El Pentágono presentó una de las mayores solicitudes de financiamiento naval en décadas, enmarcada en la iniciativa “Flota Dorada”, con la que la administración del presidente Donald Trump busca renovar de forma masiva el poder marítimo estadounidense e introducir nuevas clases de buques.

En el centro del plan destaca el regreso de un concepto prácticamente desaparecido de la guerra moderna: un nuevo acorazado de gran tonelaje, la clase Trump, concebido como pieza clave de la futura flota.

La propuesta forma parte del presupuesto de seguridad nacional para el año fiscal 2027, valorado en 1,5 billones de dólares, e incluye 65.800 millones destinados a la construcción naval. De ese total, 60.200 millones corresponden al presupuesto base y 5.600 millones a fondos de conciliación, según documentos del Departamento de Defensa.

Ajustada a la inflación, la cifra constituye la segunda mayor inversión en construcción naval desde 1955, solo por detrás del impulso de 1962 vinculado al programa de submarinos nucleares con misiles balísticos “41 for Freedom”, en plena Guerra Fría. El volumen de gasto también rivaliza con la expansión de 600 buques impulsada en la década de 1980.

El plan prevé la adquisición de hasta 41 embarcaciones para todo el gobierno federal, de las cuales al menos 34 serían buques navales: 18 de combate y 16 de apoyo logístico. Entre ellos figuran submarinos de ataque clase Virginia, un submarino balístico clase Columbia, destructores clase Arleigh Burke, fragatas y buques anfibios, además de plataformas logísticas clave.

Sin embargo, el elemento más llamativo es el desarrollo del acorazado clase Trump, que marca un giro doctrinal al recuperar un tipo de buque que no participa en combate desde finales del siglo XX. Este programa sustituye, en la práctica, al proyecto de destructor de nueva generación DDG(X) y se perfila como el eje simbólico y operativo de la “Flota Dorada”.

El propio Trump anunció en diciembre de 2025 la nueva clase de grandes buques acorazados, con un desplazamiento estimado de entre 30.000 y 40.000 toneladas. El primer navío, que llevaría el nombre de USS Defiant, se encuentra en fase de diseño y su construcción está prevista para inicios de la década de 2030, con una flota proyectada de entre 20 y 25 unidades a largo plazo.

Según la propuesta, estos acorazados estarán equipados con tecnologías avanzadas como armas hipersónicas, cañones de riel electromagnéticos y sistemas láser de alta potencia, lo que los convertiría en algunas de las plataformas más pesadas y fuertemente armadas del arsenal naval estadounidense.

El secretario de la Marina, John Phelan, afirmó que la nueva clase “se necesita con urgencia” y la describió como el buque “más grande, más letal y más versátil” en los océanos. La construcción se realizaría íntegramente en Estados Unidos y, según la Casa Blanca, generará miles de empleos.

La reintroducción de acorazados supone un cambio significativo, considerando que la última vez que este tipo de buques entró en combate fue durante la Guerra del Golfo, cuando unidades de la clase Iowa brindaron apoyo de fuego en la costa de Kuwait. Ahora, más de tres décadas después, Washington apuesta por reinventar ese concepto bajo una nueva generación tecnológica. (I)