Un total de 29 obras visten la sala Manuel Rendón Seminario, en la Casa de la Cultura, núcleo del Guayas. Todas siguen el mismo hilo conductor: pintar la dignidad. Ese es el eje central de la exhibición, correspondiente al Salón de la Mujer 2026, en su vigésima séptima edición.
El encuentro seleccionó a dos ganadoras para sus categorías caballete y mural.
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Donde la curación empieza de Fátima Caicedo
La primera es Fátima Caicedo, galardonada con el Primer Premio Adquisición por su obra Donde la curación empieza. En este lienzo de un metro cuadrado resalta la necesidad de preservar el legado ancestral, reconociendo la figura de la mujer como un modo de retornar hacia nuestra identidad originaria.
“Estuve pensando mucho en cómo ha sido representada la mujer. Venía investigando sobre el chamanismo en algunas culturas de Ecuador y me di cuenta de algo. En la cuestión laboral hemos conseguido muchas cosas como el trabajo, los sueldos, pero también hay otros temas que se desplazan. El chamanismo ha sido solamente delegado por muchísimo tiempo a los hombres”, explica la pintora.
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“En la cultura tsáchila hay mujeres que sí se las consideran chamanes, que es un rol bastante importante dentro de estas comunidades y hay curanderas”. Todo esto, más los temas de maternidad, los saberes ancestrales y la conexión entre ambos son referencias en la pintura de Caicedo.
Como elementos visuales, la pintora se vale del uso de la histología, plasmando formas como tejidos, en especial del útero y la placenta, que se ven reflejados en un corazón.
Las figuras están resguardadas dentro de un círculo con un borde amarillo que está decorado por otro tipo de formas. “Son las plantas que se usan muchísimo en los pospartos. Por ejemplo, en la comunidad de los tsáchilas usan la ruda. Es como una especie de cartografía con las plantas”.
Con esta pieza, argumenta Caicedo, se dignifica a la mujer a través de sus logros. “El chamanismo me parece importante porque no he visto yo que una mujer de ciudad haya investigado estos temas, no había visto a mujeres chamanes, siempre ha sido papel del hombre”. La reflexión es, añade, ¿cómo esos papeles pueden cambiar y cómo pueden mejorar?
Este es el primer salón de la mujer en el que concursa la artista de 20 años.
“Lo que me motivó fue justamente porque hace un mes, antes de ver la convocatoria, había presentado para la universidad, en la materia de retórica visual, una obra que justamente hablaba de la mujer, pero desde el tema de cómo ciertas mujeres dejan de lado sus prácticas artísticas o dejan de producir como artistas por ser madres”. Esa idea fue mutando hasta convertirse en la pieza con la que participó la universitaria que estudia artes visuales, graduada en el Colegio de Bellas Artes.
El reflejo de la esencia de Saira Túquerrez
La segunda ganadora es Saira Túquerrez Morán, primer premio arte mural con El reflejo de la esencia (19 x 3 metros), plasmado en el edificio de 9 de Octubre y Quito. Su planteamiento sostiene la importancia de la integración entre procedencia y espíritu.
Siguiendo la temática de pintar la dignidad, “primero, vengo de una comunidad indígena, soy parte de un pueblo quechua de Otavalo. Para mí es bastante significativo desde mi espacio poder compartir lo que somos con mucho orgullo, compartir nuestra identidad en la zona de la Costa, en Guayaquil”, resalta la artista de 29 años.
Agrega Túquerrez está la memoria de los últimos levantamientos que se vieron en Imbabura, que guarda mucho significado para ella. En ese sentido, está el elemento visual del agua, con una joven flotando. “Se refleja la imagen sobre el agua con mucha seguridad, con mucha tranquilidad de mostrarse, de mirar hacia el horizonte, hacia un espacio con esperanza de que la dignidad sea cierta, se aplique de verdad y no solamente sean palabras”.
Es un logro personal y social, además, porque a decir de la pintora no existen mujeres indígenas muralistas (y, si las hay, no son tan conocidas). “Ser muralista no es solamente pintar bonito, sino más bien, como yo lo entendí con el paso de los años, inspirar, compartir e impulsar a las personas que están detrás de mí. En mi caso, yo abogo mucho por acompañar a las warmies, a las niñas, a las mujeres que están también en este camino, o empezando este camino”, resalta.
En su caso, ha sido un trayecto rocoso por el que no desea que pasen otros, en especial otras mujeres. Hablar de muralismo en Cotacachi, en la zona alta de Imbabura, en medio del campo, es algo exótico. “Me ha tocado pararme duro y lo he hecho sola. En ese sentido, me he dado a la tarea de buscar niñas, sobre todo de las comunidades indígenas, que les gusta o quieren también ser parte de esto e invitarles a mi taller”.
Es importante para Túquerrez estos procesos que podrían ayudar a descubrir nuevos talentos, en especial porque, lamenta, persiste el machismo en comunidades como la suya. “Las niñas que crecen con la mentalidad de que si un día son grandes es para casarse, para tener hijos y para ser amas de casa. Mi idea es que a través de mis acciones, no solo de pintar, sino de atreverme a hacer cosas grandes a través del arte, darles la oportunidad de que ellas también puedan soñar de que sí se puede hacer algo más. Yo también era como ellas y me atreví”.
El Salón de la mujer 2026 también confirió a otras pintoras menciones de honor. Ellas son Ana Juan, Marcelina Andrade, María Ortega y Eugenia Toro.
La muestra estará abierta hasta la primera semana de abril. De martes a viernes, de 09:00 a 17:00. (E)