Jesús dijo “...porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; peregrino era, y me hospedasteis; desnudo, y me vestisteis; enfermé y me visitasteis; en prisión estaba, y vinisteis a mí”. Y a la pregunta, “¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber?...”, respondió “cuanto hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”. (Evangelio de San Mateo).
Lo que antecede resume el mensaje de Jesús, cuyo núcleo central es el amor y es la doctrina sobre la que debe levantarse la vida de sus seguidores, de esos seguidores que en el Ecuador confesamos ser casi todos.
Pero, evidentemente, no es así. Si lo fuera, esas estadísticas que nos gritan la pobreza, el desempleo, la enfermedad, la injusticia, no serían posibles, porque no deben serlo en una sociedad fraterna, donde casi todos nos confesamos hijos del Padre Dios cada vez que rezamos el Padre Nuestro.
Jesús, el mismo Jesús cuya muerte y resurrección recordamos estos días, dijo que había venido para que tengamos vida, pero es notorio que quienes nos confesamos sus discípulos morimos y sembramos muerte, a menudo, cada vez que el egoísmo le gana al amor y contribuimos al mundo de injusticia que hemos construido entre todos.
Pero el mensaje de esta Semana no se agota en la muerte, al contrario, se centra en la Resurrección y los cristianos tenemos por eso la esperanza.
En el relato de la Pasión constan las negaciones de Pedro, pero consta también su arrepentimiento y su fe en la palabra de Jesús.
Si los que nos confesamos cristianos realmente lo fuéramos, estos días serían la oportunidad de hacer un examen y aceptar nuestras negaciones y con fe en la Resurrección emprender la construcción de un mundo diferente, del Reino de Dios que Él espera que construyamos aquí y ahora.
Entonces, quizás cambien nuestras estadísticas.