La actuación de Ecuador en el reciente empate a 1 frente a Marruecos admite —como casi todo en el fútbol contemporáneo— dos lecturas diametralmente opuestas. Por un lado, está la mirada sobria, rigurosa y despojada de toda tentación complaciente; aquella que intenta describir lo ocurrido sin maquillajes ni consignas. Por otro, se encuentra el relato exuberante, hipertrofiado y casi delirante que se ha instalado como discurso dominante en buena parte de las transmisiones locales, donde el análisis ha sido sustituido por una suerte de épica de utilería.