El Comité de Calificaciones no pudo integrar, hasta el pasado jueves, la lista definitiva de integrantes de la nueva Corte Suprema de Justicia por falta de consenso. El Congreso Nacional no pudo reunir los votos necesarios para romper el candado constitucional por falta de consenso. La posibilidad de la reforma política se diluye otra vez, no faltaba más, por falta de consenso.
Con tales lecturas, uno puede explicar lo que es el Ecuador de estos tiempos en lo que parece ser una característica distorsionada de la vivencia democrática. Si el éxito de un sistema político depende de su capacidad para llegar a acuerdos básicos que permitan sustentar un proyecto nacional, lo que ocurre en nuestro país es precisamente lo contrario, lo que nos lleva a la idea de que los ecuatorianos adolecemos de una notoria incapacidad de acuerdo. El consenso significa naturalmente diálogo, mente abierta, predisposición positiva y una evidente cuota de sacrificio al descartar opciones o exigencias personales o partidistas; desafortunadamente, el consenso político requiere también de desprendimiento y de madurez, elementos muy difíciles de encontrar en el intercambio democrático del país.
Por eso es que el Congreso Nacional, amarrado a los espacios y a los intereses de los grupos que lo integran, no puede resolver respecto de la reforma política. Si revisáramos y sumáramos las ocasiones en que el país ha desperdiciado su tiempo por la falta de consensos, sería posible constatar cómo transcurre el tiempo entre dos variables permanentes: la búsqueda teórica de soluciones acompañada, más temprano que tarde, de la ausencia clara de acuerdos. Osvaldo Hurtado señalaba en su ensayo Cultura y Democracia, una relación olvidada que gran parte del problema es la presencia de “líderes irreductibles dispuestos a imponer sus planteamientos a cualquier precio”, lo que cierra la puerta a cualquier tipo de negociación, agregando que la historia política de países como el nuestro se puede resumir en la historia de sus conflictos políticos.
En todo caso, resulta claro que la falta de consensos ha sido una constante que ha impedido, de una u otra manera, el encuentro puntual de soluciones a la diversidad de crisis que vive el país. Si la falta de acuerdos es un problema, hay quienes piensan que el Ecuador ha perdido mucho tiempo en la búsqueda de aquellos, tiempo perdido que a su vez ha ocasionado un inevitable desgaste que merma la credibilidad en el proceso democrático; ante ello, se argumenta que es hora ya de que el país aprenda a tomar decisiones fundamentales aun y a pesar de no haber encontrado consensos, por riesgoso que eso parezca, pues se señala será la única manera de tender los puentes en una nación tan dispersa desde el punto de vista político. Pero aun para que aquello suceda se requerirá de un consenso, que con toda seguridad nunca llegará.






