan difícil, me levanté con todo el dolor de mi alma, y al llegar al taller donde solo él se encargaba de todo, me derrumbé por completo.

Saber que yo iba ahí pero me quedaba afuera, no ingresaba, pero llegar y tomar a cargo todo era superdifícil, me pasaba madrugadas diseñando, tratando de entender, de que quede todo muy bien para no quedar mal con los clientes, eso siempre me he propuesto. Es duro cuando primero está a cargo un hombre y luego ven a una mujer; algunos clientes ya no me dieron los contratos, otros sí siguieron confiando, porque yo trabajaba con el mismo equipo, incluso les expliqué que yo hacía los diseños desde antes.

‘Se pueden vivir muchas adversidades, pero si no se tiene ganas de salir adelante, por tus hijos y por ti, no se logra’, afirma Cinthya Palomeque, quien también perdió a su esposo por COVID-19

Por trabajo había viajes que él hacía, ahora los he asumido yo y eso ha sido muy duro para mis hijos, para ellos el fin de semana es una alegría y llega el domingo y me preguntan: ‘Mamá, ¿ya mañana te toca trabajar?’. ‘Sí, ya me toca’. ‘No te vayas, mami’, me dicen, eso me duele, pero no me rindo. Sigo estudiando por mis hijos, porque él también me dijo que siga adelante y que debo graduarme, ser profesional, porque nuestros hijos estarán orgullosos, eso se me quedó en la mente. Los fines de semana son para mis niños, para darles tiempo de calidad. Vivo con mi mami, mi padrastro, mi hermana, y compartimos mucho, les ponemos la piscina, compartimos en familia.

‘Todavía no supero la muerte de mi esposo por COVID-19, pero trabajo de sol a sol para sacar a mis hijos adelante’, cuenta Lidia Suárez Muñoz

La pandemia me cambió mucho, he aprendido a ser fuerte. Antes decía: ‘¡Ay!, pobres mis hijitos, están sin su papá', así es la realidad. Ahora prefiero valorar más lo que tenemos, disfrutar el día a día. Y si me siento triste espero que mis niños se duerman y me encierro a llorar, porque ponerlos tristes es lo que menos quiero. Las madres necesitamos fortaleza, mucha confianza en nosotras mismas, porque cuando ocurren momentos difíciles somos capaces de todo, somos muy valientes.

Les digo a otras mamitas que si tenemos que llorar, hagámoslo, respiremos profundo, sequémonos las lágrimas y sigamos, vivamos y disfrutemos con nuestros hijos el día a día. ¿Que si sigue doliendo? Sí, sigue doliendo, un poco menos, porque una trata de adaptarse al día a día. Pero una madre saca fuerza de donde sea por sus hijos, no se rindan”. (I)