Para quienes siguieron la participación del fotógrafo Andrés Arrata en la tercera edición de MasterChef Ecuador, hasta su victoria en la final, no es una sorpresa conocer a estas alturas su enamoramiento por su familia.

En más de una oportunidad Andrés aprovechó el espacio del programa, al aire hasta febrero de este año, para recordar los momentos favoritos en su hogar: cuando puede cocinar en compañía de sus hijos y de su querida esposa, ‘la Ceci’ (Cecilia Viera).

Los Arrata Viera en Galápagos: Matilde, Andrés, Cecilia y Andrés David. Foto: Cortesía Andrés Arrata

Es por eso que Arrata nos ha inspirado en este Día del Padre para indagar en su proyecto actual y el más importante de su vida: su familia conviviendo en nuevo territorio, las islas Galápagos.

Mientras Andrés culminaba su etapa en el conocido reality de cocina, junto con su familia iniciaba otra a inicios de este año. “Mi esposa licitó para un empleo de la agencia bancaria donde trabaja, para una sucursal en Santa Cruz”, recuerda. Aprovechando que sus hijos Matilde (14 años) y David Andrés (de 11) no asistían a una escuela física y que la profesión de Andrés le permite trabajar de forma remota, no vacilaron ante la propuesta.

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De Guayaquil a Galápagos, ¿Cómo ha sido este cambio?

La vida pausada y sigilosa en Galápagos parece combinar con Andrés, quien en televisión proyectó una personalidad relajada y serena, muy abierto a compartir su espiritualidad. A través de esta entrevista por videollamada muestra una ventana que da hacia un patio rodeado de frondoso verde. “Allí está mi espacio de meditación”, me señala. “Esto es perfecto, me siento supercómodo aquí”.

Para sus hijos, siente que la transición también ha sido positiva. “La pandemia les quitó un poco su estructura de vida normal. Los pusimos en un colegio online los dos últimos años. Por lo que su vida estaba centrada en la computadora... Sacarlos de la casa realmente no fue complicado”.

Lo duro para los muchachos ha sido, irónicamente, conectarse nuevamente a internet, para comunicarse con amigos y familiares en el continente y, bueno, para también enchufarse a los videojuegos en línea a los que estaban acostumbrados, pues la velocidad en las islas no es igual a la que dejaron en Guayaquil.

“Es la parte que más les costó”, bromea Andrés, aunque ahora sus hijos tienen la oportunidad de vivir como lo hicimos muchos niños en décadas anteriores. “Hicieron amigos rápidamente aquí, aunque no hay muchas casas, pero justamente coincide que donde vivimos hay niños de la edad de ellos. Además, el colegio les queda a diez minutos en bicicleta. Entonces, tienen una vida de barrio antiguo, tranquilo, se mueven y salen sin ningún problema”.

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La vida pausada en Galápagos parece combinar con Andrés, quien en televisión proyectó una personalidad relajada y serena, muy abierto a compartir su espiritualidad en la que su familia lo acompaña. Foto: Cortesía

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‘¿Cómo es su papá?’

Para conocer un poco cómo es Andrés Arrata como padre les pregunté a quienes más lo conocen en este sentido, sus hijos. Inteligente, amable, respetuoso y muy creativo son las palabras escogidas por Matilde, su primera hija, quien en todo momento sintió que debía apoyar a su papá en su aventura televisiva.

“Yo digo que es una buena persona, es divertido, porque es como un niño, pero en grande”, resalta el menor, David Andrés, a quien en cambio le preocupaba que el chef colombiano Jorge Rausch lo retara mucho a su papá en pantalla.

Por otra parte, no es un padre de esos que se ponen muy bravos o muy estrictos, añade Mati, como le llama Andrés. “Él te da la explicación de por qué pasó algo y cómo solucionarlo, puede haber un castigo, pero no más de eso”.

Cuando sea grande, comparte la adolescente, le gustaría ser profesora parvularia, trabajar con los niños es algo que desde ahora se ve haciendo más adelante con mucha pasión, mientras cursa el décimo año de educación general. David, por su parte, sueña ahora con ser piloto de avión. “De repente me comenzaron a gustar los aviones. Me parece que es una cosa muy divertida”, comenta el estudiante de séptimo año.

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En lo que sí coinciden es que les encanta la sazón de su papá. Para David, Andrés hace unas hamburguesas muy especiales. “Las hace con carne molida, pero hace una masa especial porque le pone cebolla, también lenteja”, revela.

Pero lo que más les gusta a todos en casa son las pizzas, que preparan en familia. “Cuando cocinamos juntos es muy chévere, porque mi hermano y yo vamos y lo ayudamos”, agrega Matilde. Uno hace la masa, por lo general Andrés; otro la salsa; otro pone la mezcla de queso; y los demás colocan el resto de toppings y embutidos, especialmente tocino y pepperoni, como le encanta a David.

Foto: Cortesía

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Andrés, un papá en casa y con mucha suerte

El llamado de la paternidad llega de diversas maneras. En el caso de Andrés Arrata ocurrió cuando llevaba alrededor de seis años de matrimonio. Se convirtió en papá a los 33 años.

“A mí los niños siempre me gustaron y siempre había querido tener hijos. Fue hermoso cuando llegó Matilde”. La niña no solo cambió su forma de vida inmediata, sino en el largo plazo.

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“Me tomé un mes de vacaciones para estar con la bebé el primer mes y fue interesante. Mi esposa no le fue tan bien en la cesárea y tuvo una convalecencia pesada. Entonces pude ayudar bastante a cuidar a la niña todo el primer mes”.

En las islas, Andrés Arrata y su familia están cultivando más actividades al aire libre y en armonía con la naturaleza. Foto: Cortesía

Al año Andrés decidió emprender y así es como se convirtió en fotógrafo publicitario freelance. “Dejé mi oficina en una agencia de publicidad y decidí abrir mi estudio fotográfico en la casa. Pasé los siguientes diez años en casa. Crecimos con los niños juntos”.

El creativo reconoce que no muchos padres tienen la oportunidad de ser un stay at home dad, o padre que trabaja desde casa, y estar físicamente más presentes en la vida cotidiana de sus hijos. “A mí me encantó. Creo que fue importante para ellos y para mí también, en mi crecimiento personal”. Como dice que la paternidad lo agarró “muy grande”, también lo alcanzó con mayor madurez.

“A los 33, 34 tienes una edad suficiente para comparar, darte cuenta y razonar qué es lo que los demás están haciendo mal. Siento que el raciocinio es más claro que cuando tienes 25 o 26 años. Acá piensas un poco más y entonces te controlas, también un poco más tienes de paciencia”, reflexiona el chef aficionado.

Por eso cree que la suma de todos estos factores le hizo un papá con mucha suerte. “Creo que es una buena idea tener los hijos un poco mayor, ¡al menos a nosotros nos funcionó! Tenemos unos buenos niños”.

La dinámica de los Arrata

Ahora que los niños han crecido, y siguen creciendo, Andrés y su esposa han considerado oportuno que aprendan ciertas tareas en casa, cada vez con mayor dificultad, como lavar sus platos, su ropa y cocinar. Pero, como ya sentenciaron los muchachos, y como vio todo Ecuador, los mejores platillos provienen de su padre.

Para eso, Andrés se levanta cada mañana, muy temprano, para hacer el desayuno. “Les hago unos tomates asados con parmesano normalmente, con una tostadas y con aguacate, tal vez una fruta picada a los niños. O unas quesadillas con tortillas de harina”. En los fines de semana las recetas son más elaboradas y pueden degustar empanadas de verde, entre otros.

Así luce un fin de semana para los Arrata.

Una vez que los niños se van al colegio y su esposa a su trabajo arranca el horario exclusivo de Andrés. “Me ducho, hago mi meditación y empiezo mi jornada laboral”, dice. Ocasionalmente recorre el pueblo donde vive, busca algo para comer o cocinar en el almuerzo, dependiendo de la carga del día. Por si acaso, tienen una persona que les ayuda en esta labor.

A media tarde, tipo 15:00, retoma su trabajo y los niños, sus tareas escolares. A las 18:00 salen a caminar y buscan la cena.

Los fines de semana obviamente son diferentes. Dedican un día de playa, sea en Tortuga Bay o en Los Alemanes. Y los domingos, como hoy, la comida también es más especial. Posiblemente será una tarde de la pizza casera que tanto alegra a su familia. “¡La pizza es la ganadora siempre!”, expresa.

Lecciones de cocina

La cocina ha ayudado a cocer a fuego lento muchas de las enseñanzas que Andrés Arrata desea inculcarles con mucho amor a sus hijos Mati y Juan David. “El que quiere comer tiene que ayudar a cocinar” es su primera lección.

“Si ellos preparan lo que comen les enseña a comer cosas diferentes y a valorar un poco lo que hay detrás de una preparación, cuando se dan cuentan del esfuerzo y trabajo hasta lo disfrutan más”.

Otro platillo que les fascina a los Arrata son las chugchucaras, una especie de ‘bandera serrana’. Se trata de un plato de Latacunga con fritada, mote, tostado, canguil, papa, haba, empanadas de mejido, maduro, chicharrón y ensalada o agrio criollo.

Esta es una receta en la que todos colaboran y que escogen usualmente cuando reciben visitas, algo que también pasa en un día como hoy. Y esa es su segunda lección. “Yo siempre he dicho que la cocina es uno de los actos de amor más grandes que existen. Puedes decirles a los demás cuánto los amas sin palabras... Las cocinas son el eje de las casas, desde ahí empieza la transmisión del amor”.

Por eso, la última enseñanza del cocinero amateur es que las familias se encuentren con más frecuencia en las mesas y departan juntas. “La familia ya no tiene tiempo para comer en casa. No es culpa de la gente, sino del ajetreo de la sociedad. Pero tenemos de alguna manera u otra, por lo menos una vez a la semana, que retomar la costumbre de sentarnos todos alrededor de una cocina y comer la comida que sale de la persona que nos ama”.