Haruki Murakami y el ministro Raúl Pérez, un feliz desencuentro en Ecuador

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QUITO.- El escritor japonés Haruki Murakami (de pie) y el ministro de Cultura, Raúl Pérez Torres (Cortesía). Cortesía
Xavier Reyes
11 de Noviembre, 2018 - 15h05
11 Nov 2018 - 15:05
Quito -

El escritor japonés Haruki Murakami -uno de los más importantes de la literatura contemporánea- tiene un admirador muy particular en Ecuador. Ante el mundo y en voz alta, este fanático aseguró haberse convertido en un adicto a su obra, pero al mismo tiempo reconoció, haciendo muecas de desagrado, que le pesan sus libros tan gordos, de tantas páginas, y que se salta aquellas en las que hay mucha sangre y violencia.

Lo confesó ante dos mil personas y ante el mismo Murakami. Este fanático no sería tan singular si no fuera porque se trata del ministro de Cultura, Raúl Pérez Torres, quien protagonizó un conversatorio junto al escritor japonés el jueves 8 de noviembre, en el Teatro Nacional de la Casa de la Cultura, en Quito.

La noche empezó con largas filas de gente, entre quienes fueron invitados y quienes accedieron a entradas gratuitas por internet, lo que se convertía en una buena noticia, tomando en cuenta que las convocatorias culturales no son masivas y que en Ecuador se registra un índice de lectura de menos de un libro por año.

"¡Y con ustedes..., Raúl Pérez Torres!". Así empezó el conversatorio. La convocatoria estaba hecha para las 19:00, pero empezó media hora más tarde, con el teatro lleno.

A pesar de la sorpresa inicial que provocó el anuncio de la animadora, pues todos esperaban escuchar primero el nombre del invitado especial, el público aplaudió. Cuando la gente se dio cuenta de que el ministro llegaba acompañado por Murakami, ese aplauso se convirtió en una ovación, con gritos incluidos, como si el escritor fuese una estrella de rock.

En medio del escenario, se sentaron en dos sofás blancos: el uno dispuesto para el célebre invitado y su traductora, y el otro para el ministro, también escritor.

En la introducción, Pérez se autoproclamó como “un adicto a Murakami”, como un lector que ha leído “toda su obra traducida al español”.

El escritor japonés -conocido por su reserva y pocas apariciones en público- agradeció la bienvenida y compartió su emoción por estar por primera vez en América del Sur. “Me siento como Bruce Springsteen”, dijo frente a una multitud predispuesta desde el comienzo a celebrar -diga lo que diga- cada una de sus palabras.

Una vez hecha la presentación, el ministro -que lució un terno oscuro, sin corbata- intentó meterse en el rol de periodista, de preguntador, de filósofo, de contraparte que incita a la conversación. Había preparado medio centenar de preguntas, pero en los 81 minutos que duró la charla pudo despachar apenas 21, matizadas por las risas del público y el desconcierto que provocaba la desconexión entre las referencias y reflexiones con que abría cada una de sus intervenciones y la pregunta final con que las remataba.

Del otro lado, Murakami -vestido con una chaqueta de capucha, barba de tres días y zapatos deportivos con cordones tomates- llamó a su interlocutor por su nombre: Raúl, le decía. Y Raúl le trataba de usted, poniendo una distancia que con el pasar de los minutos se volvería cada vez más grande.

- Una constante en sus libros es (la referencia a) otro mundo, el atravesar el muro -empezó Raúl Pérez Torres-. ¿Quizás el abismo es la salvación o estamos hablando de una metáfora? Háblenos de ese otro lado.

- Cuando se escribe una novela larga hay que ir a ese otro mundo y atravesarlo. En otras palabras, hay que encender hasta el subconsciente. No creo que todos puedan hacerlo. Pero yo como novelista solitario tengo que ir a ese otro mundo. Ese es mi trabajo. Lo que sí es muy importante es saber regresar. Puede ser muy fácil irse, pero si no puedes regresar puede ser una trampa. Por lo general, me despierto a las cuatro o cinco de la mañana para escribir, me voy a ese otro mundo y después regreso… Si no regreso mi esposa se puede molestar mucho.

El público empezaba a gozar de cada respuesta. Sutil, sin rollos ni malabares académicos o intelectuales, Murakami parecía más enfocado en contentar a la tribuna que en contestar al ministro.

- Veo en algunos de sus personajes una necesidad de religiosidad, de purificación... ¿El arte es una puerta?, ¿tal vez su abuelo (que fue sacerdote budista) le dejó una espiritualidad diferente?

- … No puedo decir que soy una persona religiosa. Probablemente, sí recibí una influencia de parte de mi padre y mi abuelo… Si Raúl siente que en mi obra existe una influencia religiosa tal vez sea cierto, pero yo no tengo conciencia de ello.

La respuesta no satisfizo al ministro, que replicó: “Hablaba de una religiosidad que va más allá de la religión, de una espiritualidad especial”. Pero que, por las mismas, se dio por vencido: “En todo caso, vamos con otro tema”.

- Uno nunca sabe lo que va a encontrar en su obra: un gato que habla, un joven llamado cuervo o una aparición súbita. ¿No tiene la sensación de que sus muchas novelas son una sola?

- Borges ya lo dijo: los escritores tienen unas cinco cosas que se repiten una y otra vez. Probablemente tenga eso yo también... Puede que sea verdad. Los escritores tienen temas limitados sobre los que escriben y es muy natural volver a los mismos. En todo caso, los gatos son mi obsesión.

Entre la pregunta y su traducción, y la respuesta y su traducción (español-inglés) se disolvió el ritmo del ida y vuelta espontáneo de un conversatorio. El ministro, que apareció con mucho entusiasmo, se convertía en el lector disperso de un libreto sin hilo conductor. De a poco, el encuentro de estos dos escritores -nacidos en la misma década, el japonés en 1949 y el ecuatoriano en 1941- se tradujo en un desencuentro de tiempos, experiencias, territorios, visiones y percepciones de la vida y la literatura. Mientras el ministro insistía con preguntas alegóricas, cargadas de sensibilidad y de una inútil intención filosófica, el invitado contestaba casi lo mismo que había dicho antes, pero con otras palabras, con nuevos giros... También contestaba lo que le parecía, aunque no tuviese relación alguna con la pregunta. Y el público gozaba con todo: con el ministro perdido, predecible y meloso, y con el superstar que, por otro andarivel, nos estaba regalando un combo de reflexiones y lugares comunes.

- Usted ha escrito novelas largas. Desalentadoramente largas. Al menos para mí que cuando escribo a la tercera página me canso. Usted habla de unos enanitos automáticos y de una caja seleccionadora en la memoria. ¿Cómo es su proceso de escritura?, ¿no es muy peligroso, muy arriesgado?

- En mi adolescencia leía a muchos autores rusos. Tolstoi, Dostoievski escribían novelas muy largas, entonces la noción que yo tenía era que mientras más larga, mejor. Disfruto mucho de escribir una novela larga y cada vez quiero hacerlas más largas...

- Bueno, otro tema en sus obras es el suicidio. Cada vez más creciente en nuestros países... Es un poco desolador

- En los países católicos, el suicidio es un pecado; por supuesto que no es algo bueno, pero las personas tienen el derecho de quitarse la vida. Algunos amigos míos se suicidaron cuando tenían 20 o 30 años. Los extraño, sí, pero no considero que el suicidio fuera un pecado.

El desencuentro estaba en marcha. El ministro le preguntaba a Murakami qué piensa sobre la vida, la vejez y la muerte y recibía como respuesta: “Yo soy escritor y me siento vivo cuando escribo historias de ficción. Cuando escribí Kafka en la orilla creé el personaje de un chico de 15 años... Pude ver al mundo a través de los ojos de este chico joven, oír las canciones..., sentirme como el personaje. A veces pienso en la muerte, pero con más frecuencia en mis historias de ficción... Para mí, la muerte sería ya no poder escribir”.

Con esta última frase, el público deliró. Las dos mil personas que llenaron el teatro aplaudían y gritaban con la misma emoción que provocan los cantantes famosos cuando interpretan sus éxitos en los conciertos o como si Murakami fuese un dios que revela un secreto divino: “la muerte sería ya no poder escribir”. En el palco de prensa, los reporteros ya tenían un titular posible.

- Hablemos de violencia. Con mucho dolor le confieso que he tenido que saltarme, aterrado, páginas de violencia, por ejemplo, en 'Kafka en la orilla'. Allí se destripan gatos, se coleccionan sus cabezas en la refrigeradora, se desuella a un hombre vivo...

- Es cierto que con frecuencia describo escenas crueles y violentas. En esta obra hay una en la que se le quita la piel de un hombre vivo. Es muy violenta y sangrienta. Mis traductores detestan traducir estas partes y me preguntan por qué tuve que escribir estas escenas violentas. Incluso me dicen que han tenido pesadillas. Yo mismo he tenido pesadillas cuando las he escrito. Pero era importante, tenía que escribirlo. Mi padre fue enviado a China como soldado en tiempo de guerra. La mayor parte del tiempo evadía hablar sobre la guerra. A veces, sí nos relataba las historias violentas y sangrientas que tuvo que vivir y yo era un niño pequeño. Aún recuerdo esos relatos. Eso quiere decir que he heredado los recuerdos de mi padre y es mi obligación escribir al respecto. A mí no me gusta la violencia y a ustedes tampoco, pero la violencia existe en el mundo.

- Y algo más grato... En cuanto al sexo... Son tan fuertes y gráficas las escenas de sexo... Dicen que usted es de los mejores en retratar esos momentos. ¿En su caso, es en verdad el sexo una puerta?

- En mi primera y segunda novelas no escribí nada sobre violencia ni sexo, pero cuando escribí 'Tokio blues' me decidí a hablar sobre sexo y muerte. Y ese libro está lleno de relatos de sexo y muerte. Y lo escribí muy bien. Yo mismo estuve sorprendido de haberlo hecho. Mucha gente me culpó porque se libro estaba cargado de escenas de sexo y justamente por eso decidí que iba a escribir más novelas sexuales y violentas.

- Hablando de mujeres extraordinarias, profundas, solitarias. Usted ha dicho que la mujer es un medio, que a través de ellas ocurren las cosas. ¿Puede ampliarnos este concepto?

- Mmmm... No creo haber escrito sobre tantos personajes femeninos... La mayor parte de mis personajes no son mujeres, sino hombres. En cierto momento aparecen mujeres que llevan a sus hombres en distintas direcciones... Y pienso que la mayoría de mujeres son más inteligentes que la mayoría de hombres.

Otro clímax: Murakami había dicho que la mayoría de mujeres son más inteligentes que la mayoría de hombres y el público, en catarsis ante semejante afirmación, se ponía a sus pies. Parecía que la complicidad entre el escritor japonés y sus lectores era evidente para todos, menos para el ministro que insistía con su guion prefabricado. La distancia entre ambos ya era gigante. Y se notaba.

- Ahora hablemos de poesía. Su obra está llena de un aliento poético... ¿Escribe poesía?, ¿ha publicado poesía?, ¿qué piensa de la poesía?

- No concuerdo con su opinión, Raúl. No considero que mi prosa sea poética. En el avión de camino a Quito pude leer el libro de Raúl y sentí que su prosa sí se presenta como un poema. Y me dije 'yo no puedo escribir así', no siento que mi prosa sea poética. Yo no he escrito poemas en toda mi vida.

- Su novela '1Q84' parece un guiño a George Orwell, a su novela 1984. ¿Es ciencia ficción?

- No considero que sea ciencia ficción; más bien pienso que es una historia bastante realista. Pienso que existe un mundo distinto, un mundo más allá de nosotros. Si queremos ir allá, podemos hacerlo. Cada uno de nosotros tiene su propio mundo distinto y yo escribo sobre ese mundo diferente...

-'1984' de Orwell; 'Un mundo feliz', de Huxley, y 'Fahrenheit 451', de Ray Bradbury, ya hablaban del control, del gran hermano en toda su magnitud…

- Me gusta mucho la obra '1984' y 'Un mundo maravilloso', pero no creo que sean buena ficción. Son más bien una declaración y afirmaciones. La ficción debe ser más libre y espontánea. Mis historias no son afirmaciones.

- Parecería que sus libros funcionan en mitad del caos. Más libros suyos se venden en crisis: la caída del Muro de Berlín, el gas sarín... ¿Qué nos puede decir de la venta de libros?

Las dos imágenes que se lleva de Quito quizás algún día puedan ser parte de alguno de sus escritos. --#MurakamiEnEcuador pic.twitter.com/tKCVzjv5nk

Las dos imágenes que se lleva de Quito quizás algún día puedan ser parte de alguno de sus escritos. --#MurakamiEnEcuador pic.twitter.com/tKCVzjv5nk

— Rommel Aquieta Núñez (@amarusincielo) 9 de noviembre de 2018

La charla avanzó hacia el relato Underground, en el que Murakami contó el atentado con gas sarín en el metro de Tokio. “Muchos medios se interesaron en hacer las entrevistas y escribieron sobre los criminales y terroristas que cometieron el ataque. Yo más bien me interesé en la gente que sufrió, en las víctimas y en sus familias. Aquel incidente tuvo lugar en una mañana de marzo de 1995, más o menos entre las 8 y las 9 de la mañana, cuando el metro de Tokio va muy lleno. En esa ocasión hubo mucha gente que murió. Los medios no se interesaron por esas personas ordinarias, comunes. Yo sí y entrevisté a alrededor de 67 víctimas. Me tomó más de un año y me di cuenta cómo cada uno tiene su propia historia. Fue muy conmovedor. Esa experiencia me cambió de alguna manera”.

Los críticos ubican a Murakami como un representante del posmodernismo; es decir, enmarcado en un territorio sin mayores definiciones ni fronteras ideológicas o teóricas, donde todo es relativo y hasta superficial. Requerido sobre aquello por el ministro, contestó: “Yo no confío en los ismos (posiciones o etiquetas sobre un tema). Ni en el podemodernismo ni en el postcolonialismo. Alguna gente ha dicho que mi trabajo puede enmarcarse en el posmodernismo, pero lo único que me importa, en que creo, es en el Murakamismo”. Y estalló una nueva ovación por parte de los dos mil asistentes.

“Cuando daba clases en la universidad, en Estados Unidos, varios colegas y estudiantes querían entender cuál era el tipo ismo que yo estaba enseñando. Cuando tengo una buena historia sé cómo la quiero contar, pero no puedo enmarcarla en ningún ismo”.

- Uno de sus cuentos más desoladores y más bellos que he leído es 'Paisaje con plancha...'

- Yo creo que escribo historias más bien optimistas. No recuerdo haber escrito ninguna depresiva, pero si usted lo dice...

La cita estaba por concluir. “Creo que estamos llegando al final, debe estar muy cansado -dijo el ministro- ¿Un último mensaje a sus fanáticos?”

El japonés se despidió sorprendido por la cantidad de gente que acudió al teatro. “Muchas gracias por haber venido. No creo que valga la pena venir de lejos para verme. Solo espero que hayan podido disfrutar de la conversación que hemos mantenido Raúl y yo. Mañana viajaré a Galápagos. ¡Y esa es una de las grandes razones por las que estoy aquí!”, dijo el escritor, que se había puesto de pie para recibir una nueva ovación de despedida, mientras el ministro, cuyo nombre abrió la noche, seguía sentado en su sofá blanco, con la mirada perdida, como si no escuchara el estruendo de los aplausos, silbidos y gritos del público, o como si estuviera aún intentando descifrar alguna respuesta de ese mundo paralelo en el que Murakami habita y escribe, aquel mundo del que el ministro dijo ser un adicto. (I)

Haruki Murakami y el ministro Raúl Pérez, un feliz desencuentro en Ecuador
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2018-11-13T19:18:34-05:00
El escritor japonés Haruki Murakami tiene un admirador muy particular en Ecuador. Ante el mundo y en voz alta, este fanático aseguró haberse convertido en un adicto, pero al mismo tiempo reconoció, haciendo muecas de desagrado, que le pesan sus libros tan gordos.
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