La violencia es una consecuencia de la sociedad. De su descomposición. De la degradación del ser humano. De la influencia de los medios de comunicación –donde los villanos ahora son héroes con papeles protagónicos en telenovelas importadas y las de factura criolla–.
Ayer, la tranquila ciudad de los cuatro ríos amaneció con una noticia cada vez más frecuente: una muerte violenta. Ocurrió en San José de Barabón, una hermosa campiña al occidente de Cuenca, junto al río Yanuncay.
Lo que un morador del lugar pensó era basura en llamas, lo descubrió luego como una pira en la que ardía el cuerpo de una mujer. Unos 30 años de edad y cerca del 90% de su cuerpo consumido por el fuego. Estaba maniatada y silenciada con cinta de embalaje en la boca.
Los voceros gubernamentales ya se adelantaron a concluir que se trata de otro “caso aislado”. Y la verdad es que no se trata de andar vinculando casos para intranquilizarnos, o el que aislarlos entre ellos nos haga sentir más seguros.
Tan solo 24 horas antes de este hallazgo, Manuel Jesús Vizñay Moreno recibió un disparo en la cabeza y murió de contado en un bosque, al este de la ciudad. Otro “caso aislado” al que los mismos voceros se apuraron a responsabilizarlo de su propia muerte: “no debía estar en esos lugares tan peligrosos”.
Tan solo en el mes de festejos fundacionales para Cuenca, las muertes violentas sumaron cinco. A Julio Iglesias Girao, cubano, lo encontraron el 15 de abril, en partes: lo habían mutilado con una sierra eléctrica y luego embaulado. El 17 de enero anterior apareció, sin vida, Carmen Paredes Cabrera, junto al río Yanuncay. Dos casos más ubicados forzosamente en un “estado de aislamiento”.
La lista de “casos aislados” se completa con las muertes, también violentas, de Verónica Estefanía Quituisaca Bonete (disparo en la cabeza); Édison Oswaldo Briones Chávez, (dos disparos); Johanna Verdugo Sanango; Francisco Napa Dueñas (apuñalado); Walter Patricio Morales Buestán (muerto a patadas); la niña Paulina A. cuyo cuerpo apareció inmisericordemente abandonado en una quebrada; Ángel Polibio Ucho Barbecho (apuñalado).
Sí, estimado lector, estamos hablando de la “Atenas del Ecuador”, de la ciudad de los cuatro ríos, donde un simple ejercicio de sacar del aislamiento a los últimos 11 crímenes violentos de estos primeros cuatro meses del año, nos pone a temblar la voluntad.
Por eso hay que señalar que la violencia es una consecuencia de la sociedad, de su descomposición, de la degradación del ser humano y de la influencia de los medios de comunicación, donde los villanos ahora son héroes con papeles protagónicos en telenovelas importadas y las de factura criolla. Por la cual nos acostumbramos a que la violencia es un tema cotidiano, y perdemos la sensibilidad y la capacidad de sorprendernos e indignarnos.
Debo entender que la intención de los voceros es aplacar ese estado de inseguridad ciudadana con no sé qué intenciones. Lo que no comparto es que ante la contundencia de los hechos, se piense que aislarlos es la mejor respuesta.
Once muertes extremadamente violentas en lo que va del año necesitan acciones certeras –sin que esto signifique culpabilidades– que nos devuelvan la confianza.









