Mientras escribo esto hay mucha gente que se prepara con entusiasmo y devoción para participar en los actos litúrgicos del Viernes Santo y en las masivas procesiones que se realizan todos los años.
Siempre me he preguntado por qué nos parece más importante el Viernes Santo que el día de la Resurrección y por qué ponemos más énfasis en los ritos que recuerdan la muerte que en los que nos dicen que Jesús resucitó.
En realidad, es en la Resurrección donde están los cimientos de la fe y de la vivencia de los cristianos.
Si creemos que Jesús resucitó, debemos aceptar que resucitó también su mensaje y que no es alguien que fue, sino alguien que es entre nosotros. Dice el evangelio de Mateo que cuando Jesús se apareció a sus discípulos después de la Resurrección les dijo: “Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos... y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes”.
La pregunta es ¿qué fue lo que encomendó? La respuesta está clarísima en los cuatro evangelios, pero para citar lo poco que el espacio me permite, recordemos, por ejemplo, aquello de “Si tú estás por presentar tu ofrenda ante el altar, y te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí mismo la ofrenda ante el altar, vete antes a hacer las paces con tu hermano, después vuelve y presenta tu ofrenda... Trata de llegar a un acuerdo con tu adversario mientras van todavía de camino al juicio”... “Digan sí cuando es sí y no cuando es no”... “Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores”... “Cuando ayudes al necesitado no lo anuncies al son de trompetas”... “No juzguen a los demás y no serán juzgados” y por supuesto: “Vengan benditos de mi Padre... porque tuve hambre y me dieron de comer; tuve sed y dieron de beber. Fui forastero y ustedes me recibieron en su casa. Anduve sin ropas y me vistieron. Estuve enfermo y fueron a visitarme. Estuve en la cárcel y me fueron a ver”.
Son solo ejemplos del mensaje que si nos decimos cristianos creemos que está vigente y que es mucho más que un rito o una expresión externa de religiosidad, es un compromiso de vida y, por lo mismo, mucho más sencillo y más difícil de lo que parece. Pero si decimos que Jesús es la base de nuestra fe, no podemos obviarlo. Aunque no siempre lo cumplamos plenamente, también sabemos que si lo reconocemos seremos perdonados y podemos volver a empezar.
Pero si es así, y decimos que en el Ecuador, la mayoría de la población es cristiana, cualquiera que sea la denominación de la comunidad que lo acoge, ¿cuál es la explicación para que nuestra realidad social no lo refleje? El mensaje es clarísimo: debemos construir una sociedad fraterna, de justicia, paz y verdad; entonces ¿por qué nos insultamos, nos mentimos, nos defraudamos, nos estafamos, nos agredimos, ignoramos y vulneramos los derechos de los otros, vemos impasibles la pobreza de muchos y somos incapaces de aceptarnos como hijos del mismo Padre aunque recemos el padre nuestro? ¿No será que somos cristianos solo para el culto, la liturgia, las expresiones externas y no para la vida? Entonces, ¿en serio somos cristianos? Me lo estoy preguntando en mi propia reflexión de Sábado Santo. Feliz Resurrección.









