En los últimos tiempos el deporte ha sido conmovido por eventos que pusieron en vilo la vida de profesionales del fútbol. Algunos han muerto en plena competencia sin que existan explicaciones científicas de cuáles son las causas que provocaron en deportistas de alta competencia los riesgos y la muerte súbita. Lo que llama la atención es que en meses recientes hemos sabido de tales hechos, que se repiten sin que se conozca qué mismo sucede.

Solo hemos escuchado explicaciones casuísticas individualizadas de los insucesos. Faltan argumentos y razones con que se pueden concatenar todos los casos y así conocer la raíz del problema para que las instituciones que norman disciplinas deportivas tomen decisiones que prevengan estos dolorosos episodios que enlutaron el deporte mundial.

En la Eurocopa 2021 presenciamos cuando el danés Christian Eriksen sufría un paro cardiaco en pleno partido entre Dinamarca y Finlandia. Ante el estupor de los espectadores presentes y los que veíamos por TV esa preocupante situación, entre la confusión reinante de compañeros rivales, apareció un grupo de paramédicos, dirigidos por Morten Boesen, médico oficial de Dinamarca. Por su oportuna gestión de reanimación pudo seguir con vida Eriksen, luego de ser retirado de la cancha.

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Boesen compareció en rueda de prensa y explicó en términos sencillos, para que todos lo entendamos: “Se nos había ido, pero pudimos resucitarlo en el campo. ¿Qué tan cerca estuvimos de perderlo? No lo sé, pero gracias a Dios, lo recuperamos. Llegamos con la desfibrilación en el momento exacto, segundos más tarde, lo hubiéramos perdido”.

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¿Pero qué sucedió con este futbolista sin antecedentes cardíacos y figura en Italia? De acuerdo con los chequeos rutinarios y su hoja de vida no había patologías previas, afirmó su excardiólogo, el inglés Sanjay Sharma. Pasados varios días Eriksen se retiró del fútbol y los médicos siguen sin tener un argumento sólido del porqué el corazón del danés dejó de latir súbitamente. Se reiteran casos similares entre figuras conocidas. No es lejano el día en que el gran portero español Iker Casillas sufrió un infarto; se recuperó, pero debió abandonar su profesión por recomendación médica.

No podemos olvidar el caso reciente del argentino Sergio Agüero, que fichado por el FC Barcelona, debió dejar un partido por una arritmia sufrida mientras jugaba. Recibió asistencia médica inmediata para después de unos días, anunciar su retiro. Estos tres ejemplos son un muestrario de lo drástico de la situación. Al menos Eriksen, Casillas y Agüero viven para contar sus dramáticas experiencias, pero aunque usted no lo crea, cuatro futbolistas han muerto por ataques al corazón en la última semana de Navidad del 2021.

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El croata Marin Cacic, con apenas 23 años, falleció en la clínica donde permaneció en coma inducido, tres días después de desvanecerse en la cancha, en un torneo organizado por el municipio de Gospic. Lo que se conoce es que el jugador le dijo a un compañero que se sentía mal y abandonó el partido. Fue al banquillo de suplentes y de pronto perdió el conocimiento. Cacic fue llevado a un hospital y luego de 72 horas falleció por un infarto.

En estos días navideños el futbolista omaní Mukhaled Al-Raqadi, de 29 años, murió también de un ataque al corazón mientras calentaba para el partido entre los clubes Mucat y Al Suwaiq, en Omán. Sus compañeros comentaron que antes de caer sorpresivamente al césped, el futbolista sonreía y comentaba sobre el partido que debían jugar. Otro caso dramático sucedió luego de un entrenamiento. El portero Ahmed Amin, del equipo egipcio Al-Rabat, se desmayó inesperadamente en el vestuario. Se le asistió rápidamente y fue llevado en ambulancia a una clínica. El esfuerzo fue en vano: falleció en el camino a causa de una falla cardiaca.

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Y si eso no fuera suficiente, hace una semana el futbolista argelino Sofiane Loukar murió en pleno partido en un choque con su arquero, tras ir a un balón aéreo. Loukar de 30 años, cayó al césped. Luego de ser atendido continuó en el partido, pero después de 9 minutos se desmayó. Los intentos de reanimación no alcanzaron y falleció a causa de un paro cardiaco. Revisados sus antecedentes, el doctor del equipo declaró que el historial de Loukar era excelente.

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Ante estos sucesos drásticos, entratándose de deportistas de alto nivel, consulté al doctor Tyrone Flores Pavón, ilustre deportólogo guayaquileño. Me explicó que aquellos casos pueden ser producto de las siguientes causas: anormalidades congénitas cardiacas no descubiertas; o uso de sustancias prohibidas. Sobre el primer punto observa con curiosidad que existiendo técnicas suficientes para descubrir esos males no se lo haya detectado. Hoy los electrocardiogramas no son suficientes, el ecocardiograma debería detectar esas anormalidades congénitas.

El segundo aspecto es preocupante insiste Flores, cuando advierte que jóvenes deportistas usan muchos energizantes y drogas disimuladas que permiten ganar masa muscular y resistencia y terminan siendo una amenaza seria. Su uso y abuso aumentan la frecuencia cardiaca. Lo lamentable es que son de expendio libre. Mientras no hay un análisis completo de los componentes que contienen esos energizantes, la vida de cualquiera está en riesgo.

La FIFA convocó a expertos para analizar los riesgos que la práctica del fútbol puede provocar, no solo por problemas cardiacos. También por las secuelas neurológicas de exjugadores producidas por cabezazos y choques con rivales. Hay una investigación reveladora de la Universidad de Glasgow, que analizó a 7.676 exfutbolistas escoceses nacidos en la década de los 70. Se detectó que el 3 % falleció por enfermedades neurodegenerativas y otros sobreviven tomando medicamentos contra la demencia. El impacto del balón es determinante y produce una especie de energía en los huesos del cerebro que se exteriorizan en la velocidad del balón, pero también generan energía de reversa interna y puede causar desconexión de neuronas, señala la doctora chilena Verónica Olavarría, que estudia estos casos.

El francés Arsene Wenger (jefe de Desarrollo Global de la FIFA) informó que se analizan los efectos de cabezazos, los traumas y microtraumas cerebrales, no solo en partidos, sino en entrenamientos. Se podrían crear reglas que protejan el juego de cabeza. Sobre las muertes súbitas, ya tienen adelantado un protocolo de prevención y seguimiento obligatorio. Mientras, en el fútbol, los riesgos de una muerte silenciosa suman víctimas y lo único que escuchamos son lamentos y pesares. Todo aquello es momentáneo y nada más, hasta que se presente una nueva víctima de muerte súbita. (O)