No se escandalice por el título. No siento rencor alguno hacia Chile ni hacia los chilenos. Tengo muy buenos amigos aquí y allá y los gané en el deporte y en el periodismo. Tengo gratos recuerdos de mis estancias que empezaron en 1972 y 1975 en los Sudamericanos de Natación. En 1995 estuve en Santiago con ocasión del Congreso de la Federación de Periodistas Deportivos de América (entidad de la que fui director), y en 2019 regresé a la capital chilena a otro Sudamericano de Natación.

Fue muy placentero reencontrar a Freddy Ramos, vecino de los bloques del IESS hace muchos años, y recibir exquisitas atenciones en su hogar; ver obtener una medalla a mi nieto Ricky, ser incorporado a la Orden de los Caballeros de la Natación Sudamericana y reunirme otra vez con mis queridos compatriotas y amigos Nannin Chang y Conchita de Chang, quienes viven hace dos décadas en Santiago centro. Por si algo faltara, me une una férrea amistad con el juglar, poeta, músico y pintor chileno Milciades Gutiérrez, con quien he compartido hermosas jornadas bohemias.

Vivo intensamente el deporte desde muy temprano porque tuve una niñez normal. Jugué pelota callejera; a los 13 años me hice nadador e intenté ser beisbolista. Sigo nadando hasta hoy y las piscinas del Vicente Rocafuerte y la Olímpica fueron escuela de un sano amor al deporte como un vehículo de fraternidad y afecto. Inculcaron este espíritu de camaradería y hermandad los dirigentes que tuve cuando era un nadador juvenil: Eduardo Aguirre Avilés y Pedro Iglesias Caamaño. Igual lo hizo el único entrenador que tuve: Gastón Thoret. Fui dirigente muy joven al lado de Andrés Vasconcellos, Alberto Vallarino, Pepe Bejarano, Ricardo Murrieta, César Barrezueta, Lucho Rivadeneira y Eduardo Carbo. En LDE me formaron Miguel Roque Salcedo, Manuel Palacios Offner, Elí Barreiro, Carlos Luis y Abel Gilbert, Carlos Negrón y muchos otros maestros de vida que hoy escasean en los clubes. Este largo preámbulo justifica el título. Antes de decidirme a ponerlo consulté el diccionario de la Real Academia de la Lengua y puse Venganza. El significado de la palabra es: “Satisfacción que se toma del agravio o daño recibidos”. No es nada odioso ni insultante. Cada vez que me ha tocado ver un encuentro de nuestra Selección ante los chilenos, ha venido a mi memoria el triste episodio de nuestra injusta eliminación de la Copa del Mundo Inglaterra 1966.

Selección de Ecuador: al pan, pan, y al vino, vino

Mucho se ha hablado, a través de los años, de lo que fue una cruel conspiración contra Ecuador en la que participaron la Conmebol, dirigentes del fútbol de Chile y tres árbitros que cargaron toda su vida el estigma de haber obedecido a quienes tramaron nuestra eliminación. Tengo la firme convicción de que la de 1965 es la mejor selección que hemos podido juntar. No estoy dispuesto a polemizar con imberbes fanáticos o improvisados periodistas que nunca vieron a Pablo Ansaldo, Vicente Lecaro, Luciano Macías, Clímaco Cañarte, Jorge Bolaños, Washington Muñoz o Alberto Spencer. Todos ellos están en la leyenda. Puedo hablar, concordar o discrepar con quienes los vieron en las canchas y con los que vivieron, como yo, desde las graderías esa jornada dramática del 15 de agosto de 1965 en el estadio Modelo. Solo nos bastaba ganar a Chile para lograr un sitio en Inglaterra.

En aquellos años se colocaba a los países por grupos de tres. El que perdía el primer partido estaba casi eliminado. Hoy se juegan 18 partidos y siempre quedan muchas opciones para recuperarse. Ecuador venció a Colombia de visita y como local. Nos tocaba con Chile, en el Modelo. Los araucanos ostentaban un tercer lugar en el Mundial jugado en su tierra. Nosotros carecíamos de pergaminos. Éramos conocidos en todo el planeta porque Spencer era ecuatoriano y su celebridad había traspuesto todas las fronteras. Para las autoridades del balompié mundial no era negocio que Ecuador deje afuera a Chile. Y allí entró a tallar la perversidad de la designación de árbitros con pitos negociables y las maniobras arteras de los dirigentes chilenos.Ecuador empezó ganando con gol de Spencer. Minutos después, cuando se barría para neutralizar un disparo de Tito Fouilloux, arremetió con una carga salvaje el delantero Carlos Campos y con puntapié aleve le fracturó tres costillas al arquero Ansaldo y le provocó un neumotórax (colapso pulmonar).

Todos esperábamos que el juez Eunapio de Queiroz, brasileño, expulsara a Campos, pero este ordenó seguir el juego. Ansaldo no podía moverse, no presentaba ninguna resistencia a los ataques contrarios. Chile consiguió dos goles, uno de ellos de Campos, pero Enrique Raymondi igualó a los 85. Nadie dudó de que el árbitro había sido sobornado. Jugando sin arquero (no había cambios en esa época) Ecuador consiguió un empate.

Ecuador, en la escalerilla del avión

En medio de la indignación popular fuimos a Chile para jugar el partido de vuelta en el Estadio Nacional de Santiago. Nos tocó esa vez otro réferi cuyo nombre es símbolo de vergüenza: el uruguayo José María Codesal. A los 10 minutos fue el único en ver una falta de Felipe Mina en una jugada intrascendente y sancionó penal entre la protesta de los tricolores. Lo peor ocurrió cuando Tito Larrea envió un disparo venenoso que venció al arquero Astorga. El balón ingresó al menos un metro a la valla roja de donde lo rechazó el zaguero González. El Diario Ilustrado, de Chile, publicó la foto reveladora de la conducta arbitral. Nuestra revista Estadio, número 52, también la mostró. Codesal fue criticado por el propio periodismo chileno y alegó que no vio la jugada porque estaba de espaldas. Todo terminó cuando en un partido extra en Lima, con el golero Helinho, en un solo pie desde los 8 minutos y con expulsión de Spencer, perdimos toda opción de llegar a Inglaterra.

Tras nueve derrotas y dos empates por eliminatorias en Santiago al fin pudimos cobrar algo de la deuda moral que el fútbol de Chile tenía con el nuestro. Las alegaciones de magia negra y mala suerte no tienen ninguna importancia. Ecuador fue superior a un equipo endiosado por el periodismo y que careció de fuerza para reponerse de la expulsión del violento Arturo Vidal, siempre protegido en esta eliminatoria. Años de cárcel merecía, no solo tarjeta roja. La victoria 2-0 del pasado martes trae alivio y es un sedante para los que vivimos aquellas tenebrosas jornadas de 1965. Nunca olvidaremos la vergüenza de aquella maquinación fraguada por dirigentes chilenos y tres árbitros que dejaron en la historia una huella de corrupción.

Estamos a un paso de clasificar a Catar. Solo nos falta saber a qué vamos a esa gran fiesta del fútbol. No sea que nos pase lo del 2002 y salga un ocurrido a decir que vamos a aprender, y tire a la Selección para atrás como hizo el tristemente célebre Bolillo Gómez ante Italia y México. Yo estuve allí, no me lo contaron. (O)