miércoles 18 de agosto del 2004 Columnistas

El compadre Garañón

Usualmente no veo mucha televisión, especialmente no veo algunos de los programas llamados cómicos de la televisión nacional porque su falta de creatividad, la repetición de estereotipos, la copia desvergonzada y sin pudor de otros programas extranjeros y la utilización inmisericorde de los mismos clichés y recursos fáciles, son deplorables. Pero hay uno en especial que es irritante porque no solo es un atentado a la creatividad y al buen gusto, sino –lo que es lamentable– a la verdad o a los residuos de verdad que deben primar en aquello que busca reflejar, aunque sea de manera indirecta, una realidad. Me refiero al sketch: ‘Mi recinto’.

En este programa se busca caricaturizar la vida del montubio. Toda persona o dibujante que se respete conoce que la caricaturización siempre parte de una verdad, de la exageración de la realidad. Pero, jamás se puede caricaturizar partiendo de una falacia, porque entonces desfigura y distorsiona una esencia manipulando de forma prejuiciosa la mente de muchas personas, especialmente niños, que receptan sin ninguna reflexión este tipo de programa. Una mentira repetida cien veces se convierte en verdad.

En este sketch se muestra a los montubios como violadores: el compadre Garañón no enamora, viola, es un semental siempre listo a tirar al suelo a cualquier mujer bonita que se le ponga adelante. Además, incluso hace reiterados aspavientos de su bombeo sexual. Los supuestos montubios gritan una expresión extraña –dicen que es chilenismo–: ¡Haro, haro, haro!, que en realidad no se sabe qué significa ni producto de qué malicioso injerto idiomático es, una expresión totalmente ajena al habitante del agro costeño.

Los montubios son presentados en este programa como elementales y tontos, como un insulto a los televidentes guayaquileños quienes –en esta capital montubia como la llamaba José de la Cuadra– proceden ya sean ellos o sus padres o sus abuelos del campo. Las mujeres, irónicamente urbanizadas y modernas, usan minifaldas y enseñan generosas sus pechos. Y los guiones mostrados son insulsos, repetidos, anodinos, agresivos, racistas e inducen a pensar que el individuo que  vive en el campo es un enano mental que destila estupidez por los cuatro costados.

Sin ninguna duda aquellos que hacen este programa no han investigado, peor vivido en el campo. No saben, por ejemplo, que el montubio es dueño de una sabiduría ancestral que lo hace conocedor de los elementos. Conoce con solo mirar el cielo si va a llover, si va a hacer buen tiempo, si se va a extender o acortar el verano. Le basta palpar la tierra –sin ser agrónomo ni haber asistido a una universidad– para saber si es fértil o no, o para qué es buena. Está emparentado con las fuerzas de la naturaleza y las conoce y las respeta como a hermanas. Tiene un código de honor y del compromiso a la palabra dicha que ya envidiaríamos en el habitante urbano. Tiene una cultura que se fortalece con la tradición oral, con los cuentos, los mitos y las leyendas. Es creativo para la improvisación, por eso los amorfinos son la expresión más significativa de su literatura oral. Maneja la picardía y la ingenuidad dentro de una mentalidad mágica en que cultiva conocimientos seculares sobre la medicina tradicional. Y además es un segmento representativo de la historia nacional porque, gracias al valor de su brazo libertario y de su coraje representados en los bravos montoneros alfaristas, el Ecuador pudo transitar de una sociedad feudal a una  moderna: Crispín Cerezo, Pedro J. Montero, por citar unos pocos.

Naturalmente todo esto lo ignoraron quienes bajo la excusa de “divertir y entretener” logran que las nuevas generaciones en lugar de sentirse orgullosas de su identidad sientan vergüenza de ella.

El humor cuando es inteligente es un paraíso; pero si es chusco e ignorante, nos empuja al infierno de la alienación.

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