Corea-Japón 2002. Así se denominó el primer Mundial compartido entre dos países anfitriones. Una locura, sin embargo, la eficiencia, la responsabilidad y el sentido de organización asiáticos compusieron un torneo fantástico. Nada descarriló. Fue más eufórico el público coreano, seguramente por su inédito arribo a semifinales, muy ayudado por los arbitrajes, eso sí. Joseph Blatter, presidente de la FIFA, le había prometido el Mundial a Japón varios años antes, y la patria de Hiroito se lanzó a construir grandes estadios, pero, a medida que se fue acercando la elección de la sede, Blatter se percató de que la mayoría del comité ejecutivo estaba volcada hacia Corea del Sur, el otro postulante. Ya casi con la votación encima y viéndose claramente derrotado, el suizo debió casi implorarle al Dr. Chung Mong-joon, presidente de la asociación coreana y dueño de la Hyundai, que aceptara compartir el Mundial.

Otra curiosidad de esta Copa asiática: muy pocos visitantes extranjeros. Y allí era fácil advertirlo por una cuestión racial. Todo fue dispuesto magníficamente. Estadios, las salas de prensa, las comunicaciones, transporte, hotelería, centros de entrenamiento. El ítem más flojo era de nueve puntos. Faltó uno solo: el calor popular.

Las dos superpotencias futbolísticas se encontraron por primera y única vez en la final. Alemania llegaba por séptima vez a una definición, Brasil por sexta (y última). Alemania alcanzó el juego definitorio con un equipo menos que discreto, pleno de nombres olvidables. Acaso su única figura el arquero Oliver Khan. Pero en el juego no fue menos que Brasil, aunque los goles fueron del otro bando. Así es este juego.

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Brasil alineó a Marcos; Cafú, Roque Junior, Lucio, Edmilson y Roberto Carlos; dos volantes de marca como Gilberto Silva y Kleberson, muy eficientes ambos; dos creadores, Rivaldo y Ronaldinho (85′ Juninho Paulista) y Ronaldo Fenómeno (90′ Denilson) solo arriba.

Luiz Felipe Scolari, gaúcho y por tanto muy cercano futbolísticamente a la mentalidad rioplatense, plantó una línea de cinco atrás, quizás por primera vez en la historia de la Verdeamarilla, para cuidarle la casamata a Marcos, el notable goleiro de Palmeiras que resultó clave en la obtención del título. Igual, era de esperar que los dos laterales se desprendieran en ataque permanentemente, algo que no ocurrió porque Alemania dominó buena parte del tiempo y obligó a defender. Felipão no le dio ni un minuto a Kaká. No era partido para arriesgar nada. Solo hizo dos cambios y cuando el partido estaba cerrado.

Rudi Völler, técnico alemán, dispuso a Khan; Frings, Linke, Ramelow, Metzelder y Bode (también cinco en el fondo); Hamann, Jeremies y Schneider; Oliver Neuville y Miroslav Klose. Muy llamativo: el DT dejó en el banco a Michael Ballack, por entonces un figurón del fútbol teutón.

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Nombre por nombre las diferencias parecen abismales a favor de los sudamericanos, en el juego no fue así. Fue un trámite verdaderamente extraño. Las estadísticas hablan de un 59 % de posesión de Alemania, que pareció tener siempre la pelota.

Lo indiscutible es que, pese a ello, la Seleção generó 7 situaciones claras de gol (entre ellas ambas conquistas). El resultado final -Brasil 2, Alemania 0- no solo fue merecido, marca las diferencias entre un equipo que supo llegar y concretar y otro que careció de luces para abrir brechas y perforar la red.

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Lo increíble, que dejó perplejo a los hinchas del mundo, es que la FIFA otorgó el Balón de Oro del Mundial a Oliver Khan, quien tuvo una falla en el primer gol y una acción poco feliz en el segundo. Nadie entendía. Sin embargo, cabe acotar que votaron los periodistas presentes en el estadio. El error de la FIFA fue pasar el papelito para que lo llenen al término del primer tiempo. Y los dos goles llegaron en el segundo.

Enfrente, parece contradictorio decirlo, Ronaldo salvó su noche con los dos goles, había jugado verdaderamente mal, perdiendo tres situaciones inmejorables, solo ante Khan. Pero al menos se tomó desquite de su aciaga final de cuatro años antes. Había brillado en los partidos anteriores, no en la final. Como que le pesó el recuerdo de Francia 98.

En cambio, Ronaldinho fue Ronaldinho en esplendor, pícaro, hábil, abrelatas, decisivo. Dinho compite en el rubro Jugador del Partido con Kleberson, 23 años en ese momento, volante derecho del Atlético Paranaense, que se jugó todo. Tremendo ida y vuelta, criterio, llegada, metió un tiro en el travesaño, se le escapó un gol por centímetros, dio el pase para el segundo tanto de Ronaldo, tuvo miedo escénico cero. Enorme descubrimiento de Felipão. Había estado en el banco en los primeros cuatro juegos, ingresó frente a Inglaterra y terminó siendo factor importante en el pentacampeonato de Brasil.

El quinto título llegó con un récord que nadie ha podido alcanzar hasta hoy: es el único campeón que ganó los 7 cotejos disputados.

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En 1970 Brasil también había triunfado en todos sus compromisos, pero fueron seis, porque jugaban menos equipos. En México 70 participaban 16 selecciones, en Corea y Japón ya eran 32.

Como crítica: recibió ayudas arbitrales desagradables en los dos enfrentamientos ante Turquía y, sobre todo, frente a Bélgica, al que le anularon bochornosamente un gol cuando estaban 0 a 0 y con Bélgica mandando en el juego. Alemania y Brasil son dos selecciones que nunca en la historia de los Mundiales han sufrido siquiera un lateral en contra mal sancionado. Siempre todo lisito. Pero, como acuñó Américo Barrios, maestro de periodistas argentinos, “al campeón no se lo discute”. Y menos a este Brasil contundente. (O)