El orden mundial heredado de la posguerra ha cerrado su ciclo. La segunda administración de Donald Trump en un año ha anulado su vigencia de ocho décadas. El lema: “Hacer América grande otra vez” está detrás de la sucesión de acciones que vienen reconfigurando este nuevo orden, no de transición sino de quiebre. Un modo surgido de la personalidad mudable y avasalladora del presidente estadounidense.
Los golpes de efecto abruman, desde la exitosa operación de captura del exdictador venezolano Nicolás Maduro a la confrontación con Dinamarca y sus aliados de la OTAN por la pretendida posesión de Groenlandia por la fuerza, si fuera preciso. A último momento, en el marco de la reunión de Davos que se perfilaba como un fiasco, el primer ministro británico Keir Starmer consiguió una solución diplomática cuyos detalles no se han revelado. Podría ser aquello de otorgar preferencia a empresas estadounidenses para la explotación de sus recursos naturales y manos libres para la instalación de nuevas bases militares. La luna de miel con Starmer duró pocas horas cuando este se vio obligado a rechazar las declaraciones de Trump sobre que en la guerra en Afganistán el ejército británico se mantuvo seguro en posiciones de retaguardia.
Una de las razones estratégicas para apelar a una mayor presencia en Groenlandia es el control de la ruta marítima que se está abriendo en al Ártico por el deshielo de sus aguas debido al cambio climático. Una prevención ante el acuerdo de Rusia y China de dotar de moderna infraestructura portuaria a la extensa línea de costa entre el mar de Barents en el septentrión europeo hasta el mar Bering en Extremo Oriente.
Entre tanto, Putin se solaza en el Kremlin por la grave fractura de la OTAN que se ahonda debido a la dura retórica de Trump contra sus aliados de la Unión Europea por supuestamente haberse mantenido durante decenios en una zona de confort en materia de seguridad. Una desunión que facilita poner fin a la guerra con Ucrania en condiciones ventajosas. Por su lado, el presidente chino, Xi Jinping, mira impasible desde Tiananmen esta pugna desatada por la gran potencia hegemónica, consciente de que el ascenso del gigante asiático es incontenible y cuestión de tiempo. Después de todo China fue la mayor economía mundial desde la caída del imperio romano de Occidente en el siglo V hasta el inicio del siglo XIX. En geopolítica el peso demográfico gravita.
Trump puede ser caprichoso, pero tampoco está desquiciado como podría aparentar. Sencillamente considera que el orden mundial de carácter multilateral debe llegar a su fin para que EE. UU. pueda proyectarse, sin estorbos, como la única e indiscutida potencia que se impondrá mediante la guerra comercial o cualquier otra amenaza estratégica. Lo dijo en una entrevista con The New York Times: “Respondo a los dictados de mi consciencia, no al derecho internacional”.
China y Rusia no le plantarán cara, menos aún Canadá y México, sus rehenes comerciales. Sin embargo, la cambiante opinión pública norteamericana podría ponerle un stop en noviembre cuando se renueve parcialmente el Congreso; un revés que lo privaría de su rol de árbitro del juego de poder global. (O)