Amparo Romero Herrera, 30 años, vive en la cooperativa Promesa de Dios, en Monte Sinaí, noroeste de Guayaquil. Cuando su esposo se enfermó por COVID-19 ella ya estaba embarazada del segundo hijo del hogar, pero por la preocupación de la salud del jefe de hogar no se hizo una prueba que confirmara su estado de gestación. Su pareja, Xavier Romero, de 32 años, murió el año pasado, al inicio de la pandemia, sin saber que dejaría otro rayo de luz para esta joven: Xavier Benjamín, ahora de seis meses, y una niña de 7 años, quienes son el motor de la vida de esta madre.

La pandemia marcó sus vidas, pero no las tumbó; las volvió más luchadoras, optimistas y dispuestas a salir adelante por sus hijos

“Tengo dos niños, una niña de 7 años y un bebito de 6 meses. Mi esposo se enfermó al inicio de la cuarentena (obligatoria, en marzo del 2020). Él mantenía la casa, se puso muy mal (con el COVID-19) y falleció. (Antes) fue (primero) al hospital (Monte Sinaí), pero estaba demasiado colapsado y no lo atendieron. Se regresó (a casa) y aquí con remedios caseros se intentó (salvarlo), pero no se pudo hacer más. Él tenía 32 años cuando falleció... Ahí no sabía todavía que estaba embarazada, pensaba que por la preocupación y el estrés (de la enfermedad) no me había bajado la regla. Un mes después (de) que falleció me enteré, ya ahí tenía tres meses (de embarazo).

Él era taxista informal y al inicio nadie sabía que el país ya estaba contagiado (que el virus ya se había regado). Él era la persona que aportaba para la casa... y murió en la casa. Yo presenté síntomas, pero fueron leves. La niña no presentó (síntomas por el COVID-19). Con toda esa situación me tocó arreglármelas como se podía. Gracias a Dios por aquí ayudaban (en esos tiempos) con comida, canastas, porque no se podía salir.

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Ya con una niña de siete años y con otro (niño) que venía en camino hubo que ser fuerte por los niños, si ya perdieron a su papá y perdían a su mamá, ¿imagínese cómo hubiese sido todo?

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Nuestra vida cambió totalmente. Ahora hago dulces para vender, cositas de dulces, chitos, papitas (snacks), esas cosas, para sacar algo de dinero…

Mi cuñada vive cerquita, mi suegra vive abajo y están pendientes de los niños, de nosotros. Donde cocina alguien, le ponen una papa más y ya comen tres, así es acá.

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A la niña le costó bastante los primeros días porque ella era la engreída, la única. El papá la tenía bastante consentida. Y le costó mucho, lloraba, se ponía mal… Ayuda psicológica no hemos tenido, pero se habló con ella, le decía que su papá no estaba, pero tenía a la mamá aquí; que tiene la familia, y que el papá está en el cielo...

Pienso en salir adelante por los niños. Al inicio me costó mucho porque me veía sola en la casa. A mí me ha ayudado estar acompañada, con mi suegra, con mi cuñada, porque así converso..., no estoy sola.

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A las madres que estén por esto o por otra situación les digo que salgan adelante, que igual tienen a sus hijos por quienes ver; que si falta alguien se esfuercen por darles a los niños lo que hace falta.

Ahora con esto (la situación actual de la pandemia) da miedo hasta salir para el control (mensual de salud) del bebe, solo (va) a la vacuna. Antes no tenía miedo, ahora sí tengo miedo. Mi niño se llama como el papá, Xavier, y Benjamín, que es un nombre bíblico.

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Ahora tengo más fe, fe en salir adelante, porque fe en que vaya a mejorar esto (la pandemia) no tengo mucha.

La niña empieza clases este miércoles. Lo hará con el internet del vecino, que es tío de mi esposo. Ella tiene que estar conectada y ahí también tengo que ayudarle en los deberes y en todo lo que pueda.

A las 06:00 ya estoy despierta por el bebé y nos acostamos tipo 20:00, 21:00, a lo que se duerma el bebé. Aquí igual hay que estar en actividad todo el día”. (I)