El calendario litúrgico marca este día como el Sábado de Gloria. El día en que “los diablos andan sueltos”, advertían las abuelas, porque en la víspera, Jesucristo había sido crucificado y pocas horas después habría de resucitar de entre los muertos, una vez cumplido su objetivo de sacrificarse por los pecados de una humanidad que no aprendía de sus errores y estaba condenada a repetirlos continuamente.
¡Cuánta actualidad hay en este capítulo de la historia cristiana que recordamos hoy! Empecemos por los “diablos sueltos” que sin duda tienen su representación ahora en 48 grupos de delincuencia organizada que operan en nuestro país, a decir de las fuerzas del orden que han logrado desentrañar esas celadas y fraccionamientos entre bandas que hace solo poco más de un año eran 22. Con un nivel de violencia pocas veces vivido en el país y la generación masiva de miedo, han intentado los bandoleros imponer sus intereses por encima de los de una sociedad pacífica que hasta los inicios de este siglo miraba con distancia lo que ocurría donde los vecinos: la gran capacidad corruptora de un negocio gigantesco como es el de las drogas.
Pero la liturgia asegura que luego del calvario, hay resurrección. Y sí que la esperamos con ansias quienes ya marcamos canas y recordamos que la rayuela tizada en la calle era mucho más divertida que un videojuego. Los que roban y matan sin remordimientos tienen que ser controlados, así como los que secuestran y extorsionan a comerciantes, para buscar réditos económicos fáciles en billetes manchados de sangre. Igualmente, los que atacan las entrañas de la naturaleza con explosivos y maquinarias para robar minerales preciosos en la vorágine fatal que se ha convertido la minería ilegal, un negocio tan o más rentable que el narcotráfico y el tráfico humano.
Solo cuando eso ocurra y se restaure la ciudadanía plena, esa que permite transitar por donde quiera y no autorecluirse, podremos sentir redención y retomar la vida que tuvimos hasta los primeros años del siglo XXI, cuando proclamábamos con voz en pecho ser una afortunada “isla de paz”.
Pero esta fecha nos recuerda también que, a pesar del sacrificio y la redención, quien no aprende de sus pecados está condenado a repetirlos. Y ya el ecuatoriano actual ha tropezado suficiente número de veces con las mismas piedras que nos han reducido a circunstancias como las de inseguridad que ya hace rato atravesamos y que es el producto, sin duda, de malas acciones y decisiones tomadas en la última veintena por quienes tenían como obligación moral llevar a la sociedad por el camino correcto, alejados de trampas y precipicios.
Desde que fue proclamado como república, pronto ya un bicentenario, el Ecuador no había vivido un periodo tan prolongado de democracia como el que viene dándose ininterrumpido desde 1979, pronto ya 50 años. Y la data de ese periodo dice que la palabra crisis, con numerosos adjetivos, ha sido la más repetida en los entornos políticos y económicos. Es ese cincuentenario entonces un tiempo prudente para haber aprendido de los pecados, corregido el camino y tomar cada vez mejores decisiones ciudadanas. (O)










