Al finalizar hoy el Triduo Pascual, han venido a mi recuerdo tres hechos sangrientos acaecidos en nuestra hermana república de Colombia: aquella horrible explosión originada en unos transportes del ejército, aparcados alrededor de un cuartel de la ciudad de Cali, y en la que fallecieron algunos soldados o conscriptos.
El comentario posterior fue que cierto barrio se negó a recibir una procesión de Viernes Santo de aquel año, en la segunda mitad de los años cincuenta.
Otro año, el volcán Ruiz, en el departamento de Tolima, provocó un deslave fatal que arrasó con la población de Armero, convirtiéndola en un cementerio y ocultando el templo parroquial. En la Curia de la ciudad de Ibagué, a la que pertenecía Armero, se había encontrado una nota escrita por un visitador diocesano que la copió de un libro parroquial de aquel sitio, años antes de aquella tragedia, y una de cuyas ideas sonaba a maldición. Había sido escrita por un párroco a quien asesinaron en dicho pueblo.
En marzo del presente año nos hemos conmovido profundamente por el asesinato perpetrado en la sagrada persona del arzobispo de Cali, monseñor Isaac Duarte Cancino, profeta de esta violenta época en dicha bella ciudad. Este magnicidio nos recuerda las palabras de Cristo: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que Dios envía! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos debajo de sus alas, y no has querido!” (Mt. 23,37).
Jesucristo, conociendo cómo los antepasados de sus adversarios trataron a los profetas, se arriesgó algunas veces predicando sin miedo, increpándoles y echándoles en la cara sus pecados e hipocresías, lo que les disgustaba enormemente; por lo cual trataban continuamente de sorprender a Jesús en sus palabras y milagros. Frustrados en su perverso intento presentaron la siguiente calumnia: “Este ha dicho: Puedo derribar el templo de Dios y reconstruirlo en tres días”. Al final, lo condenaron a morir en la cruz redentora; y cuando expiró, creyeron sus enemigos que lo habían derrotado, pero ignoraban que en ese instante nuestro Salvador los venció.
En la soledad de María Santísima del Sábado Santo, después de agradecer a Cristo y a su Madre amorosa y fiel, antes reina de dolores y ahora reina de los cielos, tratemos de sacar provecho espiritual y algunas lecciones para nuestra vida cristiana; puesto que si Jesucristo murió, pero al tercer día resucitó, también nosotros, su cuerpo místico, pero real, resucitaremos para la vida eterna y gloriosa, si hemos cumplido los mandamientos. Y como asevera el padre Verlain Araujo, lazarista, “cuando morimos nos acercamos más a nuestra resurrección”.
¡Alegría, hermanos! En la Vigilia Pascual de esta noche, noche de las luces, contemplaremos a Cristo, Luz del mundo, resucitado y glorioso. Ojalá que nosotros también nos sintamos resucitados por la gracia de Dios para amarnos como hermanos, decididos a sepultar la injusticia, el abuso, la corrupción, para que desaparezcan la violencia, la guerra, el terrorismo, y reine la paz.