Un muy respetable lector me cuenta que algún “analista”, en una emisora guayaquileña, lanzó una invectiva contra la historia a propósito del deceso de Alfonso Quijano Johnson y de los comentarios de los medios sobre el gran marcador de punta, aludiendo a su participación en la célebre Cortina de Hierro de Barcelona y la selección. “Barcelona tuvo tres o cuatro cortinas de hierro; incluso la del campeón del 2020 fue mejor que la primera”, habría dicho, según me conversan, pese a no haber visto jugar nunca a quienes pasaron a la memoria sin olvidos de quienes sí los vimos en sus instantes de grandeza.

En mis casi 57 años de periodismo siempre me propuse combatir ese prejuicio incurable hacia el pasado que parece sentir la generación actual y hasta algún veterano con pujos modernistas, cuya débil huella desaparecerá apenas el oleaje del tiempo barra lo que ha sembrado en la arena. He luchado y seguiré haciéndolo para que las generaciones que me han sucedido en el tiempo respeten la historia, aprendan sus lecciones y veneren a quienes nos dieron cátedra de clase deportiva e hidalguía. Negar la grandeza de Ramón Unamuno, Alfonso Suárez, Pancho Segura, Carlos Luis Gilbert, Luis Alcívar, Juvenal Sáenz, Víctor Zevallos Mata, Pablo Sandiford, Justo Morán; de los que labraron la idolatría de Barcelona desde 1947, de los tenistas Miguel Olvera, Eduardo Zuleta y de muchos otros actores de hazañas y gestas de antaño no hace mejores ni transforma en celebridad a quienes opinan en nombre de un periodismo discriminador que obra al influjo de un prejuicio de tontos: “Lo que sucedió antes de que yo naciera o entrara al mundo del deporte, no existe. Lo único que vale es lo que he visto”. Jorge Luis Borges, gran escritor argentino, los rebate con mayor autoridad que yo: “Como muchas veces desconocemos el futuro y recordamos mal el pasado, creemos que la única realidad es el presente. Esto no es cierto. El presente está lleno de pasado y de futuro”.

Barcelona tuvo figuras notables en su retaguardia desde que apareció en la primera división en 1926. En el torneo de ese año y en los que siguieron hasta 1930, brillaban dos zagueros firmes y valerosos en el tiempo en que predominaba “el método”, sistema que usaba dos defensores centrales. Ellos eran Guillermo Miñán y Carlos Sangster, símbolo de una familia de deportistas del barrio del Astillero. En los tormentosos años entre 1934 y 1941, en que el futuro ídolo del balompié jugó en las canchas de tierra y piedra anexas al estadio Guayaquil, los que afrontaban las embestidas violentas de los delanteros contrarios eran dos flacos y espigados defensas: Julio Martín Jurado y Jorge Granados. Cuando Barcelona conquistó el título de categoría intermedia de Fedeguayas y retornó a la serie de honor para el torneo de 1942, Jurado y Granados anunciaron su retiro, por lo que Rigoberto Aguirre y Wilfrido Rumbea dieron la titularidad a Luis Jordán Luna y al peruano Juan Borjás, quien, según Rumbea, era trabajador de una de las empresas de la familia Vilaseca.

El viaje definitivo de Bustamante y Quijano acentúa la nostalgia por la Cortina de Hierro. Hoy sus integrantes están en el bronce.

En 1947 los del Astillero aparecieron con un equipo que basaba su poderío en las estrellitas que habían llegado del Panamá SC. Esa temporada formó en el centro de la zaga Julio Rodríguez, a quien apodaban Hungría por la similitud de su juego con el gran Luis Chocolatín Hungría. Al puntero derecho lo marcaba Juan Zambo Benítez y al izquierdo Galo Papa Chola Solís. Un año después llegó del Norteamérica Carlos Pibe Sánchez, uno de los forjadores del fenómeno idolátrico junto con Benítez y Solís. Benítez se marchó en 1952. Se había unido al movimiento sindical y le dieron una beca para estudiar fuera del país. En su remplazo ascendió al equipo titular Luis Niño Jurado, quien había sido campeón juvenil. Un año después Solís se fue a Emelec y fue la gran oportunidad para otro juvenil: Luciano Macías, a quien apodaron Pollo para estar en sintonía con sus compañeros. La defensa estaba integrada por Jurado, Sánchez y Macías. Para la inmensa fanaticada oro y grana eran el Niño, el Pibe y el Pollo. Con ellos ganó Barcelona el título de 1955 y midió victoriosamente a grandes clubes extranjeros. A inicios de junio de 1957 se produjo un suceso que cambió la historia del club. Un fatal traspié ante el poderoso Bangú de Zizinho en el viejo estadio Capwell produjo un remezón en la estructura del ídolo. La prensa y la afición reclamaron una renovación.

Fue el fin de la era de algunas leyendas: Sánchez, Jurado, Enrique Cantos, Jorge Mocho Rodríguez y Sigifredo Chuchuca. Llegaron Miguel Esteves, Rigoberto Aguirre y el inmenso Vicente Lecaro, quien con 17 años deslumbró en el preliminar del partido con Bangú, marcando a Horacio Tanque Romero. Gonzalo Salcedo fue movilizado al centro del ataque y el puesto de Cantos lo dieron a un chiquillo: Julio Verdesoto. El ingreso de Lecaro y la presencia de Macías fueron la semilla de la Cortina de Hierro.

Un poco menos de cinco años duró la famosa defensa de Barcelona y la selección.

En 1962 Barcelona decidió abandonar el criollismo tradicional e incorporar jugadores brasileños. El técnico de esa nacionalidad, Arnaldo da Silva, modernizó el sistema de juego e incorporó una zaga de cuatro jugadores. Ese año arribó desde la selección de Guayaquil a los desaparecidos torneos intercantonales Alfonso Quijano Johnson. Lecaro y Jair Simplicio de Souza formaban la columna central, y en el marcaje de la derecha estaba Macías. Con la llegada del técnico uruguayo José María Chema Rodríguez y el fichaje de Miguel Bustamante nació la Cortina de Hierro. Macías pasó a jugar de cuarto zaguero; Lecaro seguía siendo la columna central, mientras Quijano y Bustamante eran los marcadores de punta. De Barcelona pasaron a la selección que jugó la clasificatoria al Mundial Inglaterra 1966. El desprecio al pasado no podrá desterrar del recuerdo de quienes vivimos esos tiempos de una Tricolor de leyendas: Pablo Ansaldo, Alfredo Bonnard, Quijano, Lecaro, Macías, Bustamante, Jorge Bolaños, Rómulo Gómez, Clímaco Cañarte, Washington Muñoz, Enrique Raymondi y el universalmente famoso Alberto Spencer. Solo intereses perversos a través de arbitrajes manejados desde alturas dirigenciales impidieron que esos jugadores llegaran al Mundial.

Un poco menos de cinco años duró la famosa defensa de Barcelona y la selección. Su vigencia en el imaginario popular es eterna pese a la obcecación y monomanía de alguna gente que usa micrófonos o pantallas para exponer su necedad. En 1971 llegó el uruguayo Édison Saldivia. Macías volvió a su posición de marcador y se formó una retaguardia que llegó a adquirir justificada fama: Quijano (Walter Cárdenas), Lecaro, Saldivia y Macías. Con Cárdenas esa línea consiguió contener al famoso Estudiantes en la épica hazaña de La Plata, que en pocos días cumplirá 50 años. El viaje definitivo de Bustamante y Quijano acentúa la nostalgia por la Cortina de Hierro. Hoy sus integrantes están en el bronce. En el mármol lustroso del amor popular van a durar lo mismo que las esculturas olímpicas de Fidias en la antigua Grecia. Hay que restregar en los oídos de los antagonistas de la historia que “el progreso no consiste en aniquilar hoy el ayer, sino al revés, en conservar aquella esencia del ayer que tuvo la virtud de crear este hoy mejor”, como escribió el español José Ortega y Gasset. (O)