ARGENTINA |
No juego al fútbol desde que me lo prohibió mi psicóloga hace muchísimos años. Creo que me afectaba además una glándula, pero no recuerdo cuál. Cuando organizaban los partidos, mis amigos futboleros (en la Argentina son casi todos) me elegían siempre el último después de sortear los turnos al pan y queso. Después, me cambiaban de equipo en mitad del partido y decían que era para balancear fuerzas: los que perdían pedían un jugador a los que ganaban y ahí iba yo como un desecho, así que me pasaban del ganador al perdedor cuando ya me había encariñado con mi equipo. Otras veces me mandaban al arco, a ver si hacía algo con las manos, ya que era evidente que no tenía ninguna habilidad con las piernas. Nunca entendí por qué era una obligación jugar al fútbol; en el colegio, en el barrio, entre mis amigos y con quien sea. No se les ocurría otra cosa. Y después de jugar veían fútbol en la televisión aunque sea el partido de Sacachispas contra Sportivo Barrufaldi. Y los domingos iban a la cancha en patota a ver a su equipo, que nunca era el mío. Así que los fines de semana de mi adolescencia los gasté enteros comiendo y bebiendo fútbol con mis amigos futboleros. Pero también tengo que decir que eran buenos amigos y me bancaban a pesar de todo.
Todo eso podía pasar y hasta me entretenía porque mientras ellos miraban el partido yo me divertía mucho con el espectáculo y surfeaba las avalanchas que ellos sufrían por estar distraídos mirando fútbol (creo que no hay más avalanchas en las tribunas: ahora hacen olas).
Podía soportar casi todo de mis amigos futboleros. Menos el llanto. Nunca entendí a los que se enfurecen cuando pierden. Y confieso y declaro solemnemente que estos tipos tan machos y aguerridos, calzados con zapatos de estoperoles y camisetas auriazules, lloraban como marranos cuando perdían y ni saludaban a sus vencedores. Nunca lo soporté y lo siento mucho por ellos, aunque sé que no lamentaron para nada que dejara las canchas para no presenciar más semejante costumbre abominable.
No entendía y no entiendo todavía a los malos perdedores y después de años de observación he descubierto que son también malos ganadores: cuando ganan se regodean más en la humillación del vencido que en la gloria de la propia victoria. Si en los deportes se gana y se pierde debería ser tan probable una cosa como la otra (y hasta se disfruta más del éxito cuando se ha conocido la derrota). Los que solo quieren ganar pretenden que los otros solo puedan perder y eso me parece una injusticia. Los malos perdedores son sátrapas monopólicos del deporte. Malos compañeros y nada caballeros. Ahora los veo por televisión vestidos de Boca o River o de la selección nacional: señores grandes que hacen pucheritos hasta por salir segundos. Y recuerdo la final de la Libertadores 2004 cuando los jugadores de Boca Juniors no fueron a la premiación después de perder por penales contra el Once Caldas. O la final de los Juegos Olímpicos de Atlanta cuando la Argentina perdió contra Nigeria y los jugadores recibieron las medallas de plata como si estuvieran enterrando a un muerto.
Podemos hacer ahora un interesante ejercicio discursivo y donde dice futbolero ponemos politiquero...
Perder es lo peor que les puede pasar a algunos políticos. Se enfurecen, se enferman y se cabrean como basiliscos. Buscan responsables, que nunca son ellos. Le echan la culpa a la prensa, a los periodistas, a los empresarios, a los banqueros, a los sindicatos y a los bomberos. Si encuentran un chivo expiatorio lo crucifican en lo más alto de la ciudad.
Cuando pierden minimizan la derrota para convertirla en victoria con retórica de sofistas baratos: ganan hasta perdiendo. Y son también malos ganadores: pierden, dicen que ganaron y humillan al que les ganó. Son capaces de fabricar leyes a su favor con un parlamento en retirada y sancionan decretos para vengarse de sus enemigos. Compran y venden voluntades para seguir en el trono a como dé lugar. Mienten como bellacos. Insultan, maldicen y escupen a quienes se oponen con toda justicia a sus pretensiones monopólicas del poder.
Por si alguien no se dio cuenta, acabo de describir –sin metáforas ni paliativos– a Néstor Kirchner, el hombre que manda en la Argentina desde la alcoba presidencial, el mismo que nunca ganó ni una elección para estar en ese lugar. Está ahí porque es un mal perdedor y un mal ganador. También –y quizá sea por eso– es un pésimo gobernante según la opinión de ocho de cada diez argentinos.









