Dudo que en este breve escrito pueda ensayar ambos enfoques. Pero, considerándolos conexos, comienzo al menos con el primero. Confieso ante todo que en 1959, cuando Fidel y sus barbudos bajaron de la Sierra Maestra y entraron triunfantes en La Habana –algunos con rosario colgado al cuello–, sacando en quema a la corrompida dictadura de Batista y lo que ella representaba, fui fidelista como casi toda la juventud latinoamericana de esa época. Fue justo cuando comenzó a erigirse, entre heroico y esperanzador, el mito de Fidel y su revolución.
Pero mi fidelismo duró poco, solo hasta los primeros indicios de su falso humanismo, corroborados por el inocultable desprecio de los derechos humanos inalienables y anteriores al Estado, cuyo más trágico y sangriento símbolo fue la barbarie de los juicios sumarios sin garantías jurídicas y los asesinatos en el paredón. Otros han durado mucho más en su admiración ilusionada, de conciencia mal formada o de conveniencia mal disimulada, en abono del mito. Sin embargo, a estas alturas de la historia, hasta voces tan calificadas de la llamada intelligentzia de izquierda, como el periódico francés Le Monde, en su editorial ‘El eclipse de un mito’, tienen una nueva opinión.
Cito un párrafo esencial de esa opinión: “Con su compañero argentino, Che Guevara, Fidel Castro representó la utopía de un mundo mejor; sin embargo, el sueño de un gran movimiento de liberación, que comprendiera extensamente desde América Latina a Vietnam, pasando por las ciudades occidentales del capitalismo, se ha perdido en el laberinto de un sistema represivo que nada ha envidiado de los regímenes totalitarios de la ex URSS”.
Muy distinta, por supuesto, ha sido la visión y el sentimiento de Hugo Chávez ante la noticia de la renuncia de Fidel a su titularidad como Comandante en Jefe y Presidente de Cuba. Su primera reacción ante la prensa fue decir que Fidel “no ha renunciado a nada”; y su primer sentimiento confesar: “Todos somos hijos de Fidel”. ¿Quiénes son esos “todos”? Solo Chávez podría aclarar su propio pensamiento. Pero no deja de ser sugerente que en el despacho de France Presse que publica anteayer este Diario, referido a esa primera reacción del venezolano, así como a la que también tuvo el boliviano Morales, se añada como formando un conjunto solo a otros dos gobiernos latinoamericanos: los de Nicaragua y Ecuador, aunque sea solo para destacar y parangonar su silencio.
Ciertamente el mito de Fidel se irá esfumando, pero aún persiste. E influirá en el recambio que tendrá que darse en Cuba. Sobre todo, mientras el renunciante siga escribiendo las “Reflexiones del compañero Fidel”, según lo anunció en su mensaje de despedida.