El recuerdo de las noches y madrugadas vividas en la regata a remo Guayaquil-Posorja es uno de los tesoros inapreciables que guarda mi memoria en los 67 años que llevo en el deporte. La regata para yolas de cuatro bogas con timonel larga antes o después de la medianoche en plena oscuridad. Se inicia en el río con corriente a favor, pero antes de llegar al faro de Alcatraz las yolas vienen navegando en contra. En los primeros años las yolas de madera y remos de mangle pesaban el doble que las de hoy.

Eran de banco fijo, no tenían el carro movible ni los ‘pateadores’ donde van los pies del remero, cuyas piernas se estiran y encogen para acompañar el ritmo de los brazos. Hoy, los clubes que tienen posibilidades importan remos de grafito muy livianos. Las yolas, especialmente las que importa la Armada, son de aluminio, una gran ventaja frente a las yolas de madera de los clubes sin recursos. La marea en contra dura hasta Puerto Arturo, cerca de los Chupadores, en plena entrada a Los Callejones, cuando los bogas llevan ya más de tres horas de remar.

Los Callejones son los recovecos por donde las yolas buscan la salida al mar, lo que ocurre cuando empieza a clarear. A veces la carrera se decide en estos callejones, pues cada uno de los puntos que se escoge tienen ventajas y desventajas. Todo depende de la pericia del timonel o de los remeros más experimentados. A la salida de Los Callejones, en mar abierto, se divisa, lejos, Puná, y, a veces, las luces de Posorja. A esa altura empieza a notarse el cansancio que se cura con panela, miel de abeja o un carajazo bien rasgado como los que usaba Carlitos Negrón, remero de la yola de LDE en la primera regata en 1940. “Si aflojas te caigo con el remo y te dejo botado aquí mismo”, contaba Pepito Ayala Núñez, compañero de Negrón, a quien respetaban y hasta temían los que se embarcaban con él en las aventuras iniciales a Posorja.

La entrada al otrora gran balneario de los guayaquileños (hoy no queda nada) es otra muestra de pericia y conocimiento de las corrientes. Ay variadas formas y a veces la más corta no es la mejor. Por los años 80 lo demostró ese viejo lobo de mar que era Manuel Game Peña. Ya bastante veterano aceptó ser timonel de la yola de Cleveland, aquel gran equipo que formaba Ranulfo Villavicencio. Fuera de Los Callejones, cerca de Posorja, iba a 500 metros de la embarcación de Infantería a la que se daba por ganadora. Inesperadamente Game dirigió a sus remeros hacia Puná, como si la llegada estuviera en ese punto. Cuando consideró oportuno puso el timón para entrar de frente a Posorja en línea recta.

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Caricatura de River, hecha por la regata Guayaquil-Posorja de 1991. Foto: Archivo

La yola adversario luchaba contra la corriente mientras la de Cleveland volaba con el último aliento de sus remeros. Game llegó primero arrebatándole la victoria a los marinos en los últimos 200 metros de la travesía, mientras una multitud en la orilla estallaba en aplausos. No se conocía la historia de la regata hasta que una investigación de quien escribe rescató la verdad.

La primera regata se corrió en 1940 y fue idea de Rafael Guerrero Valenzuela. La ganó la yola de Athletic Club tripulada por cinco hermanos Game Peña, entre ellos Manuel, gran remero y timonel. En las rústicas yolas de entonces, que más parecían canoas de montaña, los bogas debían remar casi diez horas. Hoy el tiempo empleado va de las seis horas y media hasta las ocho horas de los más retrasados. Es una epopeya de valor y heroísmo y son ganadores todos los que cruzan la meta. Los futbolistas no soportan dos partidos de 90 minutos en una semana, mientras los remeros tiran de los canaletes por horas sin pausas, ni simulación de lesiones ni quema de tiempo. La regata es el último reducto de amateurismo puro. Una faena agotadora por un diploma.

Las condiciones de la competencia no son iguales para todos. Las embarcaciones de aluminio con remos de grafito llevan gran ventaja respecto de las de madera de construcción criolla. Los remeros de la Armada entrenan con comodidad y está bien que sea así. Tienen todos los cuidados y una preparación vigilada por expertos. Los demás son trabajadores, obreros y a veces empleados que, tres meses antes, se levantan en la madrugada para entrenar y luego ir a sus labores. Tal vez algún día el Ministerio del Deporte pueda encontrar algún resquicio legal y recursos para facilitar que los clubes tradicionales del remo puedan obtener yolas que igualen los recursos competitivos.

Tuve la suerte de vivir por medio siglo todos los interiores de la regata, desde la preparación de los remeros hasta las horas anteriores de la prueba. Luego los preparativos en la orilla de Gómez Rendón y la ría y el abordaje del barco, yate o canoa en los cuales viajábamos siguiendo a las yolas. Con mi añorado compadre River (Washington Rivadeneira), siempre dispuesto a cualquier aventura, nos iniciamos acompañando a la yola de Andes, por invitación de Carlos y Vicente Gómez. Después reapareció Liga Deportiva Estudiantil y esa fue la época más maravillosa.

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En yate propio o embarcación alquilada capitaneada por Álex Wiesner y Jacinto Flor fuimos parte de una tripulación inolvidable. A más de Álex y Jacinto navegábamos con Teresa de Wiesner, Anita Wiesner, Álvaro Cañarte, Lenin Peñafiel, Agustín Fuentes, Darío Pesantes, Roberto Frydson, Ismael Sánchez y el incomparable bolerista Walter Cavero, quien no se perdía ninguna regata. Con las provisiones sólidas y líquidas emprendíamos el vieja tras la yola de LDE. En el primer control en Punta de Piedra nos deteníamos a esperar el paso de los remeros. Frente al antiguo fuerte Walter sacaba su aparato de música y empezaba el primer sereno en la voz del mejor bolerista nacional de todos los tiempos.

El siguiente sereno era al pie de faro de Alcatraz, segundo punto de control, y de allí al tercer control en Puerto Arturo. La charla, las bromas, las canciones, el fresco de la madrugada hacían una pintura que vive en la memoria con el destino de aquello que no olvidaremos nunca. Todo terminaba en casa de Candelario Rodríguez, el gran anfitrión de los periodistas, con cervezas bien heladas, discursos, un reportaje en vivo para radio Atalaya que lo hacía Luis Eduardo Rodríguez y un banquete de mariscos preparado por el chef Panchito Crespín y Amalia Espinosa de los Monteros, esposa de Luis Eduardo.

Para mí la regata es un episodio de mi vida que no volverá. El tiempo, los viajes y la muerte diezmaron la tripulación regatera. Los que quedamos seguiremos navegando, pero solo en recuerdos.

“Ah, pero ya finó esa era milagrosa/la realidad de ahora cae como una losa/funeral. Noble tiempo de santa hechicería/cuando nos preguntamos si acaso volverás/el cuervo de este siglo con triste agorería/como el de Edgar responde !Nunca más, nunca más/”. Son versos del querido poeta Pedro Enrique Ribadeneira. (O)