Uno de los peores miedos que ha tenido el cineasta guayaquileño Gonzalo Mejía es que un día la Policía toque la puerta de su casa para decirle que una de sus hijas está detenida por conducir bajo efectos del alcohol.

Afortunadamente, eso no ha ocurrido. Como padres seguramente más de uno ha convivido con este temor (y muchos otros).

En su caso, en vez de dejar que lo consumiera, Gonzalo lo procesó como la trama de su nueva película Por la vida, su ópera prima, que llega tras dos décadas de trayectoria en cortometrajes y publicidad, entre Ecuador y largamente Estados Unidos, donde vive.

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Gonzalo Mejía (lentes) durante la producción del filme, que contó con apoyo de universitarios. Foto: Cortesía

Para él, la obra no solo representa un hito profesional en su carrera, sino que es la culminación de un proceso de persistencia personal y sacrificios que lo llevaron a ciudades como Miami, Nueva York y Atlanta, antes de consolidar este proyecto en la Universidad de Miami, donde estudió y actualmente trabaja.

El salto al largometraje no fue sencillo, explica el director. “Porque no existe industria lamentablemente en nuestros países, a excepción de México… Es decir, que haya personas que vivan de cine. Igual como en el teatro o la música, muy pocos viven de aquello”, lamentó. Por eso, tras varios intentos de establecerse en nuestro territorio y enfrentar dificultades, decidió radicarse en Estados Unidos.

Para desarrollar Por la vida, Gonzalo fue pragmático y astuto. Se inscribió en una maestría en cine con el objetivo específico de salir de ella con una película terminada como su proyecto. Esta decisión le permitió acceder a recursos clave, como equipos profesionales, seguros para locaciones y el apoyo de estudiantes motivados que formaron parte de su equipo de rodaje.

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Por la vida cuenta la historia de Jerónimo, que abandona su trabajo corporativo para seguir su pasión: la repostería. Sin embargo, se ve obligado a convivir con su hija universitaria, Clarisa, puesta bajo arresto domiciliario luego de ser detenida por conducir alcoholizada. La relación entre ambos es tensa y distante, marcada por una ruptura familiar previa y la ausencia de la madre.

Mejía confiesa que la película es profundamente personal, pero no necesariamente porque transitó por dicha experiencia. Basándose en la premisa de “escribe sobre lo que conoces”, el director fusionó las personalidades y vivencias de sus hijas para crear el personaje de Clarisa.

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“La historia ocurre en Miami, yo vivo en Miami y crío a dos hijas, aunque no soy divorciado. Las personas que han visto la peli me dicen que los diálogos son muy reales. Esos son argumentos que he tenido con ellas”, explica. “Tienen 19 y 23 años. ¿Cuál es mi miedo más grande? Que me llamen en la madrugada diciéndome ‘estoy presa’. En este país que te pase eso es terrible, porque te quitan la licencia, te quedas preso o te cuesta $ 20.000 salir de la cárcel”.

Del mismo modo, el protagonista refleja rasgos tanto del propio Gonzalo como de su padre. Justamente el título es una especie de homenaje póstumo al papá del director, quien falleció en 2022 sin poder ver el filme terminado.

“A él no le gustaban las malas palabras. A cambio decía ‘por la vida’. Entonces, si un día se te quedó la billetera en casa, o incluso si te pasó algo bueno, como ganarte una beca, ese era su dicho”, recuerda. Para Gonzalo, incorporar esta muletilla fue una forma de mantener viva la esencia de su progenitor.

El elenco principal se formó mediante una mezcla de persistencia y fortuna. El papel protagónico recayó en el actor argentino David Chocarro, a quien el cineasta contactó de manera audaz en un evento. Su contraparte es Eleny Reyes, descubierta a través de una plataforma de casting en línea.

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Aunque el sueño de todo cineasta es ver su obra en la pantalla grande, Gonzalo es realista sobre las dificultades del cine independiente en salas comerciales. Actualmente busca colocar la película en plataformas de streaming. (E)