Es viernes 6 de enero. Acabo de presenciar una fiesta hermosa. Más de seiscientos niños y niñas reunidos para celebrar la fiesta de los Santos Reyes Magos. Mucho sol, alegría por todas las esquinas, madres felices y ojitos inquietos y preguntones regados en los patios de una escuela.
Afloran viejos recuerdos y añoranzas que pretendo compartir con ustedes.
Por las cartas que recibo a través del correo electrónico entiendo que la mayor parte de mis lectores son gente joven, entre los 18 y los 50; también los hay mayores, es verdad, y estos últimos forman un grupo especial porque, siendo menores en número, sin embargo, a ellos les resulta más fácil sintonizar con mis experiencias, entienden mejor lo que les cuento porque en parte han vivido similares situaciones; los más jóvenes tienen en cambio esa natural curiosidad de saber cómo piensan los mayores, para también asimilar esos conocimientos; ellos también oyeron que “más sabe el diablo por viejo que por diablo”.
Vamos al grano, amigas y amigos.
Soy oriundo de la Sierra, más específicamente de la provincia del Azuay y con precisión del cantón Sígsig, de ese hermoso pueblito que un día decidió rechazar a su Alcalde y que fue noticia importante por algunos meses; fue una pena trascender por incomprensiones, por rencillas, por pequeñeces que debían se debatidas en el seno del pueblo y no públicamente, siguiendo aquello de que “los trapos sucios deben lavarse dentro de casa”; perdonen la digresión, mi intención es decirles que las tradiciones y rituales vividos en mi infancia tienen ese tono y sello de la serranía, de los ríos y collados, de los maizales y frutales en flor. Pues bien, en esos años, la fiesta de los Reyes Magos era la conclusión del periodo de vacaciones, pues solamente el 7 regresábamos a la escuela; después, fue el 2 de enero el fin del periodo de descanso para los estudiantes y ahora se trabaja en el Litoral de inmediato, el 26 de diciembre; hemos intensificado las jornadas de estudio y por desgracia los resultados en aprovechamiento son de calidad inferior a los de aquella época privada de computación, de internet, de grandes bibliotecas, de libros a todo color, de audiovisuales y de no sé qué otras cosas.
El 6 de enero, por esos días, llegaban los Reyes con los regalos, aquellos que hoy debe comprarlos oportunamente el Niño Dios para ser bien recibido por los pequeños, pequeñas y también por los demás que ya no somos tan pequeños; en esa época no se había encargado al recién nacido de este cometido y al menos por mi pueblo todavía no había aparecido la figura comercial del regordete y nada simpático Papá Noel.
He visto en este 6 de enero que los padres de familia se sienten felices de acompañar a sus hijos, de jugar con ellos, de aplaudir como niños a los payasitos, de vivir en familia; pienso que es una experiencia extraordinaria, una forma de homenajear a la niñez y a la juventud todos los 6 de enero llevándoles a ellos un mensaje de paz, de amor, de sencillez, de alegría y candor.






