El mundo atraviesa un momento en el que la democracia es atacada desde múltiples frentes. La premisa es sencilla: los deseos de la mayoría (morales y materiales) deben atenderse de inmediato y, en consecuencia, hay que eliminar cualquier obstáculo burocrático que se interponga. Así, confundimos democracia con burocracia. “La gente quiere acción, no explicaciones sobre el proceso”, dicen ciertos analistas. Pero la responsabilidad no recae solo en la ciudadanía; los principales responsables somos los actores políticos y académicos que no hemos sabido renovar nuestros canales de difusión ni nuestro mensaje para que hablar de democracia deje de sonar a letanía de seminario.
La democracia, aunque es un ideal, nos impone principios que guían la acción cotidiana de todos los ciudadanos en torno a una pregunta central: qué es justo en relación con el poder. Eso no significa que siempre sea justa, pero sí otorga estabilidad a las reglas de juego en la competencia por el poder.
En definitiva, nos ofrece una idea compartida sobre la manera legítima de acceder al poder y de ejercerlo.
La democracia, con mayor o menor éxito, procura evitar la concentración de poder; quizás sea su mayor virtud. En primer lugar asegura que el acceso de poder sea a través de una competencia entre una variedad de actores políticos. Cuando se intenta eliminar a la mayoría de los contendores, estamos frente a un ataque deliberado a la competencia política. Segundo, el poder se divide en varias instituciones que deben controlarse mutuamente, lo que aporta a un mejor equilibrio. Cuando influyes y abusas de la ley para ubicar personas que no van a controlarte y proteger tus intereses, como por ejemplo ubicar a la contadora de tu empresa en una institución pública, entonces atentas contra dicho equilibrio. Tercero, la democracia pretende asegurar la pluralidad de voces que reflejan diversos intereses de los individuos que componen el grupo sobre el que se ejerce poder. Cuando deslegitimas, persigues y compras los espacios que son los canales para dicha voz, la pluralidad se ve atacada.
Por último, como todo en la vida en común, la democracia requiere de normas no escritas, de ciertas “formas” sociales no institucionalizadas, que se basan en el respeto y principios sobre lo que es correcto y no lo es. Cuando quieres poner a tu madre como representante de una de las principales ciudades del país, lo cual no es ilegal pero no es lo correcto, por el principio de división de poderes, la democracia no funciona. Cuando todo esto pasa al mismo tiempo, nos acercamos a una dictadura. Importa hablar de democracia porque esta, si bien imperfecta, procura que el poder no se concentre en manos de una sola persona o familia, y que todos los recursos del Estado no se dirijan a proteger intereses de unos pocos, sino que permitan maximizar los intereses de la mayoría. Más importante aún: permite, de manera imperfecta, una vida en común entre diferentes. (O)