Según el presidente Trump, la guerra estadounidense-israelí contra Irán durará pocas semanas y terminará con su rendición incondicional; pero nunca se sabe. Los rusos invadieron Ucrania pensando que en cuatro días ocuparían Kiev y aún siguen batallando cuatros años después. Igual, es un episodio que reconfigura el nuevo orden mundial con foco en el golfo Pérsico.

El éxito de la captura de Maduro y el sometimiento de su Gobierno neocomunista indujeron al primer ministro Netanyahu a convencer a Trump de que había llegado la hora de dar el golpe de gracia al régimen iraní, que se mantenía prácticamente incólume luego de la ofensiva combinada de hace ocho meses. En el sorpresivo ataque inicial consiguieron eliminar al ayatolá Jameneí y a la cúpula de su Gobierno teocrático, pero su objetivo de reemplazarlo por otro prooccidental, que ponga fin al apoyo logístico y militar al radicalismo islámico que opera globalmente, resulta incierto.

No vamos a derramar lágrimas por la muerte de un clérigo que se manchó las manos de sangre inocente, por cuatro décadas, al ordenar riadas de ataques criminales y terroristas en distintas latitudes, incluida América Latina, pero es preocupante que todo se reduzca a su mero reemplazo por alguien que podría ser hasta su hijo.

El casus belli vuelve a ser el programa nuclear iraní que nadie cree que sea exclusivamente para fines pacíficos, según la reiterada versión oficial. La propia Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA) ha constatado que vienen trabajando en un programa de enriquecimiento de uranio y que un lote de 1.000 libras ha desaparecido, con índice de enriquecimiento del 83 %, muy poco por debajo del 90 % que se requiere para fabricar una bomba nuclear. Para uso pacífico de material radiactivo, dígase generación eléctrica, apenas se necesita el 6 %. El acuerdo nuclear iraní suscrito en 2015 con las potencias occidentales ha sido un fracaso y un mero pretexto para avanzar en su siniestro plan; EE. UU. se retiró en 2018 y sus socios europeos (Alemania, Francia y el Reino Unido) se mantienen, aunque muy escépticos.

El factor geopolítico es asimismo gravitante. Irán enfrenta la amenaza de Israel, pero, al tiempo, mantiene una tensa relación con los países árabes del golfo Pérsico liderados por Arabia Saudita, aliados de los norteamericanos. Comparten la fe del islam, pero mientras los primeros son chiitas, los segundos son sunitas; además, pertenecen a etnias distintas, los unos persas indoeuropeos, los otros árabes semitas.

Junto con Rusia, China e India, los iraníes pertenecen a un pequeño grupo de naciones ancestrales, de tradiciones enraizadas, que se resisten a la prevalencia de la civilización occidental y la hegemonía global estadounidense, tanto en el plano militar como en el cultural y tecnológico. En su ADN preislámico hay la pretensión de una cultura universalista, basada en la división entre Irán (personas, en lengua farsi o persa) y Turán (demonios), que se confrontan en el plano de religión, el culto y la ética.

Fácil colegir el carácter de guerra santa con el que asume este nuevo choque. Pero no cabe confundir bandos; Medio Oriente con los ayatolás de vuelta en sus mezquitas sería bastante más pacífico que el actual. (O)