Después de un primer intento fallido, al fin he podido compartir una experiencia de aprendizaje con jóvenes y adultos en el Centro de Narices Rojas que me ha llevado a descubrimientos y confirmaciones muy satisfactorias:

En primer lugar he aprendido que ser un verdadero clown no  consiste en hacer payasadas y sacar risas de la gente. La risa es una consecuencia de una actitud interior y para lograrla es necesario aprender a pensar y sentir  como clown para luego poder actuar como tal.

¿Qué significa esto?

Pues hasta donde voy aquilatando las enseñanzas, en síntesis: un  clown  piensa como un niño pequeño, no juzga a las personas y no actúa por los juicios que puedan hacer de él; siente necesidad de mostrar sus emociones y de tomar contacto con las emociones de los demás; actúa con naturalidad, está disponible y abierto para establecer conexiones con las personas con el objetivo claro de despertar: sorpresa, identificación y amor…

Sin ser un mago genera para sí y los demás un ambiente de magia. Le basta batir los brazos para creer y sentir que está volando o convencer a su público que es un ventilador o un helicóptero…

Un  clown  es una persona  sencilla, especial, con imperfecciones y debilidades como todo ser humano, pero totalmente dispuesto a compartir su creatividad superando obstáculos  y sacrificios. Pero, sobre todo es consciente de  su niño interior feliz y libre para expresar su buen humor y alegría.

La libertad es el don con el que se entregan los y las “narices rojas” para generar momentos de felicidad para otros, en asilos con los ancianos o en  hospitales con   niños y adultos  para intentar contagiarlos de su espíritu  espontáneo y enseñarles a apreciar y disfrutar de las cosas más sencillas de la vida. Libertad que significa falta de miedo a hacer el ridículo, mientras pueda ser auténticamente él mismo.

Seguramente muchos al leer esto descubren o verifican que en su interior existe también un  clown.  ¡Enhorabuena!  Conozco personas muy serias y respetables, incluso sacerdotes que aprovechan muy bien esta disposición personal y he visto como despiertan a su alrededor una  corriente de  afecto y buen humor. A  cuántos maestros les vendría muy bien este taller.

He entendido también que  no hay ironía ni malicia en un  clown.  Sus actuaciones son claras y abiertas… sin intenciones ocultas. Por eso  su actividad constituye una terapia curativa  para  niños y adultos.

Algunos de los objetivos de este taller  de treinta horas han sido:

-Ser uno mismo, aceptarnos tal cual somos, poder mostrarnos a los otros en forma transparente, vulnerables, sin prejuicios, sin miedo.

-Descubrir y exponer el propio ridículo, emociones y estado de ánimo.

-No guiarse por la razón o el pensamiento lógico sino poder ir más allá encontrando nuevas lógicas propias.

-Fomentar el placer y la honestidad.

Vale la pena realizar la experiencia y apoyar además esta hermosa obra que  ayuda a sacar bondades ocultas en las personas. En narices.rojas@hotmail.com encontrarán una buena manera de hacerle  frente a la actual campaña política que nos hace sufrir exactamente por lo opuesto.