Vemos con preocupación lo que pasa en Bolivia, país hermanado con el Ecuador en múltiples aspectos y donde ahora se presiona fuertemente a un Gobierno elegido democráticamente hace pocos meses, por no ser del gusto de rivales políticos de izquierda, entre ellos el otrora presidente Evo Morales, líder indígena y cocalero.
Tal como se ven las cosas desde esta distancia, las medidas económicas tomadas por el presidente Rodrigo Paz, autodenominado de centro, pero con acciones que lo acercan a la derecha, son las que generan cierto rechazo y dan motivos para que algunos políticos rivales empujen a multitudes populares hacia la capital política, La Paz, y que con gritos piden renunciar al presidente que solo hace medio año asumió el cargo, con las promesas de desmontar el modelo centralista que regía en ese país y abrir la economía boliviana al libre mercado.
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La eliminación progresiva de los subsidios de los combustibles, reducción del gasto público y un paquete de 10 leyes económicas en favor de la seguridad jurídica indispensable para hacer negocios, son varias de las propuestas que Paz llevó bajo uno de sus brazos al sentarse en el Palacio Quemado. Estrechar lazos con los Estados Unidos y otras potencias occidentales ha estado también constantemente en su discurso.
Pero ahora mismo, Bolivia afronta una huelga general de más de dos semanas, con movilizaciones, bloqueos de carreteras y enfrentamiento de indígenas con las fuerzas uniformadas, porque no les ha satisfecho la manera en que el mandatario trata de dar orden a las finanzas.
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Los países hermanos latinoamericanos, no obstante, han manifestado su predisposición a participar de la búsqueda de soluciones, para que no se vulnere el orden constitucional establecido en ese país. Que las mesas de diálogo convocadas sean respetadas y rindan los mejores frutos para acabar con el malestar de la calle y permitir que el país, de una vez por todas, avance. (O)