¿Jugará Irán el Mundial…? ¿Viajará a Estados Unidos en pleno conflicto bélico entre ambos países…? Si decide no hacerlo, ¿lo anunciará en las próximas horas…? Porque después ya no habrá tiempo para conseguir una selección suplente y el Mundial quedará chueco, con 47 equipos… Gianni Infantino, titular de FIFA, anunció que sí participará, y desde Washington aseguran que la selección persa será bienvenida en Los Ángeles. Hay una fuerte historia de animosidad entre ambos países.
Hay una historia que contar… En el Congreso de la FIFA en Chicago, dos días antes de comenzar el Mundial 94, João Havelange debió conjurar un alzamiento de África y Asia, que pretendían más derechos y participación. El brasileño, viendo que perdía la presidencia, prometió que, si lo votaban por otro periodo, daría más cupos a esos continentes y se retiraría en 1998. Ellos aceptaron y él cumplió: África, que en 1966 no tenía ninguna plaza directa, pasó a tener cinco (y en 2026 serán nueve). Asia aumentó su participación a 3,5, pero al ganar el repechaje envió cuatro representantes. Y en París asumió la mano derecha del brasileño, el suizo Joseph Blatter. Gobernaría durante 17 años.

Claro que esa generosidad se apoyó, en parte, en una innovación: el Mundial pasó de 24 a 32 equipos en esta ocasión. Fue muy bueno: ocho países más vivían la euforia de estar en el mayor evento universal. Y había una justificación: el fútbol no paraba de crecer. Como siempre, el periodismo mostró su descontento por el cambio. Lo real es que estaba argumentado: aumentaba progresivamente el número de asociaciones. El último de esos 32 clasificados para 1998 fue Irán, que logró una milagrosa clasificación ante Australia en repechaje. Igualaron a 1 en Teherán, en Melbourne perdía 2-0, pero cerca del final logró empatar a dos y se impuso por los goles de visitante. Irán se trepaba al último vagón del tren. Luego, el bolillero hizo diabluras y lo puso en el mismo grupo con Alemania, Yugoslavia y… Estados Unidos. Desde el mismo día que se conoció el resultado del sorteo comenzaron las especulaciones sobre qué pasaría cuando les tocara enfrentarse, partido programado para el 21 de junio en Lyon.
Un encono feroz reinaba entre iraníes y estadounidenses, que venía de más atrás. Ambos países tenían cortadas sus relaciones desde la crisis de los rehenes en 1980. El sha Reza Pahlevi, emperador de Irán, viajó a Estados Unidos a fines de octubre de 1979 para someterse a un tratamiento contra el cáncer y, en su ausencia, una semana después se produjo la revolución islamista que llevó al poder al ayatolá Jamenei. Tras la asunción del nuevo régimen, sus seguidores pidieron a Estados Unidos que devolviera al sha a Irán para ser juzgado (y condenado). Obviamente no recibieron respuesta de la Casa Blanca, cuyo sillón presidencial estaba ocupado por Jimmy Carter. Esto desató la furia iraní. En represalia, una turba estudiantil ingresó en la Embajada norteamericana en Teherán y se llevó a 52 diplomáticos y funcionarios, un suceso gravísimo. Los tuvieron secuestrados 444 días. Estados Unidos exigió la liberación, le fue denegada y estuvieron a un tris de la guerra. El Gobierno norteamericano preparó dos operativos militares para rescatar a los rehenes, aunque al final no se consumaron. Pasaron años y las relaciones nunca se compusieron. Los rehenes recién fueron recuperados el 20 de enero de 1981 tras largas negociaciones. Casi dos décadas después ambos países seguían virtualmente en pie de guerra. Y el azar del sorteo había dispuesto que se enfrentaran.

Se generó un clima de inquietud en la FIFA y en los organizadores franceses del Mundial, el planeta se pegó al televisor para ver un choque de una tensión irrespirable: Irán versus Estados Unidos, que el mundo musulmán había rotulado algo así como “Alá frente al Demonio”. “Se van a matar”, pronosticaban muchos. Está considerado el partido con mayor carga política de la historia mundialista. Hubo muchísima presión sobre jugadores y entrenadores. FIFA temía incidentes políticos, disturbios o provocaciones, por lo que se reforzó la seguridad alrededor del estadio. Según las reglas de la FIFA, el equipo “B” (Irán en este caso) debía acercarse al rival para el saludo inicial, pero el Gobierno persa no quería que sus jugadores caminaran hacia los estadounidenses.
Sin embargo, a la hora del partido todo cambió. Los jugadores iraníes ingresaron con ramos de flores blancas y las obsequiaron a sus colegas norteamericanos. Y enseguida llegó lo mejor: al entrar al campo Irán en segundo término, el entrenador iraní Jalal Talebi recorrió cuarenta metros hasta el banco de Estados Unidos y estrechó la mano de su par estadounidense, Steve Sampson, combinándolo con una sonrisa. El público, sorprendido, aplaudió, los jugadores sonrieron, el clima que resultaba pesadísimo se distendió y luego hubo un partido casi dramático que ganó Irán 2 a 1. Antes de eso, motivados todos por la acción de Talebi, los dos equipos posaron juntos para los fotógrafos: un estadounidense, un iraní, un estadounidense, un iraní… Maravilloso. Talebi, un excentrocampista internacional, vivía, y vive, en California desde 1983. Fue la prenda de unidad. Merecía el Nobel de la Paz.
El público local celebró ruidosamente los goles iraníes y en el centro de prensa cada tanto de los vencedores provocó una explosión de euforia entre los cientos de periodistas que en ese momento trabajaban allí. Era el primer triunfo de Irán en los mundiales, pues tenía una participación anterior, en 1978 y había perdido en sus tres presentaciones. En el país del golfo Pérsico el pueblo iraní se volcó a las calles, eufórico, como tal vez nunca en su historia. Semejante felicidad no se la dio la política, tampoco la religión. Una vez más fue el fútbol. “El fútbol -comentó un arquitecto iraní radicado en París- ha obrado el milagro: nos puso en el mapa del mundo de nuevo”.
La segunda vez que se vieron las caras fue en Catar, volvieron a compartir zona en la primera fase y allí se tomó desquite Estados Unidos: ganó 1 a 0 con gol de Christian Pulisic, jugador del Milan italiano. Y ahora Irán debe llegar a Los Ángeles a jugar sus partidos mundialistas mientras están en guerra.

Lo increíble devino después. Tras aquel choque tan temido en el que se impuso con bravura la selección asiática, victoria que nadie suponía, una muchedumbre de iraníes, enloquecida de emoción, se juntó a festejar en la avenida Champs Elysées, a dos calles del Arco de Triunfo. Tan insospechado había resultado el triunfo que carecían de estandartes o camisetas. Entonces devino lo increíble: llegó un individuo con una maquinita y en medio de la calle se puso a fabricar banderitas de Irán. Ahí mismo les ponía el palito y las vendía. ¡A un franco! Se las sacaban de las manos. En la locura general, se las arrebataban sin palito y sin nada, con la pintura fresca. Muchos daban cinco o diez francos y dejaban el vuelto. ¡Un pandemónium! Varias veces al oportunísimo vendedor se le hizo un emplasto en la máquina y tuvo que detener la producción. Pero ya había escupido unas tres mil banderitas.
Los iraníes se mancharon hasta el rostro y quedaron con las manos engomadas. En tamaño tumulto, habrán terminado exhaustos, borrachos y tirados por las veredas, pero no deben haber sido nunca tan felices. ¡Qué cuadro tan bello! Era la alegría en su estado de máxima pureza, la del hincha. (O)


