Cuando el juez uzbeko Ravshan Irmatov dio el pitazo inicial, la pelota rodó y se consumó el sueño de todo un continente: el primer Mundial africano. Ochenta años pasaron desde Uruguay 1930 para que África pudiera hospedar el más universal de los eventos.
El África pobre y expoliada, mil veces esclavizada y ninguneada, tenía su fiesta grande, la que todos ansían: la Copa del Mundo. Se la escamotearon en 2006 en favor de Alemania, pero estaban obligados a dársela cuatro años después. Y así fue.
Sudáfrica, el único país con segregación racial institucionalizada -el siniestro apartheid-, lo había logrado en nombre de todo el continente. Y pasó la prueba. Después de tantas dudas y críticas previas (se pensó en cambiar de sede varias veces) ese pueblo hecho de rugby sacó una buena nota en fútbol.
En forma general cumplió con todas las exigencias y salió a flote. Sacó la cara por África más que dignamente.
Pitó Irmatov, comenzó el inaugural Sudáfrica 1 - México 1 y al unísono tronaron decenas de miles de vuvuzelas. Los 84.490 espectadores no podían parar de sonreír (todos sonreíamos).
Entre tanto entusiasmo, muchas lágrimas cayeron. Fuimos felices de estar pisando ese suelo. Felices de su felicidad. Y a uno de esos 84.490 los ojos se le achinaron de emoción: era Nelson Mandela, el líder supremo de la nación, activista por la igualdad de derechos y Premio Nobel de la Paz. Por él la Copa recayó en Sudáfrica.

Aunque fuese por un mes, el fútbol, único idioma universal, hizo una obra redentora en el país del oro y los diamantes, de la cebra y el león, del mar y las montañas: la integración racial.
Dos días antes del debut, cuando el bus descapotado de los Bafana Bafana (la Selección de Sudáfrica) llegó a Mandela Square, miles de blancos celebraron codo a codo con los negros.
“El fútbol les está ayudando a perderse el miedo”, decía Xavi Aldekoa, corresponsal en Johannesburgo del diario La Vanguardia, de Barcelona. “Una amiga mía que no había entrado al Soweto en veinte años se animó a ir a festejar”. Estaban venciendo su desconfianza.
Millones, blancos y negros, vistieron sus casas, sus autos y se enfundaron ellos en los colores amarillo, verde, rojo, negro y azul de la bandera. Todos se sintieron profundamente sudafricanos. Con sorpresa, se vieron hermanados en el sentimiento.
Muy significativo en el país que sufrió la más cruel división racial de que se tenga conocimiento.
Fue el Mundial del África negra, de Mandela y de las vuvuzuelas, la corneta que es un producto nacional allí. Cada persona tenía una y la soplaba. Se generaba un ruido infernal, espantosamente fuerte, como el zumbido de millones de abejas juntas.
Cuando en el primer partido del Grupo H Suiza venció a España 1 a 0 en Durban, nadie se hubiera animado a vaticinar que de allí saldría el campeón. No obstante, aunque en ese Mundial no le sobró, España tenía fútbol.
Venía de ganar la Eurocopa 2008. Y en buen estilo, dirigida por Luis Aragonés, el hombre que cambió la historia de la Selección Española y, con ella, del fútbol mundial.
Desterró para siempre la Furia, basada en el empuje, el ímpetu y lo físico, e implantó el actual estilo de toque y posesión de pelota. “Falleció el padre de la España del tiki-taka”, tituló As en 2014, cuando el adiós a Aragonés.
En verdad, la semilla del cambio fue de Johan Cruyff, pero a nivel de club, en el Barcelona, luego optimizada por Pep Guardiola. Aragonés se retiró, lo sucedió Vicente Del Bosque y España ganó, por fin, un título mundial.
En su humildad, el Bigotón reconoció que fue simplemente un continuador: “Mi mérito fue no haber estropeado todo lo bueno que habían hecho antes Luis Aragonés y Pep Guardiola”.

Tras aquella derrota inicial, la Roja hilvanó seis triunfos consecutivos, los últimos cuatro por apenas 1 a 0. Fue el campeón con menos goles de la historia, sin embargo, estableció superioridad sobre todos sus rivales.
Sufrió horrores en cuartos de final ante Paraguay. Estando 0 a 0 hubo penal para la Albirroja, pateó Tacuara Cardozo, anunciado y al medio, e Iker Casillas rechazó el disparo. Sobre el final, el notable goleador David Villa marcaría el gol ibérico.
Su tarde más lucida fue en semifinal ante Alemania, que venía con paso arrollador tras golear 4-1 a Inglaterra y 4-0 a Argentina. España lo venció 1 a 0 con un cabezazo impresionante de Puyol que era para matar a un caballo.
Y en la final se quedó con la corona tras superar a Holanda la tarde en que Iniesta se ganó el cielo marcando el gol del campeonato en tiempo extra. También la tarde de la histórica patada en el pecho de Nigel de Jong a Xavi Alonso.
Pudo haberle partido media docena de costillas o paralizarle el corazón. Los dos mil millones que miraban por televisión quedaron pasmados, pero el árbitro inglés Howard Webb sólo le mostró amarilla.
Como en 1998 con Francia, en Sudáfrica 2010 hubo campeón nuevo. Era el Barcelona con otra camiseta. Estaban del Barça los tres cracks del medio, Xavi, Busquets e Iniesta, los dos zaguerazos, Puyol y Piqué, y Pedro adelante.
Fueron la base del campeón. Su compañero estrella, Lionel Messi, pasó hambre con una Argentina dirigida pobremente por Diego Maradona.
Todas las veces que Leo tocó la pelota, encantó. Él no tuvo la culpa de Argentina equipo y de Maradona técnico. Brasil y Argentina decepcionaron. Llevaron al Mundial dos transatlánticos, llenos de jugadores espectaculares. No llegaron a puerto.

El equipo ideal del torneo, a nuestro juicio: Casillas (España); Piqué (España), Puyol (España), Fucile (Uruguay); Diego Pérez (Uruguay), Schweinsteiger (Alemania), Thomas Müller (Alemania); Xavi (España), Iniesta (España); Villa (España), Forlán (Uruguay). Ponemos línea de tres porque ningún lateral derecho convenció y porque así incluimos más volantes ofensivos.
Uruguay hizo su mejor Mundial desde México ’70 y quedó cuarto con su célebre tridente de ataque Suárez, Forlán y Cavani. Diego Forlán se llevó el Balón de Oro por una justa razón: jugó siete partidos maravillosamente bien.
Los arbitrajes fueron de malos a peores. Así como el planchazo de De Jong a Xabi Alonso sin expulsión, quedó en la historia el gol insólitamente no concedido a Inglaterra frente a Alemania.
Era el 2 a 2 y estaba en franco ataque la selección de Wayne Rooney. Podía suceder cualquier cosa. Pateó Frank Lampard, la bola entró 80 centímetros en el arco y el línea uruguayo Mauricio Espinosa no lo vio. El juego siguió.
No hubo explicación posible. A raíz de ello la FIFA implementó en 2012 el “ojo de halcón”, la tecnología de línea de gol. Si la bola entra, una alarma suena en el reloj del árbitro. Nunca más hubo problemas con eso.
Fue el Mundial del frío. Por primera vez en 32 años, desde Argentina ’78, la Copa volvió al hemisferio sur y se disputó en invierno. Nadie olvidará nunca el partido Brasil 2 - Corea del Norte 1 en Ellis Park.
No por el juego, sino por los 7 grados bajo cero. Sin embargo, la prensa sudafricana anotó como registro récord la noche de México 2 - Francia 1 en Polokwane con -10,3 grados. Todos los jugadores suplentes tiritaban en el banquillo a pesar de los guantes, gorros y frazadas con que se cubrían.
El fútbol dio otra muestra de su singularidad. Paralizó al mundo: 193 países tomaron parte de esta edición al participar desde la Eliminatoria. Y 214 recibieron las imágenes de los partidos. Las Naciones Unidas estaban compuestas en ese momento por 192 estados. Todo dicho. (O)