No hace falta recurrir a las estadísticas para comprender que los accidentes de tránsito se han convertido en una de las causas mayores de muerte en nuestro país. Basta con ver las informaciones de prensa para arribar a tan triste conclusión. Enfermedades como las del corazón y las vías respiratorias han cedido el paso a los accidentes de tránsito. Esto, pese a los reconocidos esfuerzos de los organismos encargados de controlarlo en el Ecuador.
Tampoco son indispensables las estadísticas para constatar que los accidentes ocasionados por vehículos de servicio público interprovincial tienen el triste privilegio de anotarse el mayor número de muertos y heridos.
Me tomo la libertad de presentar a usted, estimado lector, una pregunta que seguramente ya se la ha planteado a sí mismo. ¿Ha viajado alguna vez por las carreteras ecuatorianas como pasajero de un vehículo público? Si no ha sido víctima de la irresponsabilidad de algún chofer apurado por llegar a destino, ha tenido gran suerte. Le tocó, a lo mejor, viajar con un conductor educado y respetuoso de las vidas confiadas a su cuidado.
Como toda clase de frutos produce la viña del Señor, otros pasajeros no tienen la misma suerte. Son muchos los testimonios de los sobrevivientes de últimos accidentes. Ellos coinciden en afirmar que hubo varias razones, que pudiéramos llamar principales, para que tuviera lugar cada percance: el manejo a alta velocidad, el mal estado mecánico del automotor, el mal estado de la carretera y el consumo de licor del conductor.
Posiblemente usted, lector, estuvo entre las personas prudentes que tuvieron el acierto de pedir en alta voz al chofer que disminuyese la velocidad del carro. Dice un refrán que lo último que debe perderse es la esperanza, pero yo creo que lo último que nos debe abandonar en la vida es el derecho al pataleo. Si una reclamación no es suficiente, deben reclamar todos los perjudicados; en este caso, todos los pasajeros.
Siendo la educación lo más importante en nuestros países del tercer mundo, sería muy aconsejable que el Estado replanteara e hiciera una revaloración de las fallas humanas que más se presentan en el transporte público. Establecidas estas, saldrán a primer plano las soluciones.
Se me viene a la memoria –por ejemplo– la realización de cuidadosos exámenes psíquicos que se efectúan en varios países europeos a cada uno de los aspirantes a choferes profesionales. De ese modo se evita que personas irresponsables tengan en sus manos tantas vidas inocentes. Que personas psicóticas de alto peligro usen las carreteras y las calles de las ciudades para lucir funestas habilidades o supuestas destrezas en el manejo de sus vehículos.
Me cuesta trabajo escribir estas últimas líneas sobre los malos conductores. Vale decir que estos constituyen notable minoría en un gremio que tiene muchísimos profesionales honestos y capacitados.