“La mayor crisis energética mundial de la historia”. Así ha llamado apenas hace unas horas el director de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), Fatih Birol, a lo que nos ocurre y que, no hay dudas, es la consecuencia de la guerra en Medio Oriente y las perturbaciones que esta provoca en el comercio de hidrocarburos, a escala global.
A pesar de la gran distancia geográfica que nos separa, estamos petrolífera y comercialmente atrapados en el mismo cierre iraní del estrecho de Ormuz, por donde transitaba un 20 % del petróleo y el gas natural licuado del mundo. Eso sigue disparando los precios del barril de crudo a niveles no vistos en cuatro años y su consecuencia natural es el incremento de los combustibles que, en nuestro caso, nos corresponde importar.
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El efecto se evidenció ya en el más reciente ajuste de precios locales, aunque siguen siendo muy inferiores al techo de los $ 10 por galón al que ya se aproximan otras economías.
La transición mundial hacia las energías limpias ha sido otro tema abordado con afán en la cumbre climática COP31, donde Birol lanzó su preocupante diagnóstico. Y ese, sin duda, es otro tema que el Ecuador debe acoger con mucha decisión.
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Se le llaman energías limpias a aquellas que no requieren de un carburante, contaminante así sea en ínfimo grado, para generar electricidad. El país ya las logra con sus centrales hidroeléctricas, que generan con la fuerza de los ríos, y hace esfuerzos en materia eólica, así como las facilidades que brinda a quienes desarrollan energía solar.
Por lo que ocurre ahora mismo en el mundo, ya la petroleodependencia para el consumo local debe ir descendiendo y apuntar hacia las energías limpias debe estar entre las prioridades.
Eso no significa dejar de explotar y exportar la riqueza del subsuelo, sino diversificar eficientemente el uso de las energías, casa adentro. Es de desear, en definitiva, que la crisis de Ormuz se supere pronto. (O)