París era una de las pocas grandes capitales del mundo sin un estadio de fútbol que hiciera honor a su magnificencia. La organización del Mundial 98 fue la excusa para edificar el majestuoso Stade de France, escenario acorde a la grandeza de una nación que es al mismo tiempo poderosa y exquisita. Tiene la imponencia de la Tour Eiffel y el charme de Champs Elysees. Hasta ese momento, sin duda, el más grande, confortable y hermoso del mundo. El detalle diferente: íntegramente techado, desde afuera semeja a un plato volador.


