La olla de barro de mi abuela, donde ella cocinaba el arroz, no producía, al fondo, el tan apetecido cocolón; no conozco la razón para que esto sucediera o quizá mi memoria no guarda registro culinario alguno. Mi hermana mayor me cuenta que, en ese entonces, cuando el arroz estaba cocinado se lo escurría y añadía manteca de chancho para el sabor; esto, quizá, impedía la formación de ese arroz tostado tan delicioso. Pero esta columna no es un libro de cocina, yo tampoco un experto en la materia. Lo que quiero significar con esta descripción es que para llegar al cocolón hay que vaciar la olla y rasparla al final, porque no se lo encuentra sino en el fondo, muy adherido al recipiente que lo contiene.
Quiero servirme de la metáfora del cocolón para encontrar analogías muy cercanas a nuestras vidas. Lo superficial nos habla de aquello que está hacia fuera, del cascarón, de lo que cubre, de la superficie visible. Quien no pasa más allá de la realidad-superficie jamás llegará a entender aquello que se esconde en el interior de un objeto, de una persona, de un proyecto. Es menester bucear en la profundidad del alma humana para llegar a entendernos y desde esta comprensión entender también a los demás.
Los gobiernos están integrados por personas, con todas las falencias y excelsitudes de los humanos. Quienes dirigen un país, por regla general, no se creen dioses, semidioses ni emperadores. Muy a pesar del juicio que cada uno de ellos tenga de sí mismo, sabemos que son de carne y hueso; que en el ejercicio del poder, cuando lo entienden como servicio, alcanzan a destacarse y no pocas veces merecen loas y aplausos por su labor; quienes construyen un falso pedestal caen de bruces o son pisoteados por circunstancias originadas en acciones que no debieron estar presentes en personajes electos para construir una nación.
La presencia de Lenín Moreno en el Gobierno, como vicepresidente, es causa de sana complacencia de moros y cristianos. Desde una silla de ruedas ha podido elevarse a un sitial muy alto, catapultado, sin lugar a dudas, por un ideal: entregar a quienes nada tienen y de manera especial a quienes perdieron las ganas de vivir, por situaciones precarias de salud, de diverso orden, una dosis alta de esperanza y optimismo junto con la ayuda pronta, urgente y solícita de aquello que en parte puede cambiar una visión de futuro e inyectar alegría en hogares abandonados a su suerte. Lenin Moreno convirtió su postración física en emblema de lucha; hizo de su alegría y buen genio un ejemplo para muchos; sus labios jamás ofendieron a sus compatriotas, sirvieron para unir, jamás dividir. Él sabe que “los gritos no educan, ensordecen el corazón, cierran el pensamiento, destruyen el respeto, nos vuelven violentos. Los gritos solo entorpecen la paz” (DRBB).
El cocolón del actual Gobierno está en programas creados para hacer realidad el buen vivir entre los marginados de nuestra sociedad.
“La Puntilla de Santa Elena es una joya que debe brillar”.









