ARGENTINA |

Los políticos son esencialmente oportunistas. Solo por eso debería saber el golpeado matrimonio presidencial que nadie deja pasar una oportunidad de ganar en un minuto todo el capital político de la Argentina. Y Julio Cobos se subió a ese tren que pasa una vez en la vida.

El Gobierno argentino perdió finalmente en el Congreso de la Nación su pulseada con el campo. Perdió por un solo voto, el del vicepresidente Julio Cobos, que votó en contra de las aspiraciones de su jefa Cristina Kirchner. Ahora en el poder le echan la culpa a Cobos, pero fueron nueve los senadores oficialistas que, al votar en contra de las aspiraciones de su partido, pusieron al Vicepresidente en transe de desempatar. En la Argentina el vicepresidente, además de reemplazar al presidente en caso de viajes o acefalía, preside el Senado de la nación, pero no es senador ni vota como tal: solo desempata en caso de ser necesario.

Para el Gobierno acorralado por su propia soberbia, Cobos es un traidor. Pero para el resto de la Argentina es el héroe que sacó al país del laberinto de amenazas y crispaciones en el que lo había sumido la pertinacia en el error de la democracia dinástica de los Kirchner. El Vicepresidente, ex gobernador de Mendoza, pertenecía a la Unión Cívica Radical y fue cooptado por las necesidades electorales del peronismo kirchnerista para llevarse los votos  transversales  de lo que llamaban –con la boca llena de petulancia– la  concertación plural.  Llamaban, en tiempo pasado, porque la pelea del Gobierno contra el pueblo argentino y contra todos sus símbolos, se llevó la concertación, la pluralidad, la transversalidad y el kirchnerismo; de un plumazo y en una madrugada histórica televisada en vivo y en directo para todo el país.

Los políticos son esencialmente oportunistas. Solo por eso debería saber el golpeado matrimonio presidencial que nadie deja pasar una oportunidad de ganar en un minuto todo el capital político de la Argentina. Y Julio Cobos se subió a ese tren que pasa una vez en la vida. Los Kirchner ya usaron esa oportunidad de llegar al poder, cuando entraron a los codazos en la Casa Rosada en la era posterior a la crisis de principios del siglo. No deberían quejarse porque Cobos se metió por el agujero de la historia cuando leyó el mensaje del pueblo: dice un viejo proverbio jurídico que nadie puede alegar su propia torpeza.

Aquella madrugada épica en el Congreso Nacional el campo argentino le ganó al autoritarismo y a la corrupción que intentaban –una vez más en la historia reciente argentina– quedarse con el dinero ajeno para sus fines políticos. Fue el triunfo del pueblo y de la producción contra la corporación política. El voto del vicepresidente Cobos produjo un escalofrío estremecedor en la espina dorsal del mapa nacional. De repente todo tuvo otro sentido. Muchos discursos al aire se volvieron proféticos mientras otros se volvían mentira demagógica y barata. La pelea, que era justa y parecía perdida, se hizo doblemente justa. El cansancio se convirtió en respiro y las horas perdidas se ganaron por arte de magia. Las cacerolas abolladas se convirtieron en trofeos de oro y plata. Pero, sobre todo, valió la pena la lucha por la institucionalidad republicana amenazada por la demencia del poder desenfrenado. La manifestación del martes 15 de julio en contra de las medidas autoritarias del Gobierno en la avenida del Libertador, de Buenos Aires, se volvió épica y grandiosa. La del poder en el Congreso, a la misma hora, en contra de la convocada por el campo, fue su tumba. Ya entonces el Gobierno había perdido la iniciativa y se debatía en la deriva de los argumentos rotos y las palabras sin sentido.

Esa tarde al Senado de la nación –parte de un poder del Estado, como el Ejecutivo– llegaron 60 a 40. A medianoche eran mitad y mitad. Dos diarios oficialistas no esperaron la votación y salieron dando ganador al Gobierno como un hecho consumado. A las 4:25 Julio Cobos desempató. A partir de entonces todo son sonrisas, abrazos y felicitaciones. Ahora las mayorías son demócratas y honestas… No es así, pero preferimos creerlo así. A la Argentina le faltan demócratas, honestos y capaces en el poder, allí donde sobran los ineficaces, autoritarios y corruptos. No nos libraremos tan fácil de esta lacra, pero el salto ha sido gigante. Por lo pronto sabemos que, como siempre, los buenos son mayoría y que para ganar las batallas hay que pelearlas. Y a la final, como se dice en el Ecuador, todo tiene sentido.