Descarriló la flema británica, se fue al pasto. Al demonio con la prolijidad, la imagen, el decoro y el elegante “producto Premier League”. La emoción no tiene nacionalidad. Y no se puede encorsetar. Menos si se trata de fútbol. Pero no le pueden echar la culpa a nadie, ellos lo inventaron. Demarai Gray lanzó un preciso -y precioso- centro desde la derecha, Calvert-Lewin literalmente voló para conectarlo y, de cabeza, mandó la pelota a la red. De perder por 2-0 con el Crystal Palace, el Everton pasaba a ganar 3-2 y el estadio, que ya era una olla a presión desde antes del inicio, virtualmente explotó. Las viejas entrañas de Goodison Park, que están ahí firmes desde 1892, temblaron con el peso, los saltos y la furia de 39.000 enloquecidos, desaforados hinchas azules. Pero aguantaron. No había concluido el partido, faltaban aún cinco minutos y el descuento, sin embargo, presas de un desahogo casi feroz, los aficionados presionaban para saltar el campo y los controles de seguridad de camperas amarillas se vieron desbordados por tanto frenesí. En el griterío y el desbande, algunas docenas de fans se colaron en el campo para ir a abrazar a sus jugadores, una escena inusual en una competencia modélica y glamorosa, cuidada como patrimonio nacional. No obstante, no hubo ni un atisbo de violencia, fue todo alegría. El éxtasis no conoce reglas.

Lo que debía ser un burocrático partido de fin de temporada jugado un jueves laboral para recuperar una fecha atrasada terminó siendo un acontecimiento excepcional, un himno al amor por los colores, un baño de orgullo. “Everton es de Primera y de Primera no se va”, cantaría el pueblo chacaritense.

Hay que explicarlo: Everton, el club más antiguo de Liverpool y fundador de la Liga Inglesa, muestra como un blasón ser el segundo equipo (detrás del Arsenal) con más años continuados en Primera División. Ininterrumpidamente desde 1954. Otros grandes bajaron y subieron después: Liverpool FC (desde 1963), Manchester United (1976), Tottenham (1979), Chelsea (1990) y Manchester City (2002). Están ya un poco borrosos sus años de esplendor, pero habitualmente pendula entre el sexto y el décimo puesto. No nada en abundancia y tampoco pasa necesidades. Sin embargo, dos cambios de técnicos (se fue Ancelotti, asumió Rafa Benítez, lo sacaron y llegó Frank Lampard para salvar el remate), algunas malas decisiones, muchas lesiones y una pila de derrotas lo pusieron al borde del precipicio. Si perdía el jueves quedaba semicondenado a la “B”, como decimos en estos suburbios. Y en la última fecha le toca con Arsenal en Londres. Para peor, a cinco cuadras de allí, el Liverpool FC festeja todo, está a una semana de poder lograr un cuatriplete histórico: Copa de Liga, Copa Inglesa, Premier y Champions. Daba para cortarse las venas.

Richarlison (i) define para uno de los goles del Everton frente al Palace. Foto: AFP

Los hinchas, conscientes de la situación límite, acudieron en masa y dieron un recibimiento de campeones a sus once combatientes. Antorchas azules, banderas, cánticos, todo el atronador repertorio para sacudir el desánimo y templar los pechos. Una atmósfera colosal. Pero todas las cartas seguían viniendo mal barajadas. Un tiro libre de Richarlison con olor a gol pegó en la parte de arriba del travesaño y se fue afuera. Por si faltaba algo, en una falta de costado, el Palace abrió el marcador, golpe que amainó el fervor. Y un rato después, una mala salida del siempre impetuoso arquero Pickford, titular de la Selección de Inglaterra, devino en el segundo gol visitante. Everton 0 - Crystal Palace 2. El fantasma de la “B”, ese escarnio que nos aterroriza a los hinchas bien nacidos, comenzó a sobrevolar el cielo de Goodison Park. Así se fue el primer tiempo, ni ganas de comer un choripán en el descanso.

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Y el segundo comenzó igual, Everton pugnando por un gol, para ver al menos si era posible la quimera de un empate. Empujando, sin esquema ni orden. Hasta que, a los 54, el magnífico zaguero Michael Keane acertó un zurdazo desde dentro del área y alteró la chapa: 1-2. El juego había comenzado con un atildado y ofensivo 3-4-3 del Everton y un 4-3-3 del Palace, pero las tácticas duran hasta que los corazones arden, ahí vuelan por el aire. La ilusión por rescatar al menos un punto enloqueció a la gente -toda del Everton-, el estadio se transformó en un tsunami humano y el Everton fue a la batalla con el alma, a pelear a cuchillo limpio, qué 3-4-3 ni relevos ni transiciones ni líneas de pase. Era ir por el empate o dejar el cuero ahí.

Y llegó el bendito gol. En uno de los tantos entreveros en el área, Richarlison le pegó cruzado de zurda y la pelota entró. ¡Entró, sí…! Un milagro y 2 a 2. El festejo fue alocado, gente grande abrazándose, retorciéndose, algunos trastabillando, rompiéndose las cuerdas vocales por una buena causa: el Everton. Ahí ya el juego se hizo anárquico, salvaje, montaraz, y el espectáculo se tornó volcánico y fascinante, absolutamente extraordinario. Los casacas azules siguieron la ofensiva y al minuto 85 Dios dio una demostración cabal de que es hincha del Everton, vino aquel gol celestial de Calvert-Lewin que puso el 3 a 2 y la locura generalizada.

A once mil doscientos kilómetros de Liverpool, solo, mirándolo en mi computadora, también grité y celebré el gol. Emocionado, llamé a un amigo para preguntarle si lo estaba viendo.

-No, estoy trabajando. ¿Qué hacés un jueves a las cinco de la tarde mirando un partido del Everton…?

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Me frenó. No supe qué decir.

-Lo que pasa es que no estaba haciendo nada, puse la tele y…

Mentí, hice la del cartero, que en el día franco sale a caminar un poco. Pero me gané la lotería. No fue un título de campeón, apenas quedará en la memoria colectiva evertoniana como “el día que nos salvamos del descenso”. Eso sí: nunca olvidarán esa jornada de felicidad y delirio. Los jugadores ayudaron, sin embargo, la figura de la noche fue la gente, la tribuna lo ganó. “El amor por una camiseta no se elige, se contrae, como las enfermedades y el matrimonio”, decía Roberto Fontanarrosa, el genio rosarino. Tal cual. ¿Los ingleses se darán cuenta del jueguito que inventaron…?

El Liverpool puede ganar la Premier esta tarde y la Champions el sábado. Que las gane, el Everton ya está hecho. (O)