Ya faltan solo 28 días y millones se preguntan: ¿cómo será este Mundial 2026 de 48 equipos, 104 partidos y tres países…? Como inicio cabe decir que siempre hay dos mundiales. Uno, el que mira el público por televisión; ese se verá bonito, en estadios impactantes, con (se supone) campos de juego impecables y la puesta en escena cinematográfica que suele tener este megaevento, el mayor de la humanidad. Otro, el que va del rectángulo hacia afuera y que no muestra la TV. Bien dice Jorge Arriola, el hincha peruano que asistió a catorce mundiales y que verá su decimoquinto en Norteamérica: “El público es el decorado; el mundial es para la televisión. Aunque es lógico: al estadio van 60.000; por TV lo miran 1.000 millones”.
Generalmente, los países que se postulan para organizar un mundial lo hacen con un propósito: mostrar sus virtudes como nación; ganar imagen, prestigio; deslumbrar al visitante; posicionarse como potencia económica; invertir en estadios, rutas, aeropuertos, etcétera, para luego usufructuar esas obras y recuperarlo con turismo o negocios. Hay una cierta generosidad en la inversión. Lo que hizo Catar, por ejemplo. Su mundial fue el mejor de los veintidós hasta ahora. Tal vez nunca se repita.
Catar impuso un concepto nuevo, el de “mundial compacto”. Esto es, ocho estadios, todos en una sola urbe —Doha—, cercanos y conectados por el metro, un metro modernísimo, construido para el torneo, pero que quedaría luego para la población. Como si un partido se jugara a las dos de la tarde en el Capwell, otro a las seis en el Monumental y un tercero a las diez de la noche en el Modelo. Una comodidad fantástica. Y el metro, gratis. Todo ello rodeado de un clima festivo y sereno, con seguridad, servicios, precios asequibles, estadios refrigerados, un centro de prensa gigantesco, entradas a valores módicos, facilidades de todo tipo y, especialmente, la amabilidad árabe, una grata comprobación.

Lo había anticipado doce años antes Gabriel Batistuta, quien jugó allí: “Dos cosas son seguras: todo estará perfecto y será muy cómodo; en media hora se va de un estadio a otro”. Quisieron mostrarse, encantar al mundo. Un mundial tiene tres vértices: PAÍS – ORGANIZACIÓN – FÚTBOL. En los tres alcanzó los 10 puntos. Un país minúsculo, pero avanzado, con tecnología de punta, una organización exquisita, sin fallas y un fútbol que encantó. De hecho, se jugó allí la mejor final de la historia, la de Francia y Argentina.
Canadá, Estados Unidos, México 2026 será la antítesis de aquella perfección. Será un acontecimiento disperso, sin noción de sede única. Para que nos hagamos una idea: entre los 50 países europeos componen un territorio de 10′531.751 km² cuadrados. Entre Estados Unidos, México y Canadá suman 24′700.000 km². Casi dos veces y media Europa. De modo que será un mundial elefantístico, incómodo, imposible de seguir. Hoy habrá un partido en Ciudad de México, mañana otro en Vancouver, pasado uno en Nueva York… Ir de México a Vancouver puede demandar unas 11 o 12 horas en total. Sin contar los costos, los visados y demás hierbas. Traspolado a una Copa América, es como si hoy se jugara en Buenos Aires, mañana en Bogotá, pasado en Santiago de Chile, al día siguiente en Caracas, luego en Asunción, el otro juego en Quito…
Esto obligará a que los visitantes se queden en una zona, sigan a su selección y ya. Estados Unidos no es el lugar más indicado para montar un mundial. Por su tremenda extensión territorial, porque, aunque ha evolucionado futbolísticamente, no hay una cultura en tal sentido y porque el espíritu del país no es mostrar una cara amable al visitante, sino que hay un afán primordialmente recaudatorio. Entradas a miles de dólares, parqueos en los estadios a 225 dólares, vuelos entre ciudades a precios exorbitantes, un tren de Nueva York a Nueva Jersey que acerca al estadio fue llevado de 12,90 a 150 dólares. Habitaciones de hotel mínimas a 410 dólares. No es un torneo organizado para exhibir las bondades del país, como casi todos los anteriores, ni promocionar el deporte, sino con un sentido netamente comercial. Sin contar con el temor de que uno pueda ser arrestado o deportado ante cualquier situación confusa.
El mundial le fue adjudicado a Estados Unidos para calmar su ira. En 2010, cuando se decidió la sede de la edición 2022, Catar venció en la elección a Estados Unidos por 14 votos a 8. Al principio causó perplejidad. Un pedacito de arena que entra 845 veces en el país de Washington y por habitantes 185 le había arrebatado el mundial. “¿Cómo fue posible…?“, se preguntaron luego. “Compra de votos”, fue la respuesta. Esto indignó hasta lo más profundo a la Casa Blanca y Barack Obama ordenó en 2011 una profunda investigación al FBI para saber qué había sucedido y quiénes habían votado por Catar, presumiblemente por estar sobornados. Como no se podía establecer la compra de votos, indagaron a los que participaron en la votación. La entonces fiscal general de Estados Unidos, Loretta Lynch, se encargó personalmente del caso y tras meses de pesquisas secretas, el 27 de mayo de 2015, hicieron una gigantesca redada en Zúrich (Suiza) durante un congreso de la FIFA que debía elegir al presidente de la entidad. Fue mundialmente llamado FIFA Gate. Más de cuarenta de los más altos dirigentes del fútbol fueron arrestados, acusados de cohecho, fraude y lavado de dinero. Todos estaban manchados por decenas de millones malhabidos y varios fueron sentenciados por un tribunal de Nueva York. La mayoría de los corruptos era de Sudamérica, donde se había creado el modelo de la estafa. Es el mayor escándalo de corrupción de la historia del fútbol.

La bomba hizo saltar a Joseph Blatter y a Michel Platini, entre otros efectos colaterales. Gianni Infantino, apenas ungido presidente de la FIFA, para aplacar la furia norteamericana (él vive allí) le adjudicó este mundial, que será el más rentable de la historia. Los estadios están, no habrá obras específicas ni inversiones, solo ingresos. El campeonato no lo hace el Estado norteamericano, sino la empresa privada. Lo mismo que en el Mundial de 1994. En junio y julio puede que haga un calor infernal, pero los estadios no estarán refrigerados.
Por primera vez en la historia mundialista no hay comité organizador local. La FIFA se encargará de toda la organización, consciente de la falta de cultura futbolística estadounidense, que podría generar inconvenientes, como pasó en la Copa América 2024 y en el Mundial de Clubes 2025. Recordamos el terrible insuceso que le tocó vivir a Ramón Jesurún, presidente de la Federación Colombiana, vice- de la Conmebol y miembro del consejo ejecutivo de la FIFA. Tras la final de la Copa, Jesurún se disponía a bajar al campo para la entrega de premios con todas sus credenciales en orden; fue impedido de hacerlo simplemente porque la persona que custodiaba la puerta respectiva no sabía, no entendía o creyó que ya habían pasado suficientes y se encerró en no dejarlo pasar. El dirigente colombiano se quejó, discutieron, lo empujaron, cayó al suelo, salió su hijo en defensa y terminaron ambos presos y con traje naranja. Un hombre de 71 años, violentado delante de su esposa, su nuera y sus nietos. Su foto esposado recorrió el mundo. No era un periodista: era el número dos de la organización. Conocemos a Ramón Jesurún, un hombre pacífico. Esas cosas pueden pasar.
El Bank of America proyecta un impacto económico de 30.000 millones de dólares solo en Estados Unidos. Por ahí hay que entenderlo. (O)
