Convencido de la influencia que genera en su vida la energía, el artista visual Pedro Herrera Ordóñez se abrió camino internacional con una gama de obras que sus manos labran. Él trabaja en cerámica, fotografía y pintura sobre óleo y todo lo que su mente cree lo moldea sin dificultad. Su taller, desde hace 35 años, está ubicado en un modesto edificio del sector de Santa Prisca, ingreso norte al centro histórico, un barrio tradicional de Quito, aunque en dos años migrará hacia Imbabura, a una zona rocosa. Es, además, coautor del libro Deseábulos. Recientemente realizó una exposición en el Centro Cultural en San Pedro, California, un centro “lleno de artistas”.

¿Cómo fueron sus inicios?

Pienso que vine con lo que hago. Casi no he cambiado. Siempre he estado haciendo algo parecido en la literatura, la fotografía o la pintura. Pero mi exposición empezó en Nueva York, con obras de surrealismo, desde entonces todos los años he tenido un compromiso allá, desde 1983.

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Entonces lleva 30 años en el arte.

Toda la vida (señala en la pared un cuadro). Lo hice en la escuela y lo recuperé porque me gusta demasiado. Pero en la parte creativa siempre he estado. Estudié Comunicación Social, aunque me había matriculado en la Facultad de Artes, pero mis padres pensaron que eso no me permitiría vivir. También me matriculé en el conservatorio y siempre en lo que pensé que me gustaba.

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¿En el arte ayuda haber estudiado comunicación?

El arte es una forma de comunicar y entonces se aplica algo de la comunicación, en el contenido del mensaje. Estructurar tu relato visual es como hacer uno literario, es una técnica de comunicación.

¿Cuál ha sido el mejor trabajo realizado?

Estuve en Segovia y Madrid hace dos años y Aute (el cantautor español) habló bien de mi obra. La comparó con la de (Salvador) Dalí o Magritte, que es importante. Mi obra, en sí, tiene una cierta vibración.

¿Cuál es esa vibración?

Me voy desde el concepto de la sinestesia, que es la trastocación de un sentido por otro, y la música (que la programo mínimo cuatro días) con la cual empiezo a entrar en la obra; o sea, lo que estoy oyendo lo estoy graficando con color. Por ejemplo, el do (musical) sería el rojo; es mi percepción.

¿Qué plantea su obra?

Mi género es el surrealismo, es decir, otra forma de ver el mundo. Ahí está trabajando el inconsciente. Todos los hacedores del género refuerzan o se fundamentan en los sueños.

¿Con eso qué busca transmitir?

Ese otro espacio que tú te olvidas: el sueño, que es tan fundamental para vivir porque si no sueñas terminarías siendo una persona loca. No soportarías el siguiente día. En el sueño se descarga todo lo acumulado en el día y a eso nadie le para balón. Eso para mí es un espacio demasiado importante e interesante; es más magnífico.

Las exposiciones implican gastos, ¿quién lo ayuda a solventarlos?

La galería en la que estoy solventa eso; paga pasajes, estadía, comercializa la obra.

¿Cómo logra vender su arte?

La competencia es increíble. Existen miles de miles de pintores que llegan a Nueva York, Los Ángeles y abrirse espacio es... pero si tu trabajo está garantizado... El pintor tiene que estar ahí porque los coleccionistas quieren conocerte, pero una vez hecha la inauguración ya puedes irte a otro lado.

¿Cuán importante es sentir que existen buenas vibras en donde se va a trabajar?

Para que puedas sincronizar y armonizar siempre tengo agua y una vela; eso nunca me debe faltar. Si no existe armonía, no puedo trabajar. No puedo estar en Los Ángeles, Canadá, Colombia o España, debo llegar a Ecuador para trabajar y solo en este sector (Santa Prisca).