Por Jorge Barraza (jbarraza@uolsinectis.com.ar)
¡Qué dolor perder así, Ecuador...! ¡Qué rabia...! Una falla individual (y monumental) desmoronó el trabajo de todo el partido, de todo el equipo. Caer en un debut mundialista hace trizas las ilusiones; si además sucede en el minuto 93 y ante un rival apenas correcto como esta Suiza... ¡Y cuando estaba para definirlo a favor...! Cuántas circunstancias le echan sal a la herida...
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A ver, pongámoslo en presente... Antonio Valencia, de discretísima labor, inadvertido casi en el juego, elabora su mejor acción en ese fatídico minuto 93. Encuentra el callejón derecho, se manda a fondo, levanta la cabeza y ve entrando libre a Michael Arroyo. Se la pasa justo al pie; Arroyo tiene el arco de frente, para pegarle de primera y decretar el triunfo, en cambio duda, amaga, amaga, amaga... no remata y el serbio-kosovar Valon Berhami, con notable resolución, le traba desde el suelo, le roba la pelota mientras Arroyo se queda lamentando, se levanta e inicia un contraataque postrero de Suiza que toma a todo Ecuador desacomodado, yendo hacia adelante. Y pasa lo peor, lo inimaginable: gol de Suiza, un zurdazo al mentón que manda a la lona a la selección Tricolor cuando, al menos, tenía un punto en la mochila.
Nadie fue capaz de abortar el ataque relojero, que fue del centro a la derecha y luego a la izquierda, centro al primer palo, aparición de Safarovic que anticipa a Erazo y la incrusta arriba. Los hinchas ecuatorianos se tomaban la cabeza o se tapaban la cara con las manos en gráfica expresión. Ese gol derrumbaba el edificio de la esperanza. Ecuador llega con lo justo a este Mundial, no le sobran jugadores (el banco no es un estante atractivo para elegir), carece de estrellas, depende de la eficiencia colectiva, del correcto funcionamiento de cada pieza en la maquinaria. Una falla en un engranaje, sobre todo tan grosera, se paga a precio de oro.
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Aún se escuchan ácidas quejas hacia el entrenador, como si tuviese entre manos un plantel maravilloso al que no sabe aprovechar. No es tal.
Sin el menor ánimo de caerle a Arroyo, buen elemento al que nos agradó verlo nominado entre los 23, su error es triple: primero desperdicia la ocasión de hacer gol, luego se queda parado, desentendiéndose de la jugada, y por último olvida un concepto importante del fútbol: los avances hay que terminarlos. Que salga desviado el remate, pero que el rival tenga que sacar del arco. Eso impide el contraataque y permite al equipo reacomodarse.
Antes de esa jugada desgraciada hubo un encuentro parejo. Correcto Ecuador en su funcionamiento, atento, seguro. Un tanto apagado Montero, careció de creatividad en tres cuartos de cancha. No había quién pusiera un pase con ventaja para ese proyecto de crack que es Enner Valencia, despierto, veloz, picante, siempre cerca del gol. Fue de lejos el valor sobresaliente del equipo. Vivo para ganar en el área y marcar el gol ante el insólito descuido de la defensa helvética, que dejó totalmente sin marca a tres ecuatorianos. (Y el arquero, que en lugar de salir se metió dentro del arco).
Del resto, Domínguez es co-responsable del primer gol adversario. Estaba al lado de Mehmedi, pero cuando vino el centro, en lugar de ir a buscarlo y rechazar con los puños, se corre hacia atrás y permite que le cabeceen; dentro del área chica. No admisible en un hombre de 1,96 como él. Si no sale en esa pelota, ¿cuándo sale...? Otro al que cabe culpa en ese primer gol es Gruezo, que se quedó parado mirando cómo el macedonio Mehmedi se elevaba apenas para cabecear. Se sintió enormemente la ausencia de Castillo, un pistón, una cuota de marca, de fuerza, de presencia animica importante en este equipo. Y que tiene su cuotita de gol.
La zaga, pese a todas las dudas que acarreaba, cumplió. Paredes, el mejor después de Enner, firme y con vocación de ataque. Noboa, siempre inteligente, útil. Ayoví, Felipe Caicedo y Valencia, instrascendentes.
Pese al equilibrio de fuerzas de ambos, es justo resaltar que el primer período fue nivelado, en cambio en el segundo lució mejor Suiza. Tiene el mérito de haber buscado un poco más la victoria. Y de haber marcado un gol más. Los números lo reflejan: tuvo 57% de posesión de balón frente a 43% de Ecuador, predominó en los tiros al arco (12 a 6) y en los córners (8 a 5). Iba a ser el primer empate de este magnífico Mundial. Berhami no quiso. Por eso su acción del final, fue la figura de la tarde.
Igual, Suiza es normalito, discreto, no le sobra ni clase ni imaginación, era un partido que se podía ganar o, mínimo, empatar. Por eso, al pensar en el rival, el dolor de la derrota aumenta. Entre ambos compusieron el juego menos atractivo de que se lleva jugado. Y más fastidio da después de ver que Francia tampoco es la octava maravilla. Es un grupo súperaccesible. Nada está perdido, pero ahora hay que remar de atrás y con viento en contra.
Dos reflexiones al margen: 1) nos da la impresión de que los europeos hacen más con menos. Los latinoamericanos, a la inversa. Ellos se adaptan mejor al marco mundialista. 2) FIFA debería revisar una vez más la norma que permite a las selecciones alistar jugadores extranjeros, endurecerla. No está bien que Francia fuera campeón en 1998 con gran porcentaje de futbolistas no nacidos en su país. Esta Suiza está plagada de jugadores extranjeros, sobre todo bosnios, macedonios y kosovares; Djourou es de Costa de Marfil, Gelson Fernandes, de Cabo Verde. Hay que reducir estos casos. En este Mundial hay decenas de nacionalizados que, sin duda, son “refuerzos” para varias selecciones. Gabriel Paletta fue campeón mundial Sub-20 con Argentina y ahora disputa esta copa para Italia. No debería ser el espíritu. Si esto comienza a generalizarse, un día va a aparecer una selección árabe con 6 brasileños y 5 argentinos. Y será competitiva.