Cuando el 2 de diciembre de 2010 Joseph Blatter extrajo de un sobre una tarjeta blanca, la miró y dijo: “Para organizar el Mundial 2022 el elegido es… Catar”, una ola de asombro y estupor recorrió los caminos del fútbol. El minúsculo emirato sin tradición futbolera, lejano a los centros del poder y de 2,6 millones de habitantes se comprometía a acometer la gigantesca empresa que significa el mayor evento contemporáneo. ¿Podría…? La perplejidad aumentaba porque había vencido en la puja a Estados Uidos. Por territorio, Catar entra 845 veces en el país de Washington, y por población, 185. ¿Qué había pasado…? “Compra de votos”, se dijo. Su única ventaja era que tenía doce años por delante para montar el torneo con todos sus resortes colaterales. En todo ese tiempo intentaron quitarle la designación por diversas causas, pero los supuestos arreglos en la elección no pudieron comprobarse (tampoco los de Alemania 2006), el tiempo fue pasando, las obras cataríes avanzando a buen ritmo y, con el mundial a la vista, ya no hubo cómo voltearlo: Catar 2022 se hizo realidad.


